Por Andy Robinson
Ser economista –de los que creen en ciencia, mercados y la racionalidad del individuo– no es lo que era a principios de esta década.
El ataque colectivo de miedo escénico y pánico contagioso que ocurrió en los mercados financieros y hundió la economía mundial en el 2009 ha enterrado para siempre las hipótesis de mercados eficientes y la idea de que las ciencias económicas pueden desentenderse de la psicología de comportamiento gregaria irracional, y de los ciclos de euforia y angustia.
La psicología y la irracionalidad ya son la base de la pujante escuela de economía del comportamiento de Robert Shiller, y la nueva premio Nobel Elinor Ostrom o los autores de Nudge, Richard Thaler y Cass Sunstein (este último miembro de la Administración Obama). Ostrom ni tan siquiera es economista, sino doctora en política. Otro premio Nobel, Douglas North, ya no define su investigación como "ciencias económicas" sino como "investigación social". En general los economistas muestran un deseo de fusionarse con los antes despreciados sociólogos, antropólogos y psicólogos.
Ya no valen las fórmulas universales de la globalización del mercado de los noventa. Hasta la biología puede enseñar que la economía es tan imprevisible como un organismo vivo y "si le das con un palo, a veces salta por un lado, a veces por el otro", dice Paul Ormerod, autor de Economía mariposa. O sea, conviene respetar las diferencias culturales y sociales.
Incluso pensadores conservadores en Estados Unidos –aunque pocos en España– empiezan a abandonar la pseudociencia de la era neoliberal. David Brooks, el astuto ideólogo del republicanismo moderno, escribe en su columna de The New York Times: "Es fascinante ver que los economistas se alejan cada vez más de modelos matemáticos hacia campos como la sociología o la antropología". En la próxima década, "las ciencias económicas serán cada vez más como psicología".
Pero sigue habiendo "economistas con puntos de vista excesivamente individualistas y racionalistas", añade Brooks. O –como dice Larry Elliot, autor del libro The gods that failed– "la vieja guardia de economistas –como los viejos comunistas– no tira la toalla sin pelearse".
Y cuando se trata de dar consejos sobre el complejo problema del paro en países como España esta vieja guardia aún parece estar al mando en los gabinetes de asesores de asociaciones empresariales, bancos privados, el Banco de España, la Comisión Europea o instituciones como la OCDE o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos todavía hablan del mundo del trabajo y del empleo como científicos de laboratorios o jefes de almacén.
Fíjense, por ejemplo, en la siguiente frase sobre el problema del paro en España. Es de un economista del FMI aunque podría ser de cualquier economista vinculado al Banco de España, o a la CEOE, que utilizan la misma terminología: "En España el grueso del ajuste en el mercado de trabajo pasa por volúmenes y no por precios".
Por volumen quiere decir empleo, y por precio, la nómina. Conclusión: hace falta más desregulación laboral, menos protección del empleo, menos convenios y menos sindicatos para bajar los precios –o sea, los salarios– de los llamados insiders, los trabajadores más protegidos y mejor remunerados de la fuerza de trabajo.
Es la fórmula universal pese a las diferencias sociales y culturales. "Creen que el mercado de trabajo es igual que un mercado de patatas; que si bajas los salarios subirá el empleo; pero la gente se preocupa por la justicia y la seguridad y las patatas no tienen miedo por el futuro", ironiza Paul de De Grauwe, de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica.
A modo de experimento intelectual, pues, planteemos el escenario en el que todos estos economistas de la vieja guardia pierdan, de repente, su propia (elevada) protección de empleo y queden sustituidos por sociólogos, antropólogos, psicólogos e incluso biólogos. En ese mundo, probablemente, al hablar de trabajo se haría más caso a los siguientes temas en el debate sobre el empleo.
Familia.
Los economistas suelen postular que el individuo abstracto es el agente económico universal. Los sociólogos son más conscientes de que las leyes deben adaptarse también a colectivos como la familia. Y quitar protección de empleo a trabajadores permanentes, los llamados insiders, que suelen ser cabezas de familia o sus cónyuges, puede desestabilizar un Estado de bienestar como el español, estructurado en parte en torno a la familia.
La protección del empleo para el segmento de los más protegidos o insiders ha permitido una distribución del empleo más igualitaria entre familias que en economías desreguladas como el Reino Unido, donde existe mucho menos protección de empleo. Una de cada seis familias británicas carece de asalariados y son focos de pobreza infantil, según datos de la London School of Economics. Conclusión: si el empleo es escaso en momentos de baja demanda como estos, cuidado con la desregulación. Porque puedes acabar concentrando su distribución entre familias.
Miedo.
Robert Shiller sigue a Keynes en su libro Animal spirits al subrayar la importancia del componente psicológico de las decisiones de inversión de los empresarios. Pero los trabajadores, es decir, consumidores, también tienen necesidades psicológicas. Y un plan simplista de reducción de protección de empleo como muchos economistas proponen podría incidir muy negativamente en la confianza precisamente del único grupo que sostiene la demanda en esta economía, dice De Grauwe. En Alemania, la elevada protección de empleo facilitada por sistemas de reducción de la jornada laboral como el kurzarbeit ha evitado un ataque colectivo de miedo y el colapso del consumo.
Desigualdad.
Dos antropólogos especializados en sanidad, Richard Wilkinson y Kate Pickett, resaltan, en su libro The spirit level, la superioridad según todos los indicadores de bienestar social de países con más igualdad de renta, particularmente los países nórdicos. Los niveles de felicidad son mayores en países más iguales. Pero el desmantelamiento de los convenios colectivos y el debilitamiento de los sindicatos crearía mayor desigualdad, según esta teoría.
Sostenibilidad ambiental.
La sociología empieza a plantar cara a las ciencias económicas en el debate sobre el crecimiento y la sostenibilidad medioambiental ante el cambio climático. Propuestas como la reducción de la semana laboral permitirían menos crecimiento económico y menos emisiones de carbono. "Una semana laboral más corta facilita importantes reducciones de emisiones de carbono, mejor motivación en el lugar de trabajo, menos absentismo y trabajadores más felices", señala Andrew Simms, de la New Economics Foundation.
Movilidad y vivienda.
Una crisis de la vivienda es el peor escenario para desregular el mercado de trabajo, como ha explicado Joe Stiglitz. Sin protección del empleo, la movilidad geográfica es esencial, ya que es la única forma de encontrar trabajo. Pero en las economías posburbuja, "en un momento de crecientes embargos y un mercado inmobiliario paralizado, la gente simplemente no puede desplazarse de un estado a otro para buscar empleo", dijo Stiglitz en referencia a EE.UU. Lo mismo pasa en España. Países como Alemania, Francia y los países nórdicos compaginan un empleo bastante protegido con una amplia oferta de viviendas en alquiler, una forma más humana para promover la movilidad de mano de obra.
sábado 2 de enero de 2010
ANDY ROBINSON | Madrid | 02/01/2010
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Fuente: Blog de Ramón Morata: Artículos.claves
Imagen: Bad economics
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La destrucción creativa
jueves 27 de mayo de 2010
LA DESTRUCCIÓN CREATIVA Y EL POLLO DE CORRAL
Joseph Alois Schumpeter es un tipo curioso en el catalogo de economistas del siglo pasado. Moravo de nacimiento, vienes hasta las medula y americano por necesidad, gracias a las amables ocurrencias del oscuro cabo austriaco, Schumpeter destacó por sus teorías sobre los ciclos económicos expuestas en su Teoría del crecimiento económico en la que, entre otras muchas ideas, propuso la teoría del espíritu emprendedor (enterpreneurship), algo que daría mucho que hablar en el futuro.
Sin embargo, Schumpeter fue el economista maldito en el siglo de Keynes. Frente a la aversión acérrima de este hacia las depresiones, el bueno de Schumpeter defendía la necesidad de “no evitar las recesiones” como procesos purificadores de la economía. Y en este punto, por supuesto, se armo la marimorena.
La argumentación de Schumpeter, compartida también por su colega austriaco Friederich Hayek, era, hasta cierto punto, simple y lógica. Las economías carecen de un comportamiento previsible. Muy al contrario, muestran trayectorias erráticas que les hacen pasar por períodos de auge y crisis alternativamente. Durante los períodos de crecimiento, la oferta y la demanda se comportan admirablemente, es decir, tal y como dicta la maravillosa teoría clásica. El dinero circula sin problemas y los flujos crediticios viven crecimientos sostenidos. Hacer negocio no es una chiquillada, pero casi. En estas circunstancias, la tensión emprendedora se relaja y las empresas comienzan a volverse ineficientes e ineficaces hasta límites difícilmente aceptables en tiempos de menor euforia. Hasta aquí, el planteamiento es fácil de aceptar y se encuentra avalado por un sinfín de ejemplos prácticos desde el principio de los tiempos, muchos de ellos no necesariamente de raíz económica. ¿Qué ocurre cuando cambian las tornas? Aquí es donde la argumentación comienza a plantear curiosos dilemas de naturaleza moral.
Cuando la economía entra en un ciclo de contracción, las leyes clásicas de mercado comienzan a no ser tan clásicas y comienza a recurrirse a las explicaciones que pueda dar la Mano Invisible cuyo teléfono, por cierto, no conocemos por lo que resulta complicado comunicar con ella. El gasto se contrae, la demanda se hunde, los flujos crediticios se anulan y lo primero que ocurre es un proceso de purificación natural. Las empresas menos eficientes y con ausencia de espíritu emprendedor comienzan a desaparecer rápidamente. Los gobiernos con baja visualización estratégica y altas dependencias políticas comienzan a pasar por graves apuros (les suena, ¿verdad?) y así sucesivamente hasta llegar al ciudadano corriente y moliente. Hasta aquí, sigue sin haber mayor problema en el planteamiento, pero el asunto se complica cuando seguimos escuchando a Schumpeter.
Los que cometieron errores, se relajaron en sus planteamientos, vivieron más allá de sus posibilidades o dejaron pasar las oportunidades confiados en el dinero fácil, deben pagar las consecuencias. Ni los gobiernos, ni la sociedad debe acudir en su ayuda porque de ser así, esos mismos errores se volverán a cometer irremediablemente (les sigue sonando, ¿verdad?).
La conclusión de todo esto es la conocida como Ley de la destrucción creativa. Citando al bueno de Schumpeter: el proceso…revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo sin cesar la vieja y creando sin cesar una nueva. Este proceso de destrucción creativa es el hecho esencial del capitalismo”.
En definitiva, estamos hablando de la auténtica cara de la economía, el azar y la necesidad, la lógica y la realidad y, en definitiva, la conjunción, en ocasiones aparatosa y destructiva de cientos de miles de “libres albedríos”. La supervivencia de los más aptos, aquellos que habrán de reconducir la situación hacia nuevas sendas de crecimiento.
A estas alturas, uno tiene la sospecha de que, entre los miles de candidatos a Viejos Sabios de la cultura europea, hay dos nombres que destacan por encima de todos: Hegel y Darwin. De una forma u otra, siempre acabamos en una dialéctica interminable regida por los principios de la supervivencia de “lo más apto”. Y esto es lo que realmente nos duele: perder cosas por el camino aunque, muchas de ellas, ni las conocíamos o incluso las condenábamos. Es el atavismo de la manada.
Dicen los entendidos que, de la misma forma que el siglo XX perteneció a Keynes, el siglo XXI será el siglo de Schumpeter. No se si esto es alentador o más bien una mala noticia, según se mire. Pero una cosa hay cierta: el pollo de corral continuará influyendo en el IPC.
Publicado por JLMON en 15:59
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