Las neuronas espejo reaccionan tanto al observar una acción como cuando la realizamos nosotros mismos. Este descubrimiento puede ser arrollador.
Por Mauricio-José Schwarz
A principios de la década de 1990, Giacomo Rizzolatti, al frente de un grupo de neurocientíficos formado por Giuseppe Di Pellegrino, Luciano Fadiga, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese de la Universidad de Parma informó del hallazgo de un tipo de neuronas en macacos que se activan cuando el animal realiza un acto motor, como tomar un trozo de comida con la mano, pero también se activan cuando el animal observa a otro realizar dicha acción.
No se trata de neuronas motrices, sino de neuronas situadas en la corteza premotora, y no se activan simplemente al presentarle al mono la comida como estímulo, ni tampoco se activan cuando el mono observa a otra persona fingir que toma la comida. El estímulo visual efectivo implica la interacción de la mano con el objeto.
Los investigadores llamaron a estas neuronas 'espejo', y el descubrimiento dio pie a una enorme cantidad de especulaciones e hipótesis sobre el papel funcional que podrían tener estas neuronas, y muchos investigadores emprendieron experimentos para determinar si el ser humano y otros animales tenían un sistema de neuronas espejo.
El salto
De todos los objetos y mecanismos del universo, curiosamente, del que sabemos menos es precisamente el que empleamos para entender, para sentir y para ser humanos: el cerebro.
El estudio de nuestro sistema nervioso se vio largamente frenado quizá por influencia de visiones religiosas que consideran que la esencia humana misma tiene algo de sagrado y por tanto no debe ser sometida al mismo escrutinio que dedicamos al resto del universo.
Pero hoy en día estamos viviendo un desarrollo acelerado de la neurociencia y se espera que en los próximos años veamos una explosión del conocimiento similar a la que experimentó la astronomía con Galileo, la biología con Darwin o la cosmología y la cuántica con Einstein.
Las neurociencias son un sistema interdisciplinario que incluye a la Biología, la Psicología, la Informática, la Estadística, la Física y varias ciencias biomédicas y que tiene por objeto estudiar científicamente el sistema nervioso. Esto implica estudiar desde el funcionamiento de su unidad esencial, la neurona, hasta la compleja interacción de los miles de millones de neuronas que dan como resultado la actividad cognitiva, las sensaciones, los sentimientos, la conciencia, el amor, el odio y la comprensión, entre otras experiencias humanas.
Aunque a lo largo de toda la historia humana se ha pretendido comprender la función del sistema nervioso, su estudio científico nace prácticamente con el trabajo de Camilo Golgi y Santiago Ramón y Cajal a finales del siglo XIX. Su desarrollo, sin embargo, tuvo que esperar a que la biología molecular, la electrofisiología y la informática avanzaran lo suficiente para aproximarse en detalle al sistema nervioso, lo que ocurrió apenas a mediados del siglo XX.
La identificación de los neurotransmisores, los sistemas de generación de imágenes del cerebro en funcionamiento, la electrofisiología que permite estudiar las descargas electroquímicas de todo el cerebro, de distintas estructuras e incluso de una sola célula, una sola neurona.
Y fue la posibilidad de medir la reacción de una sola neurona la que permitió a los investigadores realizar el experimento que descubrió las neuronas espejo.
Las implicaciones
El doctor Vilanayur S. Ramachandran, considerado uno de los principales neurocientíficos del mundo, especuló sobre el significado y función de las neuronas espejo, a partir de otro estudio, en el que investigadores de la Universidad de Califonia en Los Ángeles descubrieron un grupo de células en el cerebro humano que disparan normalmente cuando se pincha a un paciente con una aguja, es decir, 'neuronas del dolor', pero que también se activaban cuando el paciente miraba que otra persona recibía el pinchazo. Era una indicación adicional de que el sistema nervioso humano también tiene neuronas espejo.
Pero también le daba una dimensión completamente nueva a la idea de 'sentir el dolor de otra persona'. Ante los resultados de esa investigación, esa capacidad empática parecía salir del reino de la filosofía, la moral y la política social para insertarse en nuestra realidad biológica. Una parte de nuestro cerebro, al menos, reacciona ante el dolor ajeno como reaccionaría ante nuestro propio dolor.
Para Ramachandran, las neuronas espejo podrían ser a las neurociencias lo que el ADN fue para la Biología, un marco unificador que podría explicar gran cantidad de las capacidades del cerebro humano. Incluso, este reconocido estudioso especuló con que el surgimiento de las neuronas espejo pudo haber sido la infraestructura para que los prehomínidos desarrollaran habilidades como el protolenguaje, el aprendizaje por imitación, la empatía, la capacidad de 'ponerse en los zapatos del otro' y, sobre todo, la 'teoría de las otras mentes' que no es sino nuestra capacidad de comprender que otras personas pueden tener mentes, creencias, conocimientos y visiones distintas de la nuestra.
Es gracias a esa comprensión que preguntamos cosas que no conocemos pero otros pueden conocer... y que le decimos a otros cosas que quizás ignoran.
Ramachandran también sugería que el sistema de neuronas espejo podría ser responsable de una de las habilidades más peculiares del nuestro cerebro: la de leer la mente.
Evidentemente no leemos la mente como lo proponen las fantasías telepáticas, pero tenemos una gran capacidad para deducir las intenciones de otras personas, predecir su comportamiento y ser más astutos que ellos. Los negocios, las guerras y la política son pródigos en ejemplos de este 'maquiavelismo' que caracteriza al primate humano.
Quizá el sistema de neuronas espejo, desarrollado desde sus orígenes bajo una presión evolutiva determinada, es precisamente el que nos hace humanos, el responsable de que hace 40.000 años se diera el estallido de eso que llamamos civilización.
Para Ramachandran, de ser cierto incluso un fragmento de todas estas especulaciones, el descubrimiento de las neuronas espejo podría demostrar ser uno de los descubrimientos más importantes de la historia humana.
20.03.10 - 02:26
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Fuente: Diario Sur
Imagen: Macaque monkeys
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Neuronas espejo y los macacos
El macaco que se miraba al espejo
Por Jorge Alcalde
En los laboratorios de etología de la Universidad de Wisconsin-Madison, un mono Macaco rhesus realiza extraños movimientos ante un espejo. Acerca la cara para mirarse ciertas marcas de color que los investigadores le han puesto en el pelaje; gira sobre sí mismo sin perder de vista el vidrio que arroja su propia imagen y se entretiene en buscar perspectivas imposibles de sus órganos genitales.
Los científicos aseguran que su comportamiento es muestra irrefutable de que el macaco es capaz de identificarse a sí mismo ante el espejo.
Y he aquí que tal acto se ha convertido en un acontecimiento científico internacional, porque, hasta ahora, la capacidad de autorreconocimiento se creía una virtud reservada a muy pocas especies: los humanos, algunos chimpancés y gorilas, quizás los delfines... pero, desde luego, no los macacos.
La noticia coincide en el tiempo con el éxito editorial de la obra Qué nos hace humanos, de Michael Gazzaniga (Paidós), un libro de ventas alentadas por el boca-oído que ahonda en la sutil frontera entre la mente humana y animal.
A medida que conocemos más de los mecanismos funcionales que subyacen a nuestra capacidad intelectual, más sospechas albergamos de que no son únicos. Investigaciones sucesivas como la de los macacos demuestran que hay ciertas especies que desarrollan estructuras neuronales muy similares a las que nosotros utilizamos cuando tenemos miedo, soñamos, amamos o nos comunicamos. No sólo sabemos que los macacos se reconocen en el espejo, también hemos descubierto que las ratas cuentan con neuronas que les permiten reconocer el estado de ánimo de sus compañeros (una suerte de empatía), incluso que los protozoos sueñan.
Si eso es así, ¿qué le queda a nuestro preciado cerebro de exclusivo, de único? ¿Qué, por tanto, a nuestra especie de privilegiada?
La cuestión ha preocupado a Gazzaniga, como a tantos otros neurólogos, psicólogos, etólogos y filósofos. Y la respuesta no es concluyente en caso alguno. Buena parte de la comunidad científica opina que todas las funciones que adornan a nuestro intelecto tienen su réplica en el mundo animal. Nuestra mente se construye sobre un sustrato físico y químico organizado por la labor de las neuronas según un patrón lentamente desarrollado por la evolución biológica. Ninguno de los componentes fisiológicos del comportamiento humano es exclusivo de nuestra especie. Todo se basa en proteínas, genes, sinapsis y hormonas, que nacen de la naturaleza viva, sea cual sea su carácter. La única diferencia entre el sueño de una ameba y el de un ser humano es la potencia, la eficacia, la calidad...
Otros, sin embargo, creen seriamente que la mente humana es un fenómeno único. Un cambio de fase. Del mismo modo que el agua se convierte en gas, y que el gas y el agua no son la misma cosa pese a que tienen los mismos elementos moleculares, el cerebro humano ha sido un salto único en la evolución biológica de la materia viva, una exclusiva modificación de estado que ha dado como consecuencia la maquinaria pensante más prodigiosa de la naturaleza. Pensante, sintiente, sufriente, amante.
Gazzaniga pertenece a esta segunda corriente. Y ofrece para convencernos un término que promete convertirse en uno de esos fetiches de la psicología, al estilo de inteligencia emocional, empatía o neuronas espejo: la intensión (sí, con s). Si hay algo que diferencia a los humanos y a las bestias es nuestra capacidad de desarrollar una teoría de la mente. Así es como los científicos llaman a la habilidad del Homo sapiens para leer el estado de ánimo de los demás. La empatía, el dolor ante el dolor ajeno, la compasión, la solidaridad... se basan en una herramienta propia que nos permite saber cómo se siente el prójimo sin que nos informe directamente de ello. Conocemos sus gestos, sus actitudes, sus miedos, sabemos interpretar sus ironías, sus celos, sus reproches... Quienes carecen de esta habilidad son, directamente, candidatos a psicópatas.
La intensión es la maleta de funciones mentales que acompañan a la teoría de la mente. La habilidad para leer el lenguaje no verbal, la emoción ante las caricias, la repugnancia a la mentira, el miedo al engaño, el deseo de ser comprendido, la necesidad de demostrar que entendemos al otro.
Todo ello, a buen seguro, también tiene un sustrato biológico que aún desconocemos. Es muy probable que anide en estructuras neuronales concretas que todavía no hemos desentrañado. Pero no puede ser replicado por ningún otro ser. No es probable que en un laboratorio de Wisconsin algún día descubran a un macaco tratando de imitarlo... por mucho que se reconozca en el espejo.
http://twitter.com/joralcalde
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