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Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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La revolución de las comunicaciones crea la Civilización Empática

Enviado por Manuel Gross el 25/03/2010 a las 11:03
Manuel Gross


La civilización empática 

abrazos.jpg

Por Jeremy Rifkin 

 

Necesitamos una conciencia planetaria para resucitar la economía y revitalizar la biosfera. ¿Imposible? No, en absoluto. La ciencia demuestra que el ser humano progresa reduciendo su egoísmo y ampliando su empatía 

 

Dos espectaculares colapsos, separados por sólo 18 meses, han marcado el fin de la era contemporánea. En julio de 2008, el precio del petróleo en los mercados mundiales alcanzó la cifra récord de 147 dólares por barril, la inflación se disparó, y con ella todos los precios, desde los alimentos a la gasolina, y el motor de la economía mundial se atascó. Lo que precipitó la crisis fue la creciente demanda de combustibles fósiles de China, India y otras economías emergentes. La capacidad de compra se desplomó y la economía mundial se derrumbó. Ese fue el terremoto que hizo trizas esa época industrial. El colapso de los mercados financieros dos meses después no fue más que una réplica.

En diciembre de 2009, mandatarios de 192 países se reunieron en Copenhague para abordar el problema que supone la factura de entropía acumulada de una revolución industrial basada en los combustibles fósiles: el gasto en CO2 que está recalentando y desequilibrando el planeta hasta llevarlo a un catastrófico cambio climático. Después de años de preparación, las negociaciones fracasaron y los líderes del mundo fueron incapaces de un acuerdo.

La crisis radica en la concepción de la naturaleza humana que rige el comportamiento de los líderes mundiales y cuyos presupuestos surgieron hace más de 200 años, durante la Ilustración, en los albores de la economía de mercado y de la era del nacionalismo. A los pensadores ilustrados -John Locke, Adam Smith, Condorcet, etcétera- les ofendía la concepción cristiano-medieval del mundo que, viendo en el hombre a un ser indigno y depravado, aspiraba a la salvación ultraterrena a través de la gracia de Dios. Preferían sumarse a la idea de que la esencia humana es racional, distante, autónoma, ambiciosa y utilitarista, propugnando que la salvación individual está aquí en la Tierra, en un ilimitado progreso material.

La concepción ilustrada de la naturaleza humana se reflejó en el recién acuñado Estado-nación, cuyo objetivo era proteger la propiedad privada, estimular el mercado y servir de intermediario a los intereses de la ciudadanía en el ámbito internacional. Se consideraba que los Estados-nación eran agentes autónomos envueltos en una incesante batalla con otras naciones por la obtención de ganancias materiales.

Si la naturaleza humana es como indicaban los filósofos ilustrados, probablemente estemos condenados. Imposible concebir cómo podríamos crear una economía mundial sostenible y devolverle la salud a la biosfera si todos nosotros, en nuestra esencia biológica, somos agentes autónomos, egoístas y materialistas.

Sin embargo, los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro y el desarrollo infantil nos obligan a repensar esos arraigados dogmas. Los biólogos y los neurocientíficos cognitivos están descubriendo neuronas espejo, llamadas de la empatía, que permiten a los seres humanos sentir y experimentar situaciones ajenas como si fueran propias. Parece que somos los animales más sociales y que buscamos interactuar íntima y amigablemente con nuestros congéneres.

Por su parte, los científicos sociales están comenzando a reexaminar la historia con una lente empática, descubriendo así corrientes históricas ocultas que sugieren que la evolución humana no sólo se calibra en función del control de la naturaleza, sino del incremento y la ampliación de la empatía hacia seres muy diversos y en ámbitos temporales y espaciales cada vez mayores. Las pruebas científicas de que somos una especie básicamente empática tienen consecuencias sociales profundas y de gran alcance, y podrían determinar nuestra suerte como especie.

Para resucitar la economía mundial y revitalizar la biosfera, lo que ahora necesitamos es, nada más y nada menos, que dar, en menos de una generación, el salto hacia una conciencia empática mundial. La cuestión es la siguiente: ¿cuál es el mecanismo que permite la maduración de la sensibilidad empática y la expansión histórica de esa conciencia?

Los momentos cruciales que dan un vuelco a la conciencia humana tienen lugar cuando nuevos sistemas energéticos se conjugan con revoluciones en las comunicaciones, creando nuevas eras económicas. Los nuevos medios de comunicación se tornan mecanismos que rigen y controlan la estructuración, organización y gestión de las civilizaciones más complejas que los nuevos sistemas energéticos posibilitan. La primera revolución industrial del siglo XIX, gestionada gracias a la comunicación impresa, dio paso a la conciencia ideológica. La comunicación electrónica se convirtió en el mecanismo rector y de control de la segunda revolución industrial del siglo XX, que marcó el inicio de la conciencia psicológica.

Las revoluciones en las comunicaciones, al hacerse más complejas, van poniendo en contacto a cada vez más gente dentro de redes sociales más amplias y variadas. La comunicación oral tiene un limitado alcance temporal y espacial, mientras que las comunicaciones manuscrita, impresa y electrónica amplían el margen y la profundidad de las interacciones sociales.

Al desarrollar el sistema nervioso central de cada individuo y del conjunto de la sociedad, las revoluciones en las comunicaciones no dejan de proporcionar escenarios cada vez más incluyentes para la maduración de la empatía y la expansión de la conciencia. Durante la primera revolución industrial, caracterizada por la imprenta y la conciencia ideológica, la sensibilidad empática se extendió hasta alcanzar las fronteras nacionales, de manera que los estadounidenses se identificaban con los estadounidenses, los españoles con los españoles, los japoneses con los japoneses, etcétera. Durante la segunda revolución industrial, caracterizada por las comunicaciones electrónicas y la conciencia psicológica, los individuos empezaron a identificarse con otros de ideas afines.

Hoy en día nos encontramos en la cima de otra convergencia histórica, en una tercera revolución industrial de la energía y la comunicación, que podría extender la sensibilidad empática a la propia biosfera y a toda la vida terrena. La repartida revolución de Internet se está conjugando con la diseminación de las energías renovables, haciendo posible una economía sostenible que se gestiona localmente con vínculos en todo el mundo.

Durante el siglo XXI, cientos de millones de personas transformarán sus edificios en centrales productoras de energía que producirán in situ fuentes renovables, almacenándolas en forma de hidrógeno y electricidad compartida, e intercambiándolas a través de retículas locales, regionales, nacionales y continentales de funcionamiento similar al de Internet. En el ámbito energético, al igual que en el de la información, la difusión de fuentes de código abierto dará lugar a espacios de colaboración energética, no diferentes a los de índole social que en la actualidad existen en Internet.

Si conseguimos aprovechar nuestra sensibilidad empática para instaurar una nueva ética mundial habremos superado los distantes, egoístas y utilitaristas presupuestos filosóficos que acompañaban a los mercados nacionales y el orden político de los Estados-nación, situándonos en una nueva era de conciencia biosférica. Así, dejaremos el antiguo mundo de la geopolítica para entrar en la nueva era de la política de la biosfera. Esta nueva perspectiva va más allá de la tradicional divisoria entre conservadores y progresistas que caracteriza la geopolítica actual de la economía de mercado y el Estado-nación.

La nueva divisoria es generacional y enfrenta el jerárquico modelo de organización familiar, educativa, comercial y política con otro más cooperativo y cosmopolita que, en su funcionamiento y sus espacios sociales, favorece los ámbitos comunes del código abierto. Para la generación de Internet, la calidad de vida se torna tan importante como la oportunidad individual.

Está surgiendo la civilización empática. Las generaciones más jóvenes están llevando su capacidad de empatía más allá de los credos religiosos y la identificación nacional, incorporando así a toda la humanidad y al ingente proyecto vital que envuelve la Tierra. Pero nuestra prisa por alcanzar la conectividad universal empática tropieza con un gigante entrópico en constante aceleración: el cambio climático. ¿Podremos alcanzar la conciencia biosférica y la empatía mundial a tiempo de evitar el derrumbe planetario?

Jeremy Rifkin, economista y escritor, es asesor de la UE y de diversos presidentes -incluido el español- en cambio climático, seguridad energética y desarrollo sostenible. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

JEREMY RIFKIN 19/03/2010

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Fuente: El País 
Imagen: Abrazos 

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Las redes sociales salen a la calle

Enviado por el 04/02/2011 a las 2:27
Manuel Gross

¿Cerca de la revolución? Las redes sociales salen a la calle.

enero 30, 2011 en 8:03 am

 

Marshall McLuhan no se cansaba de repetirlo: la invención de la imprenta produjo muchos cambios, desde la consolidación del pensamiento cientifico moderno hasta el individualismo que terminó generando las democracias contemporáneas. Para el teórico canadiense había un antes y un después de Gutenberg. Sin caer en determinismos tecnológicos, creo que podemos acordar en que la tecnología de la palabra impresa, como mínimo, aceleró y dio una dimensión mayor a procesos que estaban “in nuce” dentro de la sociedad europea del siglo XV y XVI. 

Las independencias de los países latinoamericanos y la difusión del pensamiento liberal -que se oponía a la decadente ideología monárquica- en el siglo XIX también latió al ritmo de la palabra impresa. Lo primero que hacían los intelectuales de ese siglo era fundar un periódico. La lucha política era una lucha de palabras escritas con la pluma y después difundidas con caracteres de plomo entintados. Y cuando se cansaban de escribir, dejaban la pluma y tomaban la espada… ¿Se acuerdan del Himno a Sarmiento? “Por ver grande a la Patria tu luchaste / Con la espada, con la pluma y la palabra”.

En el siglo XX la política dejó la palabra para volcarse progresivamente a la imagen. La videopolítica nació con el debate televisivo Kennedy-Nixon (1962) y llega hasta nuestros días, cuando nos gobierna una generación de dirigentes políticos formada en gran medida en la Corporación Dermoestética. De la videopolítica se ha escrito mucho, sigue siendo una de las principales herramientas para la construcción de hegemonías, pero algo está cambiando…

La pregunta sería: ¿Cómo se hace política en el siglo XXI? El libro “Comunicación y Poder” de Manuel Castells nos brinda el marco adecuado para responder a esta pregunta. En esa obra el sociólogo analiza cómo las nuevas formas de comunicación en red son utilizadas tanto para la construcción de hegemonías como para la transformación de las relaciones de poder. Los hechos de Túnez y Egipto de estas semanas vuelven a poner el tema sobre la mesa: ¿son las redes sociales un instrumento fundamental para la praxis política de este siglo? ¿O se trata simplemente de una moda pasajera?

En el 2002 Howard Rheingold llamó la atención sobre los flashmobs construidos a puro golpe de SMS. En España tuvimos un caso paradigmático de movilización política “flash” en los días posteriores al 11M. Poco a poco Twitter fue sustituyendo al SMS como medio informativo reticular (ver mi post Después del temblor: la movilización de las masas en la época post-SMS). En ese post escribí lo siguiente: “Es posible que estemos atravesando una transición desde una forma de movilización nacida en la Revolución Francesa -basada en el control de la Plaza para protestar frente al Palacio- a otra que se expresa de forma virtual pero no menos efectiva”. La situación se vuelve más compleja cuando, a las movilizaciones virtuales, se suma la presencia de las masas en las calles. ¿Cómo se relacionan ambos mundos?

Una referencia ineludible en este debate es el polémico artículo de Malcolm Gladwell titulado Small Change. Why the revolution will not be tweeted (publicado en octubre 2010). Según Gladwell a menudo se atribuye a las redes sociales la explosión de movimientos opositores (Irán, Moldavia, etc.) en los cuales el rol de Twitter o los emails es secundario. “En el caso de Irán -dice Gladwell- la gente que tuiteaba sobre las manifestaciones estaba casi toda en Occidente”. La historia vuelve a repetirse en Túnez y Egipto: ¿Hasta dónde las manifestaciones son un fenómeno nacido y auto-organizado desde las redes sociales?

Algunas opiniones de estos agitados días…

- It’s Not Twitter or Facebook, It’s the Power of the Network (Mathew Ingram): Después de pasar revista a los principales argumentos, desde los que sostienen la poca importancia de las redes en las movilizaciones hasta los ciberutopistas que defienden su centralidad, Ingram sostiene que los social media pueden ser importantes, tanto para difundir la palabra -lo cual brinda soporte moral o emocional dentro del propio país y permite conseguir apoyos externos- como para facilitar la organización gracias al poder de las redes. Citando a otro periodista Ingram concluye que las redes pueden servir como “aceleradores” del proceso, una hipótesis similar a la que deslicé al comienzo de este post (cuando me refería a la imprenta). Y cierra su artículo con estas palabras: “In the end, the real weapon is the power of networked communication itself. In previous revolutions it was the fax, or the pamphlet, or the cellphone — now it is SMS and Twitter and Facebook. Obviously none of these things cause revolutions, but to ignore or downplay their growing importance is also a mistake”.

- First thoughts on Tunisia and the role of the Internet: este artículo de Evgeny Morozov (autor del libro The Net Delusion, en el cual desmonta el mito de la democratización internetiana) refleja su escepticismo respecto a las movilizaciones nacidas al calor de las redes sociales. Según Morozov la red sirve para movilizar pero al mismo tiempo es un dispositivo de vigilancia ciudadana y de control bajo forma de entretenimiento. Según sus propias palabras: “it’s wrong to assess the political power of the Internet solely based on its contribution to social mobilization: We should also consider how it empowers the government via surveillance, how it disempowers citizens via entertainment, how it transforms the nature of dissent by shifting it into a more virtual realm, how it enables governments to produce better and more effective propaganda, and so forth”.

- Manuel Castells, en La wikirrevolución del jazmín, propone una mirada opuesta: “Las masivas protestas que derrocaron al dictador tunecino Ben Ali muestran nuevamente el poder de los movimientos sociales espontáneos en un entorno de comunicación digital. El proceso, que en menos de un mes hundió un régimen sólidamente asentado desde 1987, ha seguido una pauta familiar…”. El recorrido es paradigmático: un hecho dramático desborda a las autoridades, la gente sale a la calle, la policía reprime… y las imágenes y mensajes de protesta dan la vuelta al mundo gracias a las redes digitales. Apunta Castells: “Obviamente, no es la comunicación la que origina la revuelta. Esta tiene causas profundas en la miseria y la exclusión social de buena parte de la población, en la pantomima de democracia, en el oscurantismo informativo, en el encarcelamiento y tortura de miles de personas, en la transformación de todo un país en la finca de las familias Ben Ali y Trabelsi con el beneplácito de EE.UU., los países europeos y las dictaduras árabes.” Entonces, ¿por qué hablar de wikirevolución? Porque se trata de “una revuelta cogenerada sin estrategia central, por la simple indignación de miles de jóvenes dispuestos a arriesgar sus vidas”.

Estas lecturas eminentemente políticas se pueden enriquecer con otro debate: ¿Es Twitter un medio de comunicación en red o un medio informativo de “broadcasting”? Según Brian Solis los números demuestran que Twitter se encuentra más cerca de un medio tradicional que de una verdadera red social. En su artículo Is Twitter a Conversation or Broadcast Platform? (2009) Solis sostenía que Twitter seguirá siendo una “rapid-fire broadcast network” hasta que los usuarios  aprendan a comunicarse y entiendan cómo participar y contribuir en un contexto más conversacional. Solis se basa en estudios cuantitativos que permiten analizar el comportamiento de los usuarios de Twitter y cómo evoluciona el flujo de Tweets. En otro post más reciente (This is a Click to Action, 2010) los números parecen volver a darle la razón: un estudio de Sysomos confirma que Twitter funciona más como medio de broadcasting que como red social (ver infografías y el vídeo del estudio).

El dirigente argentino J. W. Cooke se reía de los querían “hacer la Revolución con tiralíneas y escuadras”… Los procesos de transformación social siempre fueron caóticos y estuvieron marcados por un alto grado de improvisación. Esto no ha cambiado, pero tampoco podemos negar que las cosas hoy pasan más rápido y adquieren una repercusión antes inimaginable. No resulta nada fácil teorizar o siquiera reflexionar “en tiempo real” sobre procesos sociales tan evasivos, veloces y caóticos como los que se están dando en Túnez o Egipto. Como ya dijimos en este blog, necesitamos una teoría social post-Facebook para comenzar a comprender estos procesos (ver mi post El futuro de la teoría social (o la sociología después de Facebook). Una cosa es cierta: si estos procesos se presentan cada vez más evasivos, veloces y caóticos es gracias a las redes sociales.

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Twitter - Facebook


Civilización empática. Rifkin

Enviado por el 19/05/2010 a las 10:23
Manuel Gross

Civilización empática

El autor cuestiona la creencia arraigada de que los seres humanos son agresivos, materialistas, utilaristas y egoístas por naturaleza. Los nuevos descubrimientos que ponen de manifiesto la conciencia global de la acción humana.

Por Jeremy Rifkin*

ltimamente está de moda poner en duda que haya un significado subyacente a la historia humana que impregne y trascienda las diversas narraciones culturales que forman la variada historia de nuestra especie y que ofrezca el adhesivo social para cada una de nuestras odiseas.Es muy probable que estos pensamientos provoquen una mueca colectiva en muchos estudiosos posmodernos. Pero las pruebas indican que puede haber un tema subyacente a todo el periplo humano.

Nuestros cronistas oficiales —los historiadores— han desestimado de plano la empatía como fuerza motriz en el desarrollo de la historia humana. En general, los historiadores escriben sobre guerras y otros conflictos sociales, sobre grandes héroes y grandes malvados, sobre el progreso tecnológico y el ejercicio del poder, sobre injusticias económicas y sociales. Cuando mencionan la filosofía, suelen hacerlo en relación con el poder. Muy rara vez los oímos hablar de la otra cara de la experiencia humana, la que se refiere a nuestra naturaleza profundamente social, a la evolución y la extensión del afecto humano y a su impacto en la cultura y en la sociedad.

El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel dijo en una ocasión: «La historia no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco» porque constituyen «períodos de armonía». Las personas felices suelen vivir en el «micromundo» de las relaciones familiares y las afiliaciones sociales.

En cambio, la historia la suelen hacer los insatisfechos y los descontentos, los airados y los rebeldes, los que desean ejercer la autoridad y explotar a otros, los interesados en reparar agravios y restablecer la justicia. Desde este punto de vista, gran parte de la historia escrita gira en torno a la patología del poder.

Memoria colectiva. Quizá por esta razón hacemos un análisis tan sombrío al reflexionar sobre la naturaleza del ser humano. Nuestra memoria colectiva se mide por crisis y calamidades, por injusticias sangrantes y episodios de crueldad con otros seres humanos, con los restantes seres vivos y con la Tierra que habitamos. Pero si fueran éstos los elementos que definen la experiencia humana, ya haría mucho tiempo que nuestra especie habría perecido.

Todo esto plantea una pregunta: ¿por qué hemos acabado contemplando la vida de un modo tan negativo? La respuesta es que los relatos de maldades y tragedias nos sorprenden. Al ser inesperados, nos provocan inquietud y hacen crecer nuestro interés porque son sucesos nuevos y no constituyen la norma; pero tienen atractivo periodístico y por esta razón pasan a la historia.

El mundo cotidiano es totalmente diferente. Aunque la vida diaria está salpicada de sufrimiento, de tensiones, de injusticias y delitos, en general también abunda en actos sencillos de generosidad y bondad. Los actos que brindan consuelo y compasión engendran buena voluntad, forman vínculos sociales y traen alegría a la vida de la gente. Gran parte de las interacciones diarias con nuestros semejantes son empáticas porque ello forma parte de nuestra naturaleza. La empatía es el medio por el que creamos vida social y hacemos que progrese la civilización. En resumen, aunque no haya recibido de los historiadores la atención que de verdad merece, la extraordinaria evolución de la conciencia empática es la narración por excelencia que subyace en la historia humana.

Hay otra razón por la que la empatía no se ha estudiado a fondo en todos sus detalles antropológicos e históricos. El problema reside en el proceso evolutivo mismo. La conciencia empática se ha ido desarrollando lentamente durante los 175.000 años de la historia humana. En ocasiones, ha florecido para desvanecerse después durante largos períodos de tiempo. Su evolución ha sido irregular, pero su trayectoria es clara. El desarrollo empático y el desarrollo de la individualidad van de la mano y acompañan las estructuras sociales consumidoras de energía cada vez más complejas que han conformado el periplo humano.

Puesto que el desarrollo de la individualidad está tan ligado al desarrollo de la conciencia empática, la palabra empatía no pasó a formar parte del vocabulario humano hasta 1909, más o menos cuando la psicología moderna empezó a estudiar la dinámica interna del inconsciente y la conciencia misma. En otras palabras, el ser humano no pudo reconocer la existencia de la empatía, hallar las metáforas adecuadas para hablar de ella y explorar a fondo sus múltiples significados hasta que su individualidad se desarrolló lo suficiente para permitirle reflexionar sobre la naturaleza de sus pensamientos y sentimientos más íntimos en relación con los pensamientos y sentimientos más íntimos de los demás.

Debemos tener presente que sólo seis generaciones atrás nuestros antepasados —que vivieron hacia la década de 1880— no habían sido aculturados para pensar terapéuticamente. Mis propios abuelos eran incapaces de examinar sus pensamientos y sentimientos para analizar cómo influían sus relaciones y experiencias emocionales pasadas en su conducta con los demás y en su sentido de identidad personal. No se les había enseñado la noción de las pulsiones inconscientes ni palabras como transferencia o proyección. Hoy, cien años después del inicio de la edad de la psicología, los jóvenes están plenamente inmersos en la conciencia terapéutica y se sienten a gusto reflexionando y analizando sus sentimientos, sus emociones y sus pensamientos más íntimos, así como los sentimientos, las emociones y los pensamientos de los demás.

Sentimientos morales. El precursor de la palabra inglesa empathy fue el término sympathy («lástima, compasión»), que se puso de moda durante la Ilustración europea. El economista escocés Adam Smith escribió un libro sobre los sentimientos morales, en 1759. Aunque Smith es mucho más conocido por su teoría del mercado, dedicó mucha atención a las emociones humanas. Para Smith, Hume y otros filósofos y escritores de la época, sentir sympathy hacia una persona significaba lamentar su desdicha. La empatía comparte cierto territorio emocional con la palabra sympathy así entendida, pero es muy diferente de ella.

El término empatía deriva de la palabra alemana Einfühlung, acuñada por Robert Vischer en 1872 y empleada en la estética alemana. El término Einfühlung se refiere a cómo proyecta el observador su sensibilidad en un objeto de adoración o contemplación, y es una forma de explicar cómo se llega a apreciar y disfrutar la belleza de una obra de arte. El filósofo e historiador alemán Wilhelm Dilthey tomó este término de la estética y lo empezó a utilizar para describir el proceso mental por el que una persona entra en el ser de otra y acaba sabiendo cómo siente y cómo piensa.

En 1909, el psicólogo estadounidense E. B. Titchener tradujo Einfühlung a una nueva palabra inglesa, empathy. Estando en Europa, Titchener había estudiado con Wilhelm Wundt, el padre de la psicología moderna. Como muchos psicólogos jóvenes de la época, Titchener estaba especialmente interesado en el concepto básico de la introspección, es decir, en el proceso por el que una persona examina sus sentimientos, impulsos, emociones y pensamientos para intentar entender su propia identidad e individualidad. El sufijo -patía de la palabra empatía indica que entramos en el estado emocional de otra persona que sufre y que sentimos su dolor como si fuera nuestro.

A medida que la palabra empatía se fue introduciendo en la cultura popular psicológica de los círculos cosmopolitas de Viena, Londres, Nueva York y otros lugares, no tardaron en aparecer derivados de ella, como empático y empatizar. A diferencia de sympathy, que es más pasiva, la empatía supone una participación activa: la voluntad del observador de tomar parte en la experiencia de otra persona, de compartir la sensación de esa experiencia.

La empatía era un concepto nuevo con mucha fuerza y pronto se convirtió en objeto de debate entre los especialistas. Los que tendían a un enfoque más racional propio de la Ilustración enseguida intentaron despojarla de su contenido afectivo, dando a entender que la empatía es una función cognitiva «cableada» en el cerebro que exige un ajuste cultural. Para el filósofo y psicólogo estadounidense George Herbert Mead, todo ser humano adopta el rol de otro para evaluar sus pensamientos, su conducta y sus intenciones con el fin de dar una respuesta adecuada. Jean Piaget, el psicólogo especializado en el desarrollo infantil, estaba de acuerdo con Mead. Según Piaget, el niño se hace cada vez más experto en «leer» a los demás para establecer relaciones sociales. En sus teorías, los partidarios de la visión cognitiva llegaron a sugerir —aunque no abiertamente— que la empatía tiene un valor instrumental porque permite «tomarle la medida» al otro para promover el propio interés social y mantener unas relaciones sociales adecuadas.

Para otros psicólogos más tendentes al romanticismo, la empatía era un estado básicamente afectivo o emocional con un componente cognitivo. El observador empático no se fusiona con la experiencia del otro perdiendo su sentido de identidad personal, ni lee de una manera fría y objetiva la experiencia del otro como si fuera una forma de reunir información que pudiera servir a sus propios intereses. Como señala el profesor de psicología Martin L. Hoffman, la empatía es más profunda. Hoffman define la empatía como «los procesos psicológicos que hacen que una persona tenga sentimientos más congruentes con la situación de otra persona que con la suya propia».Hoffman y otros no pasan por alto el papel que desempeña la cognición en lo que los psicólogos llaman «precisión empática». Sin embargo, tienden a contemplar la empatía como una respuesta total al sufrimiento de otra persona, desencadenada por una participación emocional profunda del estado de esa persona, que va acompañada de una evaluación cognitiva de su estado actual y de una respuesta afectiva cuyo objetivo es atender sus necesidades y ayudar a aliviar su sufrimiento.

Aunque es probable que para la mayoría de las personas la empatía sea una respuesta emocional y cognitiva al sufrimiento ajeno, no se limita a la noción expresada en la frase «siento vuestro dolor» popularizada por el ex presidente Bill Clinton y caricaturizada después por la cultura popular. También se puede sentir empatía con la alegría ajena.

Con frecuencia, la empatía con la alegría de otra persona surge de un profundo conocimiento personal de sus luchas pasadas, que hace que su felicidad sea más apreciada y sentida. El abrazo empático a otra persona incluso puede transformar su sufrimiento en dicha. Carl Rogers lo expresó de una manera conmovedora: “Cuando alguien se da cuenta de que lo escuchan de verdad, sus ojos se humedecen. Creo que, en el fondo, llora de alegría. Es como si dijera: «Gracias a Dios, hay alguien que me escucha. Hay alguien que sabe cómo me siento»”.

Durante el siglo pasado, el interés por la importancia y el impacto de la empatía en la conciencia y en el desarrollo social no dejó de crecer. Este interés se ha multiplicado durante la última década, cuando la empatía se ha convertido en un tema candente en campos profesionales que van desde la medicina hasta la gestión de recursos humanos.

Neuronas empáticas. Los biólogos hablan con entusiasmo del descubrimiento de las neuronas espejo —también llamadas neuronas de la empatía—, que establecen la predisposición genética a la respuesta empática en algunos mamíferos. La existencia de las neuronas espejo ha suscitado un debate muy intenso en la comunidad académica en torno a antiguos supuestos sobre la naturaleza de la evolución biológica y, especialmente, de la evolución humana.

Edward O. Wilson, biólogo de Harvard, puso en entredicho siglos de pensamiento sobre la naturaleza de la relación del ser humano con otros animales mediante su ensayo sobre la biofilia. Los teólogos cristianos siempre habían contemplado a los restantes seres vivos de una manera utilitarista, aduciendo que Dios había concedido al hombre el dominio sobre ellos y la potestad de tratarlos a su antojo. En general, y con la excepción de Francisco de Asís, la Iglesia consideraba que los animales, al igual que el ser humano, eran seres nacidos del pecado que, aunque útiles, tenían escaso valor intrínseco. Tampoco los filósofos de la Ilustración mostraban mucho aprecio por los otros animales que pueblan la Tierra. La mayoría de ellos coincidía con René Descartes en que los seres vivos eran «autómatas sin alma» cuyos movimientos no eran muy diferentes de los de las figuras mecánicas del reloj de Estrasburgo.

Wilson plantea lo contrario; para él, el ser humano presenta una predisposición genética —un anhelo innato— a la compañía de otros animales, a relacionarse con ellos y con la naturaleza, y llega a afirmar que la creciente separación del resto de la naturaleza es causa de privaciones psicológicas y hasta físicas para nuestra especie.

 

Los educadores han alzado el estandarte del ajuste empático en el pujante campo de la «inteligencia emocional» señalando que la extensión y el compromiso empáticos son buenos indicadores del desarrollo psicológico y social de los niños. Algunos centros escolares de Estados Unidos han empezado a revolucionar sus planes de estudio para destacar la pedagogía empática, además de los programas más tradicionales centrados en la formación intelectual y profesional. Ahora que las escuelas intentan ponerse a la altura de una generación que ha crecido con Internet y está acostumbrada a interactuar y a aprender en redes sociales abiertas, en las que comparte información en lugar de acumularla, están surgiendo nuevos modelos de enseñanza destinados a transformar la educación y conseguir que, en lugar de ser una competición, sea una experiencia de aprendizaje en colaboración. El service learning, o aprendizaje mediante actividades de voluntariado, ha revolucionado la experiencia escolar. En colaboración con instituciones públicas y privadas, millones de jóvenes realizan trabajos útiles y solidarios para mejorar la calidad de vida de la comunidad en la que viven.

Todas estas innovaciones educativas contribuyen a desarrollar la sensibilidad empática. El supuesto tradicional de que «el conocimiento es poder» y se usa para el beneficio personal se está enfrentando, al menos en algunos sistemas escolares, a la noción de que el conocimiento es una expresión de la responsabilidad común por el bienestar colectivo de la humanidad y del planeta como un todo.

Las evaluaciones iniciales del rendimiento escolar en los pocos lugares en los que se ha implantado la nueva enseñanza empática indican una clara mejora en la conciencia, la capacidad de comunicación y el pensamiento crítico de los jóvenes porque hace que sean más introspectivos, estén más atentos a las emociones, y tengan más capacidad cognitiva para comprender a los demás y responder con inteligencia y compasión. Puesto que la capacidad para la empatía hace hincapié en no juzgar a los demás y en ser tolerante con otros puntos de vista, habitúa a los jóvenes a pensar en función de niveles de complejidad y los obliga a vivir en el contexto de unas realidades ambiguas donde no hay fórmulas ni respuestas simples, sino sólo una búsqueda constante de significados y comprensiones en común. Aunque todavía se halla en un estado incipiente, la nueva enseñanza empática tiene como objetivo preparar a los estudiantes para que puedan sondear los misterios de un universo existencial donde la pregunta fundamental no es sólo cómo, sino también por qué.

Incluso la economía, la llamada «ciencia pesimista», ha experimentado una transformación. A lo largo de dos siglos, la observación de Adam Smith de que la naturaleza predispone al hombre a mirar por sus propios intereses en el mercado ha sido la definición final e indiscutible de la naturaleza humana. En La riqueza de las naciones (1776), Smith sostenía: “Cada individuo en particular se afana continuamente en buscar el empleo más ventajoso para el capital de que puede disponer. Lo que desde luego se propone es su propio interés, no el de la sociedad; pero estos mismos esfuerzos hacia su propia ventaja lo inclinan de manera natural, o más bien necesaria, al empleo más útil a la sociedad”.

Aunque la caracterización que hace Smith de la naturaleza humana sigue siendo una especie de Evangelio, ya ha dejado de ser sagrada. Las revoluciones de Internet y de las tecnologías de la información han empezado a cambiar la naturaleza del juego económico. Las formas de hacer negocios a través de la Red ponen en cuestión supuestos ortodoxos sobre el mercado que hablan del interés personal. La expresión caveat emptor —«sea precavido el comprador»— ha sido sustituida por la creencia de que todos los intercambios deberían ser, por encima de todo, totalmente transparentes. La noción convencional según la cual toda transacción comercial es una especie de enfrentamiento ha sido desmentida por la colaboración en red basada en estrategias win-win, donde salen ganando las dos partes. En una red, optimizar el interés de los demás incrementa los activos y el valor de uno mismo. La cooperación puede más que la competencia. La norma es ahora compartir los riesgos y colaborar sin reservas ni restricciones en lugar de tejer intrigas y manipulaciones maquiavélicas. Pensemos en el caso de Linux, un modelo comercial que habría sido inconcebible veinte años atrás.

La idea que hay detrás de este negocio de software global es animar a miles de personas a que sientan empatía con otras que sufren problemas informáticos y a que cedan voluntariamente su tiempo y su experiencia con el fin de ayudarlos a solucionar esos problemas. La expresión altruismo económico ya no parece un oxímoron. Es indudable que Adam Smith no se lo creería. Pero Linux funciona y se ha convertido en competidor de Microsoft a escala mundial.

Las nuevas ideas sobre la naturaleza empática del ser humano han llegado incluso a la gestión de los recursos humanos, que empieza a destacar la inteligencia social tanto como la capacidad profesional. La capacidad de los empleados para empatizar con los demás, superando las barreras tradicionales de carácter étnico, racial, cultural y sexual, se considera cada vez más esencial para el rendimiento en las empresas, tanto en el puesto de trabajo en sí como en las relaciones de mercado externas. Aprender a trabajar en equipo de una forma atenta y compasiva se está convirtiendo en un procedimiento habitual de actuación en un mundo complejo e interdependiente.

¿Qué nos dice esto de la naturaleza humana? ¿Es posible que esta naturaleza, en lugar de ser intrínsecamente malvada, interesada y materialista, sea empática, y que todos los demás impulsos o instintos que hemos considerado primarios -agresividad, violencia, egoísmo, codicia- sean impulsos secundarios que surgen de la represión o la negación de nuestro instinto más básico?

 

*Autor de “La civilización empática”, Paidós, 2010.

 

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La civilización empática

Enviado por el 19/05/2010 a las 10:00
Manuel Gross

14 de mayo de 2010
La civilización empática

Los científicos están descubriendo que los seres humanos compartimos con los restantes mamíferos una historia mucho más rica de lo que se pensaba. Hoy sabemos que los mamíferos sienten, juegan, enseñan a sus crías y muestran afecto, y que al menos algunas especies tienen una cultura rudimentaria y expresan una ansiedad empática primitiva. Estamos hallando almas gemelas en los otros animales. De repente, nuestra sensación de soledad existencial en el universo ya no es tan intensa. Hemos enviado mensajes al espacio con la esperanza de encontrar alguna forma de vida inteligente y afectuosa, y al final hemos visto que lo que buscábamos ya existe y vive entre nosotros, aquí en la Tierra. Este descubrimiento despertará una nueva sensación de comunión con los restantes seres vivos y nos acercará más a la conciencia de la biosfera.

Jeremy Rifkin, La civilización empática: la carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis, Paidós, Barcelona, 2010, p. 106.

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Rifkin y la historia humana

Enviado por el 05/05/2010 a las 15:29
Manuel Gross

Presentó hoy su libro ‘La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo de crisis
CIUDAD DE MÉXICO.- Una novedosa y profunda interpretación de la historia de la humanidad presenta el economista Jeremy Rifkin, en su libro “La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo de crisis”, que fue presentado esta tarde aquí.

Rifkin (Denver, Colorado, 1943), quien es consejero de varios gobiernos europeos, sostiene en este texto que la humanidad está en un punto decisivo seminal de la historia y que en las próximas décadas podrían decidirse la supervivencia futura del hombre sobre la Tierra.

A partir de esta nueva visión de la especie humana, el autor estadounidense, uno de los más influyentes por su análisis crítico, desde una perspectiva progresista, de la nueva economía global, conduce al lector a través de una historia jamás contada.

Relata la narración del desarrollo de la empatía humana, desde el surgimiento de las primeras grandes civilizaciones teológicas hasta la etapa ideológica que imperó en los siglos XVIII y XIX, así como la era psicológica que caracterizó buena parte del XX.

Luego de analizar la historia económica desde una perspectiva empática, descubriendo nuevos y ricos hilos argumentales antes ocultos, el resultado de todo ello es ‘La civilización empática’, un nuevo entramado social tejido a partir de una amplia gama de disciplinas, desde la literatura y las artes, la teología, la filosofía, la antropología, la ciencia política, la psicología y la teoría de la comunicación.

Afirma que en el núcleo mismo de la historia humana se encuentra la paradójica relación entre empatía y entropía, y argumenta que, en distintos momentos de la historia, han surgido nuevos regímenes energéticos que han convergido con nuevas revoluciones en las comunicaciones, creando sociedades aún más complejas.

Añade que a su vez, las culturas tecnológicamente más avanzadas han congregado a personas muy diversas, aumentado la sensibilidad empática y ensanchado los límites de la conciencia humana, pero estos entornos cada vez más complejos exigen enormes recursos energéticos, lo cual conduce a un cada vez más cercano agotamiento de los recursos.

A partir de todo ello, invita a reflexionar sobre la que podría ser la pregunta más importante que la humanidad pueda plantearse: ‘¿Estamos a tiempo de alcanzar la empatía global necesaria para evitar el desmoronamiento de la civilización y salvar la Tierra?’.

El autor ha llegado a la conclusión de que el debate global sobre la crisis económica actual, la seguridad energética y el cambio climático debe ir más allá de los incentivos de mercado, las soluciones empresariales novedosas y las sanciones, códigos y estándares gubernamentales.

Rifkin, autor de grandes éxitos de ventas, actualmente forma parte del comité asesor del presidente del Gobierno Español, José Luis Rodríguez Zapatero, y de Angela Merkel, de Alemania, entre otros, sobre temas como el cambio climático y nuevas energías.

Jeremy Rifkin ha ejercido de consejero de varios gobiernos durante sus presidencias de la Unión Europea: Francia, Alemania, Portugal y Eslovenia, entre otros. Asimismo, asesora regularmente al Parlamento Europeo en materias de medio ambiente, tecnología y seguridad energética.

Destacan sus bestsellers “El fin del trabajo”, “El sueño europeo”, “La era del acceso”, “La economía del hidrógeno” y “El siglo de la biotecnología”.

Es el principal arquitecto de la Tercera Revolución Industrial del Plan desarrollo sostenible de largo plazo, que analiza el triple reto de la crisis económica global: energía, seguridad y cambio climático.

Escribe columnas de opinión en los principales periódicos de varios países, como ‘Los Angeles Times‘, ‘The Guardian‘, ‘Die Suddeutsche Zeitung‘, ‘El mundo‘ y ‘Clarín‘, entre otros.

Ha participado en multitud de foros y conferencias, en más de 200 universidades, en 30 países en los últimos 30 años.

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Empatía y el planeta

Enviado por el 05/05/2010 a las 13:07
Manuel Gross

La empatía, nueva fórmula para el futuro del planeta

El economista norteamericano Jeremy Rifkin, autor de obras como El fin del trabajo y El sueño europeo, advierte en su libro La civilización empática sobre la necesidad de generar una conciencia planetaria que revitalice la economía y acabe con la progresiva destrucción del planeta.

El economista norteamericano Jeremy Rifkin, autor de obras como El fin del trabajo y El sueño europeo, advierte en su libro La civilización empática sobre la necesidad de generar una conciencia planetaria que revitalice la economía y acabe con la progresiva destrucción del planeta.

En su nueva obra –publicada por el sello Paidós– Rifkin analiza la evolución de la empatía, una capacidad que ha ejercido una poderosa influencia en el desarrollo del planeta y que, según su teoría, determinará nuestro futuro como especie.

La civilización empática plantea la visión radicalmente nueva de la naturaleza humana que están poniendo de manifiesto la biología y las ciencias cognitivas, y que es motivo de controversia entre los círculos intelectuales, la comunidad empresarial y las esferas gubernamentales.

En su papel como asesor de diversos jefes de Estado como Angela Merkel o José Luis Rodríguez Zapatero y empresas de todo el mundo, Rifkin ha llegado a la conclusión de que el debate global sobre la crisis económica actual, la seguridad energética y el cambio climático debe ir más allá de los incentivos de mercado, las soluciones empresariales novedosas y las sanciones, códigos y estándares gubernamentales.

El ensayista describe el nacimiento de un nuevo sistema económico (la Tercera Revolución Industrial) que inaugurará una era de “capitalismo distributivo” y el inicio de la conciencia biosférica: “Nos encontramos en la cúspide –sostiene– de un giro de proporciones épicas hacia un reposicionamiento fundamental de la vida humana sobre el planeta”.

Rifkin analiza la historia del desarrollo de la empatía humana, desde el surgimiento de las primeras grandes civilizaciones teológicas hasta la etapa ideológica que imperó en los siglos XVIII y XIX, así como la era psicológica que caracterizó buena parte del siglo XX.

Entre otras ideas, el economista señala que recientemente se han registrado dos grandes colapsos que han marcado el fin de la era contemporánea: el que se produjo en julio de 2008 cuando el precio del crudo alcanzó en los mercados un récord histórico de 147 dólares el barril, y el fracaso de la cumbre del clima celebrada el pasado diciembre en Copenhague, de la que el mundo salió sin un acuerdo que asegure la sostenibilidad del planeta.

El autor atribuye este fracaso a la concepción que los políticos y los estados inspirados en pensadores ilustrados como Locke o Adam Smith tienen del hombre y su esencia: ambición y utilitarismo que busca un ilimitado progreso material a costa del agotamiento de recursos.

Según esta visión, el ser humano sería egoísta y materialista y buscaría el progreso a cualquier precio, algo que Rifkin niega basándose en las modernas teorías de los científicos sociales, que están revisando la historia a partir de “una lente empática” que dejaría ver que la evolución no se explica tan sólo por el dominio de los recursos, sino también por el incremento de la empatía entre los seres humanos.

¿Cuál es la fórmula para crear una economía compatible con el desarrollo sostenible de la biosfera? El autor habla de una tercera revolución industrial basada en la convergencia de la energía y las nuevas comunicaciones, ya que la revolución de internet iría de la mano con la diseminación de las energías renovables haciendo posible una economía sostenible.

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La civilización empática

Enviado por el 30/03/2010 a las 19:16
Manuel Gross

La civilización empática


La carrera hacia una conciencia global en un mundo de crisis
Jeremy Rifkin

Editorial Paidós (2010)

El autor, el economista norteamericano Jeremy Rifkin, analiza la evolución de la empatía, una capacidad que ha ejercido una poderosa influencia en nuestro desarrollo y que, probablemente, determinará nuestro futuro como especie. La civilización empática plantea una visión radicalmente nueva de la naturaleza humana que están poniendo de manifiesto la biología y las ciencias cognitivas, y que es motivo de controversia entre los círculos intelectuales, la comunidad empresarial y las esferas gubernamentales.

Rifkin advierte  que, si no cambiamos de rumbo, la Tierra está abocada a la destrucción y a la extinción de la raza humana. Como solución, propone la empatía como motor de la II Revolución Industrial que se avecina. La discusión global sobre la actual crisis debe ir más allá de las iniciativas mercantiles, o las sanciones gubernamentales. Si queremos evitar la catastrófica destrucción del planeta y el colapso de la economía global e, incluso, una posible extinción de la raza humana, necesitamos cambiar la conciencia humana en sí misma. Y todo esto, en menos de una generación.

En este libro, el autor presenta una nueva interpretación radical de la historia de la civilización. Para desarrollar su teoría, se hace eco de la constatación científica de que los seres humanos tienen empatía, por lo que son capaces de experimentar los sentimientos de otros seres humanos. Esta biología empática nos sirve para buscar y ser parte de la experiencia de otro como si fuera nuestra experiencia, señala Rikfin, para quien la empatía “es el pegamento social que crea la civilización”.


Sostiene que en el núcleo mismo de la historia humana encontramos la paradójica relación entre empatía y entropía, y argumenta que, en distintos momentos de la historia, han surgido nuevos regímenes energéticos que han convergido con nuevas revoluciones en las comunicaciones, creando sociedades aún más complejas. A su vez, las culturas tecnológicamente más avanzadas han congregado a personas muy diversas, aumentado la sensibilidad empática y ensanchado los límites de la conciencia humana. Pero estos entornos cada vez más complejos exigen enormes recursos energéticos, lo cual nos aboca a un cada vez más cercano agotamiento de los recursos.

La paradoja estriba en que el desarrollo de nuestra conciencia empática es fruto del consumo exacerbadode los recursos energéticos y naturales, lo cual ha perjudicado gravemente la salud del planeta.
Hoy, según Rifkin, estamos en la sociedad más interconectada de toda la historia, pero a la vez se están consumiendo las reservas energéticas, lo que nos sitúa al borde del cambio climático y de la potencial extinción. La civilización de la segunda revolución industrial, la de los combustibles fósiles, “está con respiración asistida”, y, “a medida que muere la antigua está naciendo una nueva”. Esta tercera revolución industrial, cuyo primer pilar son las energías renovables, nacerá de la convergencia entre energía y comunicación y deberá  extender la empatía para que toda la raza humana sea como una sola familia, como una comunidad global, “biosférica”.

OTROS ENLACES SOBRE EL LIBRO:
- La civilización empática (El País. Jeremy Rifkin, 19.03.2010)
- La economía va hacia el capitalismo distributivo (Público. Entrevista a Jeremy Rifkin, 28.03.2010)


Artículos relacionados:

Por Antoni Gutiérrez-Rubí el 30 Marzo 2010

 


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