¿Es usted un jugador? Todos lo somos. Cuando decidimos jugar (a la ruleta, al amor, a los negocios), ¿qué es lo que nos mueve a tomar decisiones? ¿La ganancia esperada? ¿La mínima pérdida? ¿El mínimo riesgo? Por siglos la teoría de la decisión trabajó bajo una premisa: la mente tiene aversión a los riesgos, y ésta premisa es la que alimentó y alimenta a toda la Teoría de los Juegos. Según esta Teoría, la gente juega porque tiene que jugar, pero su actuación está dominada por la aversión a correr riesgos. Ni siquiera es la ganancia la que la mueve; minimizar los riesgos es el gatillo de las decisiones. Pero… en los años 80’s dos científicos israelíes, Kahneman y Tversky, patearon el tablero al desarrollar la Teoría de las Expectativas. A partir de ahí, y pese a que la Teoría de los Juegos funciona, ya son otras las premisas las que gobiernan la toma de decisiones, aunque la transición entre uno y otro enfoque ha sido largo y lento, al extremo de que la mayoría de nuestros ejecutivos y académicos aún piensan bajo las premisas de la Teoría de los Juegos.
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