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Una situación frecuente

Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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Economía de la atención: Abundancia de información implica pobreza de atención

Enviado por Manuel Gross el 13/05/2010 a las 15:06
Manuel Gross


Por Javier Velilla

economia_de_la_atencion.jpg

 

Michael Goldhaber tiene una lucidez extraordinaria. Hace unos años analizó el concepto de Economía de la Atención, por la que “la abundancia de la información da lugar a la pobreza de la atención”. El concepto parece que lo acuña el Premio Nobel de Economía Herbert Simon, que en 1971 investiga sobre el impacto de la sobrecarga de información en las llamadas economías desarrolladas. En su opinión, “lo que la atención consume es bastante obvio: la  atención de sus receptores.  De esto se deduce que una riqueza de información crea una pobreza de atención”. 

 

Años más tarde, en 1997, Goldhaber publica en First Monday el artícuclo “La economía de la atención y la Red” con una frase impresionante: “el dinero no puede comprar atención”.


“If the Web and the Net can be viewed as spaces in which we will increasingly live our lives, the economic laws we will live under have to be natural to this new space. These laws turn out to be quite different from what the old economics teaches, or what rubrics such as “the information age” suggest. What counts most is what is most scarce now, namely attention. The attention economy brings with it its own kind of wealth, its own class divisions – stars vs. fans – and its own forms of property, all of which make it incompatible with the industrial-money-market based economy it bids fair to replace. Success will come to those who best accommodate to this new reality”.

 

Es evidente que la reciente (y muy creciente) digitalización de la mayoría de los procesos comunicativos que se realizan en las sociedades postindustriales provoca un crecimiento exponencial de los datos, que deben ser asimilados, clasificados, comparados, monitorizados… Es una tarea cada vez más árdua que provoca que la atención sea uno de los bienes más escasos de este nuevo paradigma.

 

El tiempo dedicado conscientemente a una determinada actividad decrece (o aparecen días de 36 horas). Es decir, el tiempo se convierte en el recurso más escaso, más cuando el coste de elaborar y de distribuir el contenido digital tiende a cero según asegura Chris Anderson en un libro Gratis (habla para ello de subsidios cruzados directos, mercados trilaterales, freemium e, incluso, mercados no monetarios).

 

Pero aparece un nuevo coste: la falta de atención. Si hasta hace unos años, con audiencias monoplataforma y cautivas, era posible gestionar audiencias cautivas, hoy la promiscuidad es una constante. Atraer la atención de las audiencias, cautivar su confianza, generar interés continuado y convencer es la estrategia adecuada.

 

Internet no es un gran almacén, es todo el almacén. El caso de Spotify, con cuatro millones de canciones es un ejemplo. La selección no existe, se autogenera con cada búsqueda. Es un proceso que describe David Weinberger en Everything is Miscellaneous. La información es miscelánea, compuesta de cosas distintas o de géneros diferentes e inconexos mezclados o unidos. De este modo, cada usuario posee su propio esquema mental y percibe (o busca) la información de manera diferente. Nadie puede escuchar todas las canciones de Spotify, pero puede encontrar las que está buscando con una precisión a sus gustos mucho más ajustada.

 

Lo mismo pasa con las páginas web. Impresiona pensar que cada día se publican un millón de páginas web y 20.000 millones de correos electrónicos, sin entrar en el fenómeno-en-tiempo-real de Twitter. La superabundancia y la multitarea son fenómenos crecientes, y también la impaciencia, pues la máxima distancia entre un punto y otro se encuentra al alcance de un click de su ratón.

 

Un enfoque es la intermediación. Es el negocio de los medios de comunicación -que redistribuyen hechos-, pero también de Google o de tiendas virtuales como Amazon o Ebay. Facilitan la búsqueda, fidelizan al usuario y aspiran a recibir beneficios por su intermediación mediante la publicidad o la compra. Ya lo dijo el economista  Josef Falkinger en 2003, la atención “es el prerrequisito de toda transacción económica”.

 

This entry was posted on Viernes, Enero 15th, 2010 at 19:50 

 

Creative Commons License
Impresiones, el blog de Javier Velilla, se acoge a la licencia de Creative Commons. Más información aquí.

 

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Fuente: Impresiones  
Imagen: Informacion   

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Más información, menos conocimiento

Enviado por el 31/07/2011 a las 4:47
Manuel Gross

Más información, menos conocimiento

Mario Vargas Llosa

 

PIEDRA DE TOQUE. La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros

MARIO VARGAS LLOSA  31/07/2011

 

Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

 

Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: "Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo".

Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.

Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.

Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. MacLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.

Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.

No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la "inteligencia artificial" que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado "la mejor y más grande biblioteca del mundo"? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?

No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O'Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: "Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos". Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para "informarse". Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: "Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros".

Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer Guerra y Paz o El Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?

La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce "la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos". En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.

Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que -para qué engañarnos- no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la "inteligencia artificial" es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011.

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La economía de la atención

Enviado por el 10/03/2011 a las 13:59
Manuel Gross

La economía de la atención

La globalización ha producido un raro efecto en el "mundo desarrollado". El consumidor, para saciar sus necesidades, tiene una multitud de bienes y servicios procedentes de todo el mundo, que compiten entre si. Estos productos se ofrecen por todo tipo de medios a su alcance, vallas, televisión, periódicos, cuñas radiofónicas, bombardeando al potencial cliente con miles de mensajes publicitarios.

02 Ago 2004 | José Manuel Gimeno

Se añade a los mensajes publicitarios, la oferta del vendedor, el dictamen del experto, la opinión del usuario, los consejos del amigo, del compañeros de trabajo, de los parientes. Toda esa información, tiene que ser asimilada, clasificada, comparada. ¡Imposible!. No hay tiempo para digerir tal caudal de información, la información recibida satura e incapacita para elegir. En contra de lo que pudiera parecer, el bien del que carece el ciudadano medio, no es dinero, es tiempo. Michael Goldhaber, ha plasmado esta realidad en una frase, "vivimos en una economía donde el bien escaso por excelencia es la atención del público, en una Economía de la Atención".

 

Sigue...

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Infoxicación: un 'mal' necesario

Enviado por el 15/10/2010 a las 0:29
Manuel Gross

Infoxicación: un 'mal' necesario

Por: Redacción eltiempo.com | 8:55 p.m. | 11 de Octubre del 2010

El hiperacceso a información, que a muchos enreda la vida, es una gran ventaja dice Enrique Dans.

El ser humano está cercado: páginas web, blogs, redes sociales, correo electrónico, podcast, teléfonos inteligentes que no solo sirven para hacer llamadas, sino para estar en contacto permanente con las fuentes mencionadas antes; videos, audios, textos, televisión, radio, libros, revistas... Una verdadera infoxicación.

El término, vertido al español por Alfons Cornella, a partir de expresiones en inglés como  'information overload'  (sobrecarga de información), describe la dificultad para procesar la gran cantidad de datos a los que está expuesto hoy el ser humano.

El concepto que se relaciona más con el manejo de la información que con la cantidad que se produce. Enrique Dans, profesor de IE Business School -una de las escuelas de negocios más reconocidas del mundo, con sede principal en Madrid-, analiza el fenómeno.

¿Qué es o cómo se puede definir la infoxicación?

La infoxicación es la incapacidad de análisis eficiente de un flujo de información elevado. Indudablemente, el número de canales y la cantidad de información que una persona media maneja y recibe se ha incrementado enormemente en las últimas décadas, y esa nueva situación define un entorno en el que es preciso desarrollar ciertas aptitudes y actitudes a la hora de gestionar nuestra actividad.

¿La infoxicación se origina en el desarrollo de los medios masivos para distribuir la información?

La infoxicación es, en realidad, un fenómeno de incidencia muy relativa: una persona puede sentirse 'infoxicada' en determinados momentos, pero, por lo general, el hombre aprende rápidamente a desarrollar estrategias que impiden ese fenómeno.

 Vivir en un entorno intensivo en información nos enseña a priorizar y a manejar esa información de maneras más eficientes, y la tecnología -que, según algunos creó el problema- es en realidad quien nos ayuda en muchos casos a solucionarlo. 

El problema es que durante muchos años vivimos en entornos radicalmente unidireccionales, y una gran cantidad de la información que recibíamos era completamente pasiva, no requería de casi ninguna acción por nuestra parte. 

Ahora, una parte sustancial de la información que recibimos genera una respuesta, un papel activo: de oyentes o espectadores hemos pasado a ser participantes, y eso exige un esfuerzo mayor. Pero también nos lleva a una sociedad con más oportunidades, menos limitada y con un potencial mucho mayor.

¿Cómo influye el desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones en la infoxicación?

La tecnología ha hecho posible que cualquier persona pueda convertirse en emisor de información, algo que antes únicamente era posible para quienes contaban con una licencia de emisión o llevaban a cabo costosas inversiones en equipos. Hemos pasado de recibir información por unos pocos canales, a hacerlo por infinitos, y eso conlleva un cierto período de adaptación.

¿La infoxicación se enfoca sólo en la cantidad o tiene que ver más con la calidad y la organización de la información?

En realidad, la infoxicación ocurre por una carencia de cultura de uso: a medida que una persona adquiere más experiencia y adiestramiento, aprende a utilizar herramientas que le permiten ser mucho más eficiente en su manejo.

Un lector RSS como Google Reader, permite a un usuario medio, sin ningún conocimiento específico, enfrentarse a un conjunto de fuentes de información: prensa, blogs, búsquedas en la red, etc., de una manera impensable.

En realidad, la infoxicación es un problema definido por aquellos que no se han puesto seriamente a solucionarlo: el usuario medio no se queja de infoxicación, sino que bendice las posibilidades más sencillas y directas que ahora tiene de acceder a la información.

¿La infoxicación es un problema de exceso de oferta o de abuso de la demanda por los usuarios?

Simplemente, no es un problema. Ocurre de manera muy limitada y únicamente llega a ser una sensación temporal que aparece en perfiles en vías de aprendizaje. No verás a un nativo digital quejarse de infoxicación, ni tampoco a una persona con un cierto nivel de experiencia. En la práctica, la tecnología nos permite acceder a información de maneras infinitamente más eficientes.

¿La infoxicación es una patología? ¿Tiene un 'tratamiento'?

Ni está definida como enfermedad ni tiene una terapia que vaya más allá de aprender a vivir con el entorno que nos ha tocado vivir.

Patologías existen siempre vinculadas a toda actividad humana, pero la infoxicación no es un problema real, sino algo definido por aquellos que toman una postura de observar el progreso desde una situación alejada.

'La angustia no es sólo tecnológica' 

El experto Enrique Dans define la infoxicación como la "incapacidad de análisis eficiente de un flujo de información elevado", es decir, la dificultad para procesar la gran cantidad de datos a los que está expuesto hoy el ser humano.

Queda claro que el concepto se relaciona más con el manejo de la información, que con la cantidad que se produce, y que lidiar con ella se torna más arduo a medida que surgen nuevas fuentes.

"El problema de la angustia de la información, esta angustia de que tengo más información de la que puedo manejar y por tanto no tengo tiempo para absorberla, es un problema que no es solo tecnológico", dijo el experto español Alfons Cornella en un discurso, hace ya 10 años. 

Para Dans, la solución y no la causa es la tecnología. Tal es el impacto de la sobrecarga de información, que se han creado grupos para estudiarlo y tratar de reducir sus efectos. Es el caso de Iorg (Grupo de Investigaciones en Sobrecarga de Información (http://iorgforum.org), del que forman parte académicos, consultores y representantes de corporaciones como IBM, Microsoft, Intel y Xerox.

Esta última tiene un sitio especializado en el tema (www.xerox.com/information-overload), que recomienda, para profundizar en él una fuente a la que los puristas temen, pues es alimentada por la comunidad de usuarios: Wikipedia. 

De allí, se pueden rescatar algunas causas generales: rápido crecimiento en el flujo de nueva información que se produce y falta de equilibrio entre lo que resulta útil y lo inútil; facilidad para duplicar y retransmitir información a través de medios como Internet; aumento en el número de canales disponibles para recibirla; gran cantidad de información histórica; contradicciones e inexactitudes en la información disponible, y falta de contexto.

El fenómeno afecta principalmente a los ambientes empresariales, donde, según estudio de Internacional Data Corporation publicado en marzo del 2009, la cantidad de información creada en papel y en medios digitales aumenta cada año 67 por ciento. 

Según el informe titulado 'Siguiendo la sobrecarga de información en el origen',  26 por ciento del tiempo de los trabajadores invertido (o gastado) en manejar dicha sobrecarga, y el equivalente a 1,5 billones de dólares en salarios, empleados en reprocesamiento y administración de los datos, solamente en Estados Unidos, durante el año 2008. 

Para ponerlo en cifras, un 75 por ciento de los trabajadores entrevistados por IDC para realizar el estudio, en 1.000 empresas grandes de EE. UU. dicen sufrir por sobrecarga de información; el 45 por ciento de ellos se sienten agobiados por ella. Como si fuera poco, los trabajadores afirman que gastan más de 25 por ciento de su tiempo lidiando con interrupciones y distracciones generadas por la sobrecarga informativa.

La absurda  impotencia de poder, La tecnología como forma de desperdicio 

El conocimiento es poder, afirma Xerox en su sitio especializado en Sobrecarga de información www.xerox.com/information-overload.

Pero, para la empresa, mucha información puede hacernos sentir impotentes e improductivos. Para demostrarlo, cita las siguientes estadísticas:

 -El 28 por ciento de un día de trabajo típico se desperdicia por interrupciones causadas por información innecesaria.

 -El 53 por ciento de la gente cree que menos de la mitad de la información que recibe al día es útil.

-El 42 por ciento de las personas utiliza información incorrecta, de manera accidental, al menos una vez por semana.

-En 2008 se crearon 487 mil millones de gigabytes de información. Para hacerse una idea, el disco duro de un computador promedio tiene alrededor de 300 o 500 gygabites.

¿En qué se nos va el tiempo? Las siete actividades menos productivas

 El estudio 'Siguiendo la sobrecarga de información en el origen' identifica las siguientes actividades poco productivas que consumen más tiempo, unas 20 horas por trabajador, cada semana:

-Reformatear documentos (convertir diferentes formatos a uno solo).  -Convertir documentos de un formato a otro.

-Buscar información, pero no encontrarla.

-Volver a generar contenido que ya existe.

-Publicar el mismo contenido para diferentes audiencias, utilizando distintas aplicaciones.

-Obtener material de archivo con poca o ninguna ayuda tecnológica.

-Lidiar con distintas versiones de un mismo documento.

Jaime Dueñas
Director Vive.in y Futbolred.com 

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Sobrecarga cognitiva y cerebro

Enviado por el 02/09/2010 a las 23:25
Manuel Gross

Sobrecarga cognitiva, ¿somos capaces de alimentar nuestro cerebro?

23 Agosto 2010 por Javier Díaz

Hace unos días leía un artículo en el que se estimaba que la cantidad de información a nivel mundial se dobla cada 18 meses y los archivos corporativos cada 3-5 años. Las cifras son apabullantes y nos dejan entrever algunas cuestiones.

  • Las nuevas tecnologías han precipitado que la información crezca de manera exponencial. Las consecuencias del crecimiento exponencial han fascinado a los pueblos durante siglos. Hay una antigua leyenda persa sobre un cortesano que ofrendó a su rey un bello tablero de ajedrez y le solicitó a su señor que le diera a cambio un grano de arroz por el primer cuadrado, dos granos por el segundo, cuatro por el tercero, y así sucesivamente. El rey aceptó en seguida y ordenó que el arroz fuese traído desde sus silos. El cuarto tablero suponía ocho granos, el décimo requería 512 granos, el decimoquinto 16.384 granos y el vigésimo primero rendía más de un millón de granos de arroz. Al llegar al cuadragésimo, la magnitud de granos de arroz era ya de un billón. El pago solicitado por el cortesano jamás podría haberse cumplido porque suponía más arroz que el que podía haber en el mundo. Pues bien, volviendo a lo que nos ocupa, diariamente se genera en la web más información que aquella que una persona podría asimilar durante toda una vida.
  • Una parte importante de la sociedad va tomando conciencia de lo que algunos llaman “espíritu colaborativo”, sustento vital para la web 2.0 y que ha trasformado a la web en una masa informe y viscosa que a medida que va devorando personas, va aumentando su tamaño (bien valdría el paralelismo con la película “The Blob”, 1958).
  • Tal cantidad de información nos obliga, en primer lugar, a saber gestionar adecuadamente tales contenidos (buscadores, folksonomías, etc.) y, en segundo lugar, exige un esfuerzo individual por analizar con carácter crítico aquello que leemos. Paradójicamente, “tenemos la tendencia a ser crédulos, a creer que los demás nos dicen la verdad, ya que la educación, la religión y los valores sociales nos incitan a decir siempre la verdad” (La psicología de la mentira).

Parece que los esfuerzos por gestionar el volumen de información que existe en la web, se traducirán en la llamada web semántica, pero a pesar de ello seguiremos necesitando de nuestro propio factor humano en el momento de manejar estos contenidos, a la hora de creer o no creer lo que en ellos se plasma, a la hora de asimilar o desechar aquello que pase por nuestras pantallas, a la hora de decidir si debemos compartir, recomendar o publicar en nuestros perfiles en la Red (Twitter, Facebook, blogs, etc.). En este sentido, me planteo si realmente nuestro sistema educativo es capaz de desarrollar estas habilidades y actitudes tan necesarias para afrontar la sobrecarga cognitiva en la que estamos inmersos. Citando a Borges “el libro es la extensión de la memoria y de la imaginación, igual que los demás instrumentos creados por el hombre lo son del cuerpo (el microscopio de la vista, el arado del brazo)”. Siguiendo con esta afirmación, la Web debería ser igualmente una prolongación de nuestra memoria, conformar un macrosistema al servicio de nuestro intelecto pero ¿observamos en los diferentes ámbitos educativos una inclinación a desarrollar la capacidad analítica o solo de fagocitar todo aquello que tenga su manifestación en los medios?, retomando la antigua leyenda persa cabe preguntarse si somos capaces de identificar la cantidad de arroz que necesitamos ingerir diariamente, si algunos ya padecemos indigestión crónica o bien si una parte de la sociedad está condenada a morir de inanición cultural.

Acerca de Javier Díaz
Psicólogo, bloguero, twittero pero sobre todo un apasionado del aprendizaje permanente.

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La economía de la atención

Enviado por el 06/08/2010 a las 17:15
Manuel Gross

sábado 24 de abril de 2010

La economía de la atención

  En pocos días este concepto, la economía de la atención, ha acudido a mí varias veces: en una charla de Alejandro Piscitelli, en el libro de Enrique Dans, en otros blogs e, incluso, he recordado que algo parecido a esto ya lo comenté hace unos meses en este mismo blog, en un artículo titulado La visibilidad y la atención como bienes escasos.

Sin embargo, esta vez el término ha captado más mi atención, ha ganado un valor explicativo que hasta ahora no tenía, me ha hecho comprender mejor algunos fenómenos de estrategia empresarial en este confuso y aún en definición sector de Internet.

Con frecuencia me he preguntado, supongo que mucha gente se ha preguntado (y debo decir que todavía no he encontrado una respuesta completamente satisfactoria), qué sentido tiene, desde un punto de vista de negocio, que no desde un punto de vista tecnológico o social, la explosión de servicios gratuitos en Internet, la dedicación de esfuerzos por parte de profesionales y empresas en su desarrollo y explotación, y las valoraciones estratosféricas que se hacen de compañías como Facebook, YouTube o Twitter, cuál es el valor económico de una empresas sin un modelo de negocio muy claro y que, en algunos casos, no producen beneficios.

Enrique Dans, en su libro 'Todo va a cambiar', y a propósito del 'caso Google', nos proporciona una explicación basada en esta economía de la atención.

 Al decir, 'economía de la atención', estamos reconociendo que la atención de usuarios y, por tanto, potenciales clientes, es un bien escaso y, por consiguiente, económico. En el mundo de la web 2.0 y los social media, la atención es un bien aún más escaso dada la ingente cantidad de contenidos existentes en la red, los millones de opciones que un usuario tiene a su alcance mediante unos simples click. En ese sentido, la capacidad de captar la atención de los internautas, de atraer visitas hacia un punto concreto, es absolutamente valiosa. Esta capacidad de atraer la atención, combinada con un uso inteligente de la publicidad, puede convertir en muy rentables negocios que, en principio, parecen abocados a la ruina, negocios donde lo que parece su funcionalidad fundamental, sus prestaciones más notables, se regalan a cambio, únicamente, de la atención de los usuarios.

 Eso sería lo que estaría haciendo Google: atraer nuestra atención mediante un excelente buscador, mediante las funcionalidades para blogs que ofrece Blogger, mediante los videos de YouTube, mediante la lectura de noticias a través de Google reader, etc, etc, etc para luego rentabilizarlo mediante mecanismos como AdWords.

No creo que la atención pueda servir como base de cualquier negocio en la red, y tampoco creo que existan normas demasiado claras acerca de qué debe hacer una empresa para atraer la atención de los usuarios, para tener grandes activos de atención. Lo que sí parece es que esta economía de la atención puede dar una explicación y un fundamento sensato a ciertos modelos de negocio en Internet.

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