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Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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Cultura Organizacional. El ethos de las empresas exitosas

Enviado por Manuel Gross el 02/06/2010 a las 11:45
Manuel Gross


¿Ethos en la empresa?
 
Greek_Temple.JPGPor Carlos Ruiz González 

La palabra Ethos viene del griego antiguo “costumbre” o “hábito”. La definición contemporánea que tenemos es “el carácter o valores fundamentales de una persona, personas, cultura o movimiento”.

Desde la empresa podemos decir que el ethos de la misma es el conjunto de valores y creencias que conforman la cultura de la misma. Por eso afirmamos que sí hay un ethos en la empresa, y no sólo existe, sino que va conformando el modo de ser (y de hacer) las cosas en ella.

 

Así, encontraremos a empresas que creen, viven y comparten fuertemente el valor de la calidad: en su persona, en su trabajo, en sus productos, lo que hace que le den una importancia suprema a la calidad.

Henry Mintzberg en su libro “Strategic Safary”, señala que los que describieron esta escuela de pensamiento (la estrategia como cultura, o mejor dicho la estrategia como producto de la cultura) fueron Rhenman y Normann en Suecia a finales de los años 60 y principios de los 70, y por supuesto, Tom Peters y Robert Waterman (en 1982). Como ya lo hemos comentado en otras ocasiones, Peters y Waterman escribieron en 1982 “En Busca de la Excelencia”, donde hacen un especial énfasis en la cultura de las empresas exitosas.

Peters y Waterman encontraron ocho principios, ocho “temas” comunes a las empresas consideradas exitosas e identificaron que estos principios eran la causa del éxito de las mismas. En el libro dedican un capítulo a cada uno de estos principios:

   1. Predisposición a la acción (A bias for action, active decision making - 'getting on with it').
   2. Cerca del Consumidor (Close to the customer - learning from the people served by the business).
   3. Autonomía y Espíritu emprendedor (Autonomy and entrepreneurship - fostering innovation and nurturing 'champions').
   4. Productividad por medio de la gente (Productivity through people- treating rank and file employees as a source of quality).
   5. Manos a la obra, conducidos por el valor (Hands-on, value-driven - management philosophy that guides everyday practice - management showing its commitment).
   6. Aferrados a lo que conocemos (Stick to the knitting - stay with the business that you know).
   7. Sencillo, con poca plantilla (Simple form, lean staff - some of the best companies have minimal HQ staff).
   8. Capacidad para ser a la vez flexible y estricto (Simultaneous loose-tight properties - autonomy in shop-floor activities plus centralized values).

Ya se ve que, unos más, otros menos, pero todos estos “principios” tienen que ver con la cultura, ese conjunto de creencias y valores compartidos en la empresa, cultura que, no olvidemos, proviene etimológicamente de cultivo, esa tierra fértil donde crecen y florecen las plantas, en nuestro caso los comportamientos.

Wikipedia incluye una muy completa definición: “La cultura es el conjunto de todas las formas, los modelos o los patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales una sociedad regula el comportamiento de las personas que la conforman. Como tal incluye costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, vestimenta, religión, rituales, normas de comportamiento y sistemas de creencias”.

En cuanto a la escuela de pensamiento que toma a la cultura como base de la estrategia, Mintzberg (op. cit.) señala los siguientes principios (que la diferencian de las demás y la definen):

   1. La formación de la estrategia es un proceso de interacción social, basada en creencias y entendimientos compartidos por los miembros de una organización.
   2. Un individuo adquiere estas creencias a través de un proceso de culturización o socialización.
   3. Los miembros de una organización pueden, por tanto, describir las creencias que subyacen en su cultura tan sólo de manera parcial.
   4. La estrategia es, por tanto, mejor descrita que reflexionada.

De lo anteriormente expuesto se infiere que sí hay ethos en la empresa, y si existe en mayor o menor grado esa cultura –ese ethos- puede ser buena (si propone valores positivos) o mala (si fomenta valores negativos) pero siempre existe.  A veces explícitamente, a veces implícitamente, en cuyo caso puede inferirse observando comportamientos.

Podemos entonces pensar en la empresa como un grupo de personas que forman una comunidad que es capaz de dar sentido de identidad y pertenencia a sus empleados a través de un ethos muy particular. Y a medida en que mayor sea la calidad moral de ese ethos, mayor valor humano agregado se generará, y por consiguiente, más y mejor se desarrollarán las personas, los miembros de esa comunidad que es la empresa.

17 de marzo de 2010

* El autor es profesor del Área Académica de Política de Empresa en IPADE Business School.

..................................................

Fuente: IPADE Business School 
Imagen: Greek temple 

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Cultura empresarial, creencias y valores

Enviado por el 14/10/2010 a las 19:43
Manuel Gross

octubre 14, 2010

Cultura empresarial, creencias y valores

De cambios culturales en las empresas empezamos a hablar con más intensidad en nuestro país, en los años 80 y 90; cambios que, como dijo algún experto, tenían su origen en las creencias recogidas por la conocida teoría "Y" (que acaba ahora de cumplir 50 años) de Douglas McGregor, la de los trabajadores responsables y comprometidos, protagonistas de su trabajo. En realidad, apenas se mencionaron entonces en las empresas las teorías "X" e "Y"; no, no parecía enfocarse tanto el perfil de los trabajadores como el de los directivos, a quienes quería verse, en aquellos años 90 y aún hoy, como líderes de sus subordinados.
Hay que decir que seguramente todos podemos ser más efectivos y sentirnos más satisfechos en el trabajo, y que en buena medida ello depende también de las relaciones jerárquicas, como de los hábitos, normas, creencias y valores vigentes en las empresas, es decir, de lo que llamamos cultura funcional u organizacional; pero los cambios culturales desplegados en los últimos 15 ó 20 años no han sido siempre efectivos (quizá ni siquiera auténticos). Suponiendo que en verdad se pretendiera, los modelos mentales de las personas no se modifican con facilidad, y de casi nada servía colgar pósteres por los pasillos para recordar los valores corporativos proclamados, o el estilo de dirección declarado, si no se hacía algo más que sí resultara efectivo.
Pero, ¿a qué ton, o son, vengo, si el lector asiente o consiente, a recordarle aquellos procesos corporativos de supuesto cambio cultural? Se lo propongo a ustedes porque, si había una reforma laboral pendiente en nuestro país (mejor o peor resuelta por el ejecutivo actual), tal vez una reforma cultural más acreditada, más enfocada, podría contribuir en mayor medida a las cotas deseadas de productividad y competitividad en las empresas; una reforma cultural que viera al trabajador experto, al que aprende continuamente, como un profesional portador de capital humano, y no tanto como un recurso, un seguidor, un empleado, un subordinado, un colaborador o un coachee; una reforma cultual más acorde con la economía del saber, que no repitiera los errores cometidos ni introdujera nuevos.
Podrá leerse con escepticismo o indiferencia, pero tal vez habríamos de revisar, sí, las creencias y los valores vigentes en las empresas, para contribuir a desatorar, desbloquear, desatascar la productividad, lo que parece constituir objetivo cardinal. Cada organización es única y todo es más complejo, pero quizá, allá donde no se haya dado ya de modo decidido, habría que dar, sí, un salto cuántico, rompedor, en las creencias y valores vigentes, es decir, en lo más profundo e intangible de las culturas organizacionales.
Lo sabemos bien: si, instalados en las arraigadas creencias de la teoría X —la de trabajadores tendentes a eludir el trabajo y necesitados de continuo control—, reducimos al trabajador cualificado, al aprendedor permanente, a la mera obediencia al jefe (o seguimiento al líder), y, en vez de pedirle resultados y protagonismo, le obligamos a preparar respuestas y explicaciones para cuando sea preguntado, podemos estar desaprovechando gran parte del potencial disponible.
Sí, el trabajador del saber, visto como mero recurso humano o como seguidor de su jefe-líder, puede limitarse a seguir instrucciones y sólo eso, inhibiendo quizá buena parte de su potencial. Lo sabemos, sí, pero a menudo se sigue valorando —valores no proclamados, pero vigentes— la obediencia por encima de la inteligencia, la complicidad por encima de la profesionalidad, la apariencia por encima de la experiencia. En la economía del conocimiento, y tal como proponen las empresas más inteligentes e innovadoras, la obediencia no debería suponer renuncia a la inteligencia y la creatividad, como tampoco el compromiso debería identificarse con la complicidad, cuando ésta suponga deslealtad a la profesión ejercida, dejación de escrúpulos, o renuncia a principios éticos universales.
¿Qué decir del liderazgo, el gran buzzword de los últimos años? Que quizá lo más efectivo no consista en "seguir" a los supuestos líderes, sino, en lo posible, en "perseguir" y "conseguir" metas profesionalmente atractivas, y a las que llegaríamos más por puro magnetismo que por mero seguidismo. No se trataría tanto de alinear el esfuerzo con la voluntad del jefe-líder, como de hacerlo para alcanzar objetivos bien definidos y compartidos. Sin definir las metas no cabe hablar de liderazgo, porque nadie debe conducir sin saber adónde va, o sin decírselo a quienes han de contribuir a llegar. De modo que tal vez no se trataba tanto de orquestar miríadas de seminarios de liderazgo para directivos, como de compartir metas reales, empresarial y profesionalmente atractivas, y preparar a los trabajadores para alcanzarlas.
Temo que, como decía Peter Drucker, los trabajadores del saber no se sienten seguidores de sus jefes, sino profesionales en sus áreas técnicas; que, si alguien intenta manipularles, lo detectan y toman distancia; que hay también muchos directivos que, aunque asistan a seminarios de liderazgo, saben bien que la condición de líder la dan los seguidores y que no hay seminario del que salgan nimbados.
Podemos ver al directivo como conseguidor de resultados colectivos, o como facilitador de que los colectivos consigan sus resultados; pero lo segundo parece encajar mejor en la economía del conocimiento. He escuchado (y leído) a prestigiosos expertos decir que "el jefe-líder es aquel que consigue que sus colaboradores deseen hacer lo que han de hacer" (lo que me recuerda la teoría X, que supone que los trabajadores no quieren), pero, tal vez y más bien, habría de decirse que "el jefe-líder es aquel que propone metas atractivas y retadoras a los profesionales de su área de influencia, y les facilita su consecución" (lo que me parece más próximo a la teoría Y).
Cada organización es ciertamente única, el lector tendrá su propia opinión, y McGregor se hallaba, como se sabe, formulando una tercera teoría, más realista entonces al parecer, cuando lamentablemente falleció. Así es; pero en ocasiones bloqueamos capacidades de un trabajador, cuando le limitamos a seguir a un jefe en vez de pedirle que active su potencial para generar un resultado. La economía del conocimiento parece demandar trabajadores expertos, que superen a los directivos en conocimientos técnicos y desplieguen todo su capital humano al servicio de resultados profesionales y empresariales. Si no tuviéramos trabajadores así (que sí los tenemos), habría que cultivar seguramente este perfil y no el de seguidor.
Aquellos cambios culturales
Al final del siglo XX eran ya, sí, muchas las grandes empresas que habían desplegado programas específicos de cambio cultural, a menudo en paralelo con la implantación del trabajo por objetivos que propugnara Peter Drucker (y que cumplirá pronto los 60 años, manteniendo, creo yo, su vigencia pese a frecuentes desaciertos en la adaptación y aplicación). En realidad, esta movida cultural finisecular se acompañaba también a veces de sensibles reducciones de plantilla, de modo que podíamos percibir severas reestructuraciones —por mor de la postulada reingeniería de Hammer y de los avances técnicos— concurrentes con el supuesto cambio cultural.
Pude vivir de cerca el caso de una gran empresa, en que se redujo aproximadamente la plantilla a la décima parte en los últimos tres lustros del siglo XX, mientras se transitaba de una tecnología a otra, y el sector se abría a nuevos agentes. En lo cultural, primero (últimos años 80) se introdujo formalmente (tal vez más en las formas que en los fondos) la Dirección por Objetivos (DpO), y luego se orquestó un programa de cambio inspirado en el modelo de excelencia de la European Foundation for Quality Management.
Traigo este recuerdo para añadir que, entre los valores corporativos proclamados, figuraron en un cierto momento el compromiso y el orgullo de pertenencia; sin embargo, poco tiempo después, el ejecutivo encargado del programa de cambio cultural, para sorpresa de todos, dejó de pertenecer a la organización para dirigir una empresa competidora. Luego se sustituyó el "orgullo" por el de "espíritu" de pertenencia.
Sin desestimar la adhesión emocional de los individuos a sus organizaciones, tal vez, al enfocar lo que se ha de valorar en las personas, habríamos de señalar con más frecuencia el aprendizaje permanente, la creatividad, la profesionalidad, la responsabilidad, la diligencia, la proactividad, la integridad… Bien entendidos, es decir, orientados a los mejores resultados empresariales, en cifras económicas y en satisfacción de todos, estos rasgos de las personas, entre otros, resultan inexcusables en la economía del conocimiento y la innovación; pero quizá hoy, como en el pasado, puede que muchos directivos sigan valorando, sobre todo, la obediencia de sus subordinados por encima de su inteligencia.
Sí, en la última década del siglo XX se vivieron grandes cambios, técnicos y no técnicos, en las empresas de cierto tamaño, para preparar el cambio de siglo y de milenio; era el declive de la era industrial y la emergencia de la era del conocimiento y la innovación. En lo técnico, y concretamente en lo referido a las ubicuas tecnologías de la información y la comunicación, creo que los avances, sin duda bienvenidos, han venido empero imponiéndose con cierta arrogancia en ocasiones, de modo que se ha venido dando más importancia a la tecnología que a la información que soportaba; pero enfoquemos lo cultural: unos cambios típicamente relacionados con nuevos postulados de la dirección de personas.
En diferentes ámbitos, empezaron a sonar con fuerza sólidos postulados en los años 90, tales como la gestión por competencias, la gestión del conocimiento, el empowerment, la creatividad, la psicología positiva, la inteligencia emocional, el pensamiento sistémico, la destreza informacional, el pensamiento crítico, el aprendizaje permanente, el dominio personal o el trabajo en equipo; en definitiva, había que empezar a valorar y nutrir el "capital humano", un concepto que todavía hay quien se empeña en hacer sinónimo del de "recursos humanos" y que mejor cabe relacionar con los "recursos de los seres humanos" (conocimientos, sentimientos, voluntades, inteligencia, creatividad…).
Postulados como éstos apuntaban a la excelencia de las empresas; pero temo que en alguna medida se adulteraron en la práctica, como ocurrió con la DpO. El trabajo en equipo consistía básicamente en reunirse más, especialmente para la mejora continua, y quizá debía haberse puesto mayor énfasis en compartir metas y favorecer sinergias. Se quiso, por otra parte, asociar la inteligencia emocional con el liderazgo de los directivos, tal vez para dar contenido y significado al segundo; pero los seminarios de liderazgo no parecían elevar la inteligencia emocional de los asistentes. De la destreza informacional se hablaba en las universidades pero no en las empresas, donde sólo se hablaba de la destreza informática. Del pensamiento crítico, fundamental para el aprendizaje, para la mejora continua y para la innovación, tampoco se hablaba mucho, quizá porque sonaba a criticidad…
Muchas empresas incorporaron la gestión por competencias, es decir, incorporaron herramientas de gestión por competencias; pero la identificación de competencias de los puestos no resultó siempre acertada. También se incorporaron herramientas de gestión del conocimiento; pero el conocimiento no fluía como debía. El empowerment era predicado por los expertos en inteligencia organizacional y asociado a la excelencia empresarial, pero apenas hubo tal: los directivos seguían reservándose la toma de decisiones, y a veces la actividad se bloqueaba en la espera correspondiente. Debía pensarse que los subordinados se equivocarían al decidir: una creencia a revisar.
Las creencias habrían de revisarse, sí. Si entramos en el terreno de la ética, parece creerse en más de una empresa que vale todo lo que, con un poco de fortuna, pueda quedar impune. La corrupción está más generalizada de lo que habitualmente pensamos, y se diría que hay dos tipos de dirección empresarial: la que conserva escrúpulos y la que los ha abandonado para sobrevivir. Tendríamos de dejar de pensar que vale casi todo, aunque los empresarios son ciertamente soberanos en su alineamiento moral; lo que sucede es que la profesionalidad está ligada a la integridad, y suele haber una sensible erosión emocional en las personas honradas que trabajan en empresas corruptas.
Hay que recordar que las empresas más socialmente responsables, no son las que más hablan de responsabilidad social corporativa; que las empresas que más hablan de ética no son las de más íntegra conducta; que los directivos que más declaran la importancia de las personas, no son los que más creen en ello.
Asimismo, desearía traer el tema de la evaluación anual de los trabajadores. Supe que algunos eran evaluados más por su supuesto acatamiento de la religión o doctrina empresarial (básicamente, seguir al ejecutivo líder como si fuera una especie de sumo pontífice) que por sus resultados profesionales, y aquí hay gran riesgo de no menos grande desorden. Temo, con perspectiva histórica, que la conducta de algunos Papas ha resultado más reprobable que la de algunos supuestos herejes, quemados en la hoguera; pero, sin analogías, hay que decir, por ejemplo, que el compromiso puede interpretarse de muy diferentes formas, si no se especifica con qué nos hemos de comprometer.
Reflexiones
Con la ventaja que proporciona el paso del tiempo, quizá quepan reflexiones para extraer alguna conclusión reveladora. Diría que la orquestación formal del trabajo por objetivos, cuando se hizo, no redujo empero sensiblemente el seguimiento de instrucciones, frecuentes y aun cotidianas, del jefe; había que atender estas tareas y recados, tanto porque alguien tenía que hacerlo, como para asegurar la mejor evaluación anual posible (cardinal instrumento de poder del jefe).
Por otra parte, la formulación de objetivos resultó deficiente a menudo, tal vez porque no siempre resulta sencillo el despliegue vertical, por no hablar asimismo de objetivos contrapuestos o contradictorios entre los departamentos (en el despliegue horizontal), como de una frecuente falta de precisión, y también de falta de visión holística y sistémica. Todavía hoy hay que explicar que el objetivo es una especie de foto fija, de resultado alcanzado, y no una tarea a realizar: el objetivo no es recorrer el camino, sino llegar a la meta en las condiciones establecidas. Habría que recuperar la esencia (profesionalidad, básicamente) de la herramienta que propuso Peter Drucker.
En cuando a creencias y valores, tal vez habría que empezar identificando mejor las características de la economía del saber y el innovar, incluyendo la importancia del capital humano. Si no se cree en el capital humano, no hay nada que hacer. Aún recuerdo a Tom Peters en Madrid, años atrás, diciendo que los directivos hablaban de la importancia de las personas, pero, con pocas excepciones, mentían al hacerlo: no creían realmente lo que decían. Temo que la situación no haya cambiado mucho. A partir de lo anterior, cabe pensar que se proclaman valores en las personas, pero en la práctica se valoran otros, y el "exceso" de conocimiento e inteligencia puede resultar un obstáculo para un trabajador. Creamos en el capital humano y catalicemos su expresión.
Warren Bennis decía no conocer ningún alto directivo que, en el fondo de su corazón, no estuviera convencido de que su propia cabeza era mejor que todas las demás juntas. Esto, obviamente, constituye un obstáculo para la productividad de los trabajadores del conocimiento. Si se han de imponer los conocimientos y las ideas del jefe, quizá técnicamente no tan experto (en un tiempo en que los campos del saben se expanden continuamente), de poco sirve el tan postulado lifelong & lifewide learning.
En definitiva y para terminar, hemos de aprovechar mejor el capital humano en las empresas, y eso parece exigir un cambio en la mentalidad en quienes las dirigen. En la era del saber y el innovar, y si se apuesta por la profesionalidad, se precisa toda la inteligencia y la creatividad de los trabajadores expertos, como saben y demuestran las empresas excelentes. Resulta ciertamente difícil modificar nuestros modelos mentales tan arraigados; pero el esfuerzo merece la pena en beneficio de la productividad y de la satisfacción profesional de todos. Gracias al lector por su atención: recuerde que la visión que formulo sólo pretende alentar el debate.
Publicado por Lic. Martin J. Navarrete Camarena en 10:26 AM

 

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octubre 14, 2010

Cultura empresarial, creencias y valores

De cambios culturales en las empresas empezamos a hablar con más intensidad en nuestro país, en los años 80 y 90; cambios que, como dijo algún experto, tenían su origen en las creencias recogidas por la conocida teoría “Y” (que acaba ahora de cumplir 50 años) de Douglas McGregor, la de los trabajadores responsables y comprometidos, protagonistas de su trabajo. En realidad, apenas se mencionaron entonces en las empresas las teorías “X” e “Y”; no, no parecía enfocarse tanto el perfil de los trabajadores como el de los directivos, a quienes quería verse, en aquellos años 90 y aún hoy, como líderes de sus subordinados.
Hay que decir que seguramente todos podemos ser más efectivos y sentirnos más satisfechos en el trabajo, y que en buena medida ello depende también de las relaciones jerárquicas, como de los hábitos, normas, creencias y valores vigentes en las empresas, es decir, de lo que llamamos cultura funcional u organizacional; pero los cambios culturales desplegados en los últimos 15 ó 20 años no han sido siempre efectivos (quizá ni siquiera auténticos). Suponiendo que en verdad se pretendiera, los modelos mentales de las personas no se modifican con facilidad, y de casi nada servía colgar pósteres por los pasillos para recordar los valores corporativos proclamados, o el estilo de dirección declarado, si no se hacía algo más que sí resultara efectivo.
Pero, ¿a qué ton, o son, vengo, si el lector asiente o consiente, a recordarle aquellos procesos corporativos de supuesto cambio cultural? Se lo propongo a ustedes porque, si había una reforma laboral pendiente en nuestro país (mejor o peor resuelta por el ejecutivo actual), tal vez una reforma cultural más acreditada, más enfocada, podría contribuir en mayor medida a las cotas deseadas de productividad y competitividad en las empresas; una reforma cultural que viera al trabajador experto, al que aprende continuamente, como un profesional portador de capital humano, y no tanto como un recurso, un seguidor, un empleado, un subordinado, un colaborador o un coachee; una reforma cultual más acorde con la economía del saber, que no repitiera los errores cometidos ni introdujera nuevos.
Podrá leerse con escepticismo o indiferencia, pero tal vez habríamos de revisar, sí, las creencias y los valores vigentes en las empresas, para contribuir a desatorar, desbloquear, desatascar la productividad, lo que parece constituir objetivo cardinal. Cada organización es única y todo es más complejo, pero quizá, allá donde no se haya dado ya de modo decidido, habría que dar, sí, un salto cuántico, rompedor, en las creencias y valores vigentes, es decir, en lo más profundo e intangible de las culturas organizacionales.
Lo sabemos bien: si, instalados en las arraigadas creencias de la teoría X —la de trabajadores tendentes a eludir el trabajo y necesitados de continuo control—, reducimos al trabajador cualificado, al aprendedor permanente, a la mera obediencia al jefe (o seguimiento al líder), y, en vez de pedirle resultados y protagonismo, le obligamos a preparar respuestas y explicaciones para cuando sea preguntado, podemos estar desaprovechando gran parte del potencial disponible.
Sí, el trabajador del saber, visto como mero recurso humano o como seguidor de su jefe-líder, puede limitarse a seguir instrucciones y sólo eso, inhibiendo quizá buena parte de su potencial. Lo sabemos, sí, pero a menudo se sigue valorando —valores no proclamados, pero vigentes— la obediencia por encima de la inteligencia, la complicidad por encima de la profesionalidad, la apariencia por encima de la experiencia. En la economía del conocimiento, y tal como proponen las empresas más inteligentes e innovadoras, la obediencia no debería suponer renuncia a la inteligencia y la creatividad, como tampoco el compromiso debería identificarse con la complicidad, cuando ésta suponga deslealtad a la profesión ejercida, dejación de escrúpulos, o renuncia a principios éticos universales.
¿Qué decir del liderazgo, el gran buzzword de los últimos años? Que quizá lo más efectivo no consista en “seguir” a los supuestos líderes, sino, en lo posible, en “perseguir” y “conseguir” metas profesionalmente atractivas, y a las que llegaríamos más por puro magnetismo que por mero seguidismo. No se trataría tanto de alinear el esfuerzo con la voluntad del jefe-líder, como de hacerlo para alcanzar objetivos bien definidos y compartidos. Sin definir las metas no cabe hablar de liderazgo, porque nadie debe conducir sin saber adónde va, o sin decírselo a quienes han de contribuir a llegar. De modo que tal vez no se trataba tanto de orquestar miríadas de seminarios de liderazgo para directivos, como de compartir metas reales, empresarial y profesionalmente atractivas, y preparar a los trabajadores para alcanzarlas.
Temo que, como decía Peter Drucker, los trabajadores del saber no se sienten seguidores de sus jefes, sino profesionales en sus áreas técnicas; que, si alguien intenta manipularles, lo detectan y toman distancia; que hay también muchos directivos que, aunque asistan a seminarios de liderazgo, saben bien que la condición de líder la dan los seguidores y que no hay seminario del que salgan nimbados.
Podemos ver al directivo como conseguidor de resultados colectivos, o como facilitador de que los colectivos consigan sus resultados; pero lo segundo parece encajar mejor en la economía del conocimiento. He escuchado (y leído) a prestigiosos expertos decir que “el jefe-líder es aquel que consigue que sus colaboradores deseen hacer lo que han de hacer” (lo que me recuerda la teoría X, que supone que los trabajadores no quieren), pero, tal vez y más bien, habría de decirse que “el jefe-líder es aquel que propone metas atractivas y retadoras a los profesionales de su área de influencia, y les facilita su consecución” (lo que me parece más próximo a la teoría Y).
Cada organización es ciertamente única, el lector tendrá su propia opinión, y McGregor se hallaba, como se sabe, formulando una tercera teoría, más realista entonces al parecer, cuando lamentablemente falleció. Así es; pero en ocasiones bloqueamos capacidades de un trabajador, cuando le limitamos a seguir a un jefe en vez de pedirle que active su potencial para generar un resultado. La economía del conocimiento parece demandar trabajadores expertos, que superen a los directivos en conocimientos técnicos y desplieguen todo su capital humano al servicio de resultados profesionales y empresariales. Si no tuviéramos trabajadores así (que sí los tenemos), habría que cultivar seguramente este perfil y no el de seguidor.
Aquellos cambios culturales
Al final del siglo XX eran ya, sí, muchas las grandes empresas que habían desplegado programas específicos de cambio cultural, a menudo en paralelo con la implantación del trabajo por objetivos que propugnara Peter Drucker (y que cumplirá pronto los 60 años, manteniendo, creo yo, su vigencia pese a frecuentes desaciertos en la adaptación y aplicación). En realidad, esta movida cultural finisecular se acompañaba también a veces de sensibles reducciones de plantilla, de modo que podíamos percibir severas reestructuraciones —por mor de la postulada reingeniería de Hammer y de los avances técnicos— concurrentes con el supuesto cambio cultural.
Pude vivir de cerca el caso de una gran empresa, en que se redujo aproximadamente la plantilla a la décima parte en los últimos tres lustros del siglo XX, mientras se transitaba de una tecnología a otra, y el sector se abría a nuevos agentes. En lo cultural, primero (últimos años 80) se introdujo formalmente (tal vez más en las formas que en los fondos) la Dirección por Objetivos (DpO), y luego se orquestó un programa de cambio inspirado en el modelo de excelencia de la European Foundation for Quality Management.
Traigo este recuerdo para añadir que, entre los valores corporativos proclamados, figuraron en un cierto momento el compromiso y el orgullo de pertenencia; sin embargo, poco tiempo después, el ejecutivo encargado del programa de cambio cultural, para sorpresa de todos, dejó de pertenecer a la organización para dirigir una empresa competidora. Luego se sustituyó el “orgullo” por el de “espíritu” de pertenencia.
Sin desestimar la adhesión emocional de los individuos a sus organizaciones, tal vez, al enfocar lo que se ha de valorar en las personas, habríamos de señalar con más frecuencia el aprendizaje permanente, la creatividad, la profesionalidad, la responsabilidad, la diligencia, la proactividad, la integridad… Bien entendidos, es decir, orientados a los mejores resultados empresariales, en cifras económicas y en satisfacción de todos, estos rasgos de las personas, entre otros, resultan inexcusables en la economía del conocimiento y la innovación; pero quizá hoy, como en el pasado, puede que muchos directivos sigan valorando, sobre todo, la obediencia de sus subordinados por encima de su inteligencia.
Sí, en la última década del siglo XX se vivieron grandes cambios, técnicos y no técnicos, en las empresas de cierto tamaño, para preparar el cambio de siglo y de milenio; era el declive de la era industrial y la emergencia de la era del conocimiento y la innovación. En lo técnico, y concretamente en lo referido a las ubicuas tecnologías de la información y la comunicación, creo que los avances, sin duda bienvenidos, han venido empero imponiéndose con cierta arrogancia en ocasiones, de modo que se ha venido dando más importancia a la tecnología que a la información que soportaba; pero enfoquemos lo cultural: unos cambios típicamente relacionados con nuevos postulados de la dirección de personas.
En diferentes ámbitos, empezaron a sonar con fuerza sólidos postulados en los años 90, tales como la gestión por competencias, la gestión del conocimiento, el empowerment, la creatividad, la psicología positiva, la inteligencia emocional, el pensamiento sistémico, la destreza informacional, el pensamiento crítico, el aprendizaje permanente, el dominio personal o el trabajo en equipo; en definitiva, había que empezar a valorar y nutrir el “capital humano”, un concepto que todavía hay quien se empeña en hacer sinónimo del de “recursos humanos” y que mejor cabe relacionar con los “recursos de los seres humanos” (conocimientos, sentimientos, voluntades, inteligencia, creatividad…).
Postulados como éstos apuntaban a la excelencia de las empresas; pero temo que en alguna medida se adulteraron en la práctica, como ocurrió con la DpO. El trabajo en equipo consistía básicamente en reunirse más, especialmente para la mejora continua, y quizá debía haberse puesto mayor énfasis en compartir metas y favorecer sinergias. Se quiso, por otra parte, asociar la inteligencia emocional con el liderazgo de los directivos, tal vez para dar contenido y significado al segundo; pero los seminarios de liderazgo no parecían elevar la inteligencia emocional de los asistentes. De la destreza informacional se hablaba en las universidades pero no en las empresas, donde sólo se hablaba de la destreza informática. Del pensamiento crítico, fundamental para el aprendizaje, para la mejora continua y para la innovación, tampoco se hablaba mucho, quizá porque sonaba a criticidad…
Muchas empresas incorporaron la gestión por competencias, es decir, incorporaron herramientas de gestión por competencias; pero la identificación de competencias de los puestos no resultó siempre acertada. También se incorporaron herramientas de gestión del conocimiento; pero el conocimiento no fluía como debía. El empowerment era predicado por los expertos en inteligencia organizacional y asociado a la excelencia empresarial, pero apenas hubo tal: los directivos seguían reservándose la toma de decisiones, y a veces la actividad se bloqueaba en la espera correspondiente. Debía pensarse que los subordinados se equivocarían al decidir: una creencia a revisar.
Las creencias habrían de revisarse, sí. Si entramos en el terreno de la ética, parece creerse en más de una empresa que vale todo lo que, con un poco de fortuna, pueda quedar impune. La corrupción está más generalizada de lo que habitualmente pensamos, y se diría que hay dos tipos de dirección empresarial: la que conserva escrúpulos y la que los ha abandonado para sobrevivir. Tendríamos de dejar de pensar que vale casi todo, aunque los empresarios son ciertamente soberanos en su alineamiento moral; lo que sucede es que la profesionalidad está ligada a la integridad, y suele haber una sensible erosión emocional en las personas honradas que trabajan en empresas corruptas.
Hay que recordar que las empresas más socialmente responsables, no son las que más hablan de responsabilidad social corporativa; que las empresas que más hablan de ética no son las de más íntegra conducta; que los directivos que más declaran la importancia de las personas, no son los que más creen en ello.
Asimismo, desearía traer el tema de la evaluación anual de los trabajadores. Supe que algunos eran evaluados más por su supuesto acatamiento de la religión o doctrina empresarial (básicamente, seguir al ejecutivo líder como si fuera una especie de sumo pontífice) que por sus resultados profesionales, y aquí hay gran riesgo de no menos grande desorden. Temo, con perspectiva histórica, que la conducta de algunos Papas ha resultado más reprobable que la de algunos supuestos herejes, quemados en la hoguera; pero, sin analogías, hay que decir, por ejemplo, que el compromiso puede interpretarse de muy diferentes formas, si no se especifica con qué nos hemos de comprometer.
Reflexiones
Con la ventaja que proporciona el paso del tiempo, quizá quepan reflexiones para extraer alguna conclusión reveladora. Diría que la orquestación formal del trabajo por objetivos, cuando se hizo, no redujo empero sensiblemente el seguimiento de instrucciones, frecuentes y aun cotidianas, del jefe; había que atender estas tareas y recados, tanto porque alguien tenía que hacerlo, como para asegurar la mejor evaluación anual posible (cardinal instrumento de poder del jefe).
Por otra parte, la formulación de objetivos resultó deficiente a menudo, tal vez porque no siempre resulta sencillo el despliegue vertical, por no hablar asimismo de objetivos contrapuestos o contradictorios entre los departamentos (en el despliegue horizontal), como de una frecuente falta de precisión, y también de falta de visión holística y sistémica. Todavía hoy hay que explicar que el objetivo es una especie de foto fija, de resultado alcanzado, y no una tarea a realizar: el objetivo no es recorrer el camino, sino llegar a la meta en las condiciones establecidas. Habría que recuperar la esencia (profesionalidad, básicamente) de la herramienta que propuso Peter Drucker.
En cuando a creencias y valores, tal vez habría que empezar identificando mejor las características de la economía del saber y el innovar, incluyendo la importancia del capital humano. Si no se cree en el capital humano, no hay nada que hacer. Aún recuerdo a Tom Peters en Madrid, años atrás, diciendo que los directivos hablaban de la importancia de las personas, pero, con pocas excepciones, mentían al hacerlo: no creían realmente lo que decían. Temo que la situación no haya cambiado mucho. A partir de lo anterior, cabe pensar que se proclaman valores en las personas, pero en la práctica se valoran otros, y el “exceso” de conocimiento e inteligencia puede resultar un obstáculo para un trabajador. Creamos en el capital humano y catalicemos su expresión.
Warren Bennis decía no conocer ningún alto directivo que, en el fondo de su corazón, no estuviera convencido de que su propia cabeza era mejor que todas las demás juntas. Esto, obviamente, constituye un obstáculo para la productividad de los trabajadores del conocimiento. Si se han de imponer los conocimientos y las ideas del jefe, quizá técnicamente no tan experto (en un tiempo en que los campos del saben se expanden continuamente), de poco sirve el tan postulado lifelong & lifewide learning.
En definitiva y para terminar, hemos de aprovechar mejor el capital humano en las empresas, y eso parece exigir un cambio en la mentalidad en quienes las dirigen. En la era del saber y el innovar, y si se apuesta por la profesionalidad, se precisa toda la inteligencia y la creatividad de los trabajadores expertos, como saben y demuestran las empresas excelentes. Resulta ciertamente difícil modificar nuestros modelos mentales tan arraigados; pero el esfuerzo merece la pena en beneficio de la productividad y de la satisfacción profesional de todos. Gracias al lector por su atención: recuerde que la visión que formulo sólo pretende alentar el debate.

Construya una cultura exitosa

Enviado por el 14/10/2010 a las 19:33
Manuel Gross

Construya una cultura exitosa

Una cultura organizacional fuerte impulsa al desafío, al desempeño y a las conductas positivas.

Una organización sólo es tan buena como su gente. Pero las personas brillantes tienen hoy más opciones que nunca. Y la buena paga no es más motivo suficiente para mantener a los mejores.

¿Las personas claman por entrar a su organización o están renunciando a ella? ¿Su personal llega temprano y voluntariamente se queda un poco más, o el abstencionismo está en alza? ¿Son entusiastas o quejosos? ¿Su organización inspira lealtad, dedicación, creatividad y motivación? ¿La cultura de su organización, desafía a sus empleados a aprender, mejorar y crecer?

Como buen gerente, usted debe hacerse todas estas preguntas. Y debe encontrar sobre todo respuestas positivas. Para crecer, y hasta para sobrevivir, usted debe desarrollar una cultura que atraiga, inspire y retenga un buen personal. Tome esto muy seriamente, o su organización podría transformarse en un estanque de viejas ideas y pensamientos...

Cada organización posee una cultura que la distingue. Una buena cultura refuerza los valores y conductas que usted quiere, y debilita las actitudes y acciones que usted no quiere. Una cultura débil, por supuesto, dirige muy poco al equipo y permite todo tipo de acciones inapropiadas. Asegúrese que la cultura de su organización funciona todo el tiempo para usted. Utilice las siguientes ideas para construir una cultura más fuerte y atractiva dentro de su organización.

 Visión, Misión y Valores 

¿Están su Misión, Visión y Valores centrales claramente escritos en blanco y negro? ¿Han sido enmarcados y colgados en una pared? Si es así muy bien..., pero ¿que sucedió? Muy a menudo, esta importante declaración se transforma en parte de la decoración, ignorada por los antiguos trabajadores y rápidamente olvidada por los nuevos. No deje que esto suceda en su empresa.

Integre estas declaraciones clave (el propósito y filosofía de su empresa) en sus programas de reclutamiento y orientación, comunicaciones internas, esquemas de capacitación y desarrollo, métodos de evaluación y recompensas.

Pregúntese esto: ¿Puede cada miembro explicar (con sus propias palabras) la Visión, Misión y Valores de su compañía, y darle ejemplos prácticos en el curso de su trabajo diario? Si así es, usted ha aprovechado el poder de la alineación y la comunicación. Si no, su equipo puede estar a la deriva sin un rumbo claro, o estar remando duro... pero en distintas y conflictivas direcciones.

 Reclutamiento de personal

¿Invierte usted suficiente energía seleccionando aquellas personas verdaderamente alineadas con su Visión y Valores? ¿Da suficiente tiempo a los candidatos, de conocerle y conocer su organización, antes de incorporarse como miembros del equipo? ¿Analiza los posibles candidatos con las poderosas herramientas para tal fin que existen hoy en día en el mercado? Si no hace esto, puede que no conozca el costo total, en dinero y en moral, de los resultados de un mal reclutamiento.

Orientación para el nuevo personal

¿Ayuda usted activamente a su personal, a instalarse y sentirse confortable, para una larga y productiva carrera? ¿O presiona al departamento de Recursos Humanos, para que logren rápidas contrataciones y dispongan de personal operativo en el más corto lapso posible?

Diversos estudios muestran que los empleados que recibieron profunda y atenta orientación, permanecen por más tiempo y contribuyen más, a lo largo de sus carreras. ¿Está usted invirtiendo tiempo y energía para ayudar a su nuevo personal a comenzar correctamente?

Programas de capacitación y desarrollo

Invertir en programas de capacitación y desarrollo es bueno. Pero muchas compañías utilizan un amplio surtido de capacitadores y programas, sin hacer ningún esfuerzo para asegurar una suave y benéfica integración.

He aquí un simple Test: ¿Puede cada uno de sus capacitadores (dentro o fuera de la empresa) claramente explicar la Visión, Misión y Valores de su organización? ¿Pueden ellos describir los asuntos y desafíos más importantes que hoy enfrenta su organización? ¿Está usted convencido de que sus programas le ayudarán a dirigir esos asuntos, resolver problemas y reforzar las carreras del personal? Si no lo está... ¿Por qué no? Usted les está pagando a esos profesionales para ayudar a su gente a enfrentar el futuro. ¿No deberían ellos entender el futuro que su gente enfrentará?

Evaluaciones

Usted desea un servicio dirigido a la organización... pero, ¿es su servicio de evaluación de calidad?

Si usted desea un equipo creativo... ¿evalúa al personal por la amplitud, profundidad y volumen de sus ideas? Si usted desea una cultura corporativa abierta... ¿poseen sus apreciaciones la necesaria apertura? Si desea una comunicación inter-funcional y no jerarquizada... ¿emplea usted un proceso evaluador de 360º?

Ningún valor de la compañía importará si las personas son medidas por otros diferentes. Revise profundamente su sistema de evaluación... ¿está actualizado? ¿El mismo reconoce, recompensa y refuerza aquello en lo que usted desea que su compañía se convierta?

Programas de reconocimientos y recompensas

Este antiguo adagio es verdad: "Lo que es recompensado es hecho". Pero no todas las recompensas son monetarias. Pueden ser públicas, privadas, formales, informales, planeadas, inesperadas, elegantes, simples, únicas. Las recompensas más motivadoras pueden ser celebraciones públicas para las acciones y personas que ejemplifican los valores de su organización.

En Singapore Airlines por ejemplo, el premio del Director es el tributo de mayor prestigio que un empleado puede recibir. Dicho premio es otorgado cada año a aquellos miembros cuyas acciones demostraron el compromiso de la aerolínea con la calidad total del servicio. Los ganadores son celebrados, fotografiados, entrevistados, publicitados, invitados a cenas; sin embargo no reciben ningún premio monetario. Estas personas se transforman en leyendas, héroes y modelos de la organización y sus ejemplos son relatados por años. Sus acciones (y el reconocimiento público que reciben) mantienen los valores de la aerolínea en las grandes alturas.

¿Cuán inspiradoras son sus prácticas de reconocimientos y recompensas? ¿Cuán frecuentemente son aplicadas? Las personas crecen sobre la apreciación, el reconocimiento y la recompensa. ¿Su compañía provee suficiente?

Eventos sociales

Muchos encuentros son reuniones caras, que quizás proveen un desahogo para el estrés, pero hacen muy poco para mejorar la comunicación o el compromiso con la empresa. No debe ser así. Un evento memorable puede suministrar entretenimiento al personal y generar entusiasmo hacia las metas y valores de su empresa.

Ponga un equipo multifuncional a cargo del planeamiento y realización de su próximo evento. Deles un tiempo y un presupuesto. Determine parámetros y lineamientos para vincular dicho evento con la organización. Supervise el progreso, pero déjelos ser ellos mismos. Cólmelos de elogios por un evento bien hecho y usted construirá una tradición, que se profundizará y reforzará en la medida que se repita.

Sugerencias del personal

Los gerentes necesitan retroalimentación (feedback) del personal para mejorar. Pero, ¿cuántas compañías pueden señalar con orgullo, respetar y usar frecuentemente estas sugerencias?

Hacer de su programa mucho más que una caja de sugerencias colgada en la pared, requiere rápida respuestas de los gerentes, inmediata implementación de las buenas ideas y reconocimiento por las contribuciones.

Intente esto: Ofrezca $ (una cena para dos) cada mes por la mejor sugerencia. Aún si durante el primer mes obtiene una pobre selección de ideas, escoja una y entregue el premio. Una vez que la gente se da cuenta que existe ese premio cada mes, usted encontrará la caja de sugerencias rebosante de ideas a fin de mes.

Interacción Gerencia-Personal

Los gerentes y el personal trabajarán mejor juntos si tienen oportunidad de interactuar. Proponga frecuentes reuniones de equipo. Brinde seguridad al personal para hablar sin miedo a represalias. Cree paneles de discusión donde ambas partes puedan hacer preguntas y recibir francas (no defensivas) respuestas. Tenga una función social, sea anfitrión de algún encuentro, dirija un juego, organice un viaje, un retiro, o una salida corta. Todo es más ameno cuando se mezcla con los miembros de su equipo.

Ritos y rituales

Las compañías con una fuerte cultura poseen ritos y rituales que son memorables y únicos. En una multinacional por ejemplo, la persona que logra una venta significativa, tiene el honor de hacer sonar un enorme Gong chino al comienzo de la reunión mensual de ventas. El mensaje suena claro y fuerte: Las ventas exitosas son una buena razón para celebrar...

Un laboratorio de investigación y desarrollo, dispara un pesado cañón en sus jardines, cada vez que uno de sus equipos de investigación comete un gran (o costoso) error. ¡La gente se preocupa cuando el cañón no suena por mucho tiempo! El mensaje cultural es comprendido: La invención necesita de errores. Estamos aquí para tomar riesgos.

Comunicación interna

¿Sus memos lucen oficiales y aburridos? ¿Su pizarra de anuncios está cubierta de viejos boletines, o son actuales, coloridos y ricos en información? ¿Qué mensaje desea enviar? ¿Sus boletines parecen un foro abierto (centrado en actuales clientes, asuntos reales y significativos objetivos)... o lucen como propaganda oficial?

¿Cuánto diálogo realmente desea? Si usted se mueve en un ambiente donde el e.mail es muy usado, ¿se encuentra el acceso abierto a todos y las respuestas son alentadas? ¿O su personal lee su último comentario en la pantalla y luego discuten las implicaciones en el baño?

Comunicación externa

La manera en que usted se comunica con el mundo exterior se refleja igualmente sobre su personal. ¿Se enorgullecen sus empleados de lo que su empresa apoya con su publicidad? La imagen de su compañía, ¿es fresca y actualizada? ¿Es percibida como poseedora de un espíritu de contribución a la comunidad, o es sólo otra empresa más?

El gerente como modelo

La acción más poderosa para construir una cultura organizacional es ver a los líderes seguir sus propios ejemplos. Un alto ejecutivo japonés visitaba una de sus plantas manufactureras. Mientras caminaba a lo largo del cuidadosamente pulido piso de la planta, vio un pequeño trozo de papel, justo debajo de una máquina. Ante sus sorprendidos subordinados, se desvió del tour previsto, recogió dicho papel, lo puso en su bolsillo, y continuó con la visita.

Un gesto hizo más para reforzar el compromiso que innumerables folletos y carteles. El desafío es claro: Debemos hacer lo que decimos.

Nutra su cultura

La cultura de su organización es como el agua. Puede correr fuerte y constante, refrescando sus equipos y moviendo su gente hacia adelante. O puede estancarse e infectarse y gradualmente envenenar todo a su alrededor.

Puede ser fértil y rica, irrigando crecientes y estimulantes ideas. O puede ser estrecha y destructiva, derribando toda señal de cambio.

Renuncias, ausentismo, y destructivos rumores son malas noticias... pero son sólo síntomas. La razón es una moral débil, baja motivación y una cultura organizacional sufriente.

¿La receta para una mejor salud? Actúe ahora, construya una organización que nutra a las personas, estimule las ideas y motive para dar lo mejor de cada uno.

 

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