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Una situación frecuente

Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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La década en la que cayó el poder de los economistas

Enviado por Manuel Gross el 08/01/2010 a las 3:09
Manuel Gross


Por Andy Robinson 

Ser economista –de los que creen en ciencia, mercados y la racionalidad del individuo– no es lo que era a principios de esta década.

El ataque colectivo de miedo escénico y pánico contagioso que ocurrió en los mercados financieros y hundió la economía mundial en el 2009 ha enterrado para siempre las hipótesis de mercados eficientes y la idea de que las ciencias económicas pueden desentenderse de la psicología de comportamiento gregaria irracional, y de los ciclos de euforia y angustia.

La psicología y la irracionalidad ya son la base de la pujante escuela de economía del comportamiento de Robert Shiller, y la nueva premio Nobel Elinor Ostrom o los autores de Nudge, Richard Thaler y Cass Sunstein (este último miembro de la Administración Obama). Ostrom ni tan siquiera es economista, sino doctora en política. Otro premio Nobel, Douglas North, ya no define su investigación como "ciencias económicas" sino como "investigación social". En general los economistas muestran un deseo de fusionarse con los antes despreciados sociólogos, antropólogos y psicólogos.

Ya no valen las fórmulas universales de la globalización del mercado de los noventa. Hasta la biología puede enseñar que la economía es tan imprevisible como un organismo vivo y "si le das con un palo, a veces salta por un lado, a veces por el otro", dice Paul Ormerod, autor de Economía mariposa. O sea, conviene respetar las diferencias culturales y sociales.

Incluso pensadores conservadores en Estados Unidos –aunque pocos en España– empiezan a abandonar la pseudociencia de la era neoliberal. David Brooks, el astuto ideólogo del republicanismo moderno, escribe en su columna de The New York Times: "Es fascinante ver que los economistas se alejan cada vez más de modelos matemáticos hacia campos como la sociología o la antropología". En la próxima década, "las ciencias económicas serán cada vez más como psicología".

Pero sigue habiendo "economistas con puntos de vista excesivamente individualistas y racionalistas", añade Brooks. O –como dice Larry Elliot, autor del libro The gods that failed– "la vieja guardia de economistas –como los viejos comunistas– no tira la toalla sin pelearse".

Y cuando se trata de dar consejos sobre el complejo problema del paro en países como España esta vieja guardia aún parece estar al mando en los gabinetes de asesores de asociaciones empresariales, bancos privados, el Banco de España, la Comisión Europea o instituciones como la OCDE o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos todavía hablan del mundo del trabajo y del empleo como científicos de laboratorios o jefes de almacén.

Fíjense, por ejemplo, en la siguiente frase sobre el problema del paro en España. Es de un economista del FMI aunque podría ser de cualquier economista vinculado al Banco de España, o a la CEOE, que utilizan la misma terminología: "En España el grueso del ajuste en el mercado de trabajo pasa por volúmenes y no por precios".

Por volumen quiere decir empleo, y por precio, la nómina. Conclusión: hace falta más desregulación laboral, menos protección del empleo, menos convenios y menos sindicatos para bajar los precios –o sea, los salarios– de los llamados insiders, los trabajadores más protegidos y mejor remunerados de la fuerza de trabajo.

Es la fórmula universal pese a las diferencias sociales y culturales. "Creen que el mercado de trabajo es igual que un mercado de patatas; que si bajas los salarios subirá el empleo; pero la gente se preocupa por la justicia y la seguridad y las patatas no tienen miedo por el futuro", ironiza Paul de De Grauwe, de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica.

A modo de experimento intelectual, pues, planteemos el escenario en el que todos estos economistas de la vieja guardia pierdan, de repente, su propia (elevada) protección de empleo y queden sustituidos por sociólogos, antropólogos, psicólogos e incluso biólogos. En ese mundo, probablemente, al hablar de trabajo se haría más caso a los siguientes temas en el debate sobre el empleo.

Familia.

Los economistas suelen postular que el individuo abstracto es el agente económico universal. Los sociólogos son más conscientes de que las leyes deben adaptarse también a colectivos como la familia. Y quitar protección de empleo a trabajadores permanentes, los llamados insiders, que suelen ser cabezas de familia o sus cónyuges, puede desestabilizar un Estado de bienestar como el español, estructurado en parte en torno a la familia.

La protección del empleo para el segmento de los más protegidos o insiders ha permitido una distribución del empleo más igualitaria entre familias que en economías desreguladas como el Reino Unido, donde existe mucho menos protección de empleo. Una de cada seis familias británicas carece de asalariados y son focos de pobreza infantil, según datos de la London School of Economics. Conclusión: si el empleo es escaso en momentos de baja demanda como estos, cuidado con la desregulación. Porque puedes acabar concentrando su distribución entre familias.

Miedo.

Robert Shiller sigue a Keynes en su libro Animal spirits al subrayar la importancia del componente psicológico de las decisiones de inversión de los empresarios. Pero los trabajadores, es decir, consumidores, también tienen necesidades psicológicas. Y un plan simplista de reducción de protección de empleo como muchos economistas proponen podría incidir muy negativamente en la confianza precisamente del único grupo que sostiene la demanda en esta economía, dice De Grauwe. En Alemania, la elevada protección de empleo facilitada por sistemas de reducción de la jornada laboral como el kurzarbeit ha evitado un ataque colectivo de miedo y el colapso del consumo.

Desigualdad.

Dos antropólogos especializados en sanidad, Richard Wilkinson y Kate Pickett, resaltan, en su libro The spirit level, la superioridad según todos los indicadores de bienestar social de países con más igualdad de renta, particularmente los países nórdicos. Los niveles de felicidad son mayores en países más iguales. Pero el desmantelamiento de los convenios colectivos y el debilitamiento de los sindicatos crearía mayor desigualdad, según esta teoría.

Sostenibilidad ambiental.

La sociología empieza a plantar cara a las ciencias económicas en el debate sobre el crecimiento y la sostenibilidad medioambiental ante el cambio climático. Propuestas como la reducción de la semana laboral permitirían menos crecimiento económico y menos emisiones de carbono. "Una semana laboral más corta facilita importantes reducciones de emisiones de carbono, mejor motivación en el lugar de trabajo, menos absentismo y trabajadores más felices", señala Andrew Simms, de la New Economics Foundation.

Movilidad y vivienda.

Una crisis de la vivienda es el peor escenario para desregular el mercado de trabajo, como ha explicado Joe Stiglitz. Sin protección del empleo, la movilidad geográfica es esencial, ya que es la única forma de encontrar trabajo. Pero en las economías posburbuja, "en un momento de crecientes embargos y un mercado inmobiliario paralizado, la gente simplemente no puede desplazarse de un estado a otro para buscar empleo", dijo Stiglitz en referencia a EE.UU. Lo mismo pasa en España. Países como Alemania, Francia y los países nórdicos compaginan un empleo bastante protegido con una amplia oferta de viviendas en alquiler, una forma más humana para promover la movilidad de mano de obra.

sábado 2 de enero de 2010
ANDY ROBINSON | Madrid  | 02/01/2010

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Fuente: Blog de Ramón Morata: Artículos.claves
Imagen: Bad economics 

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La destrucción creativa

Enviado por el 28/05/2010 a las 22:07
Manuel Gross

jueves 27 de mayo de 2010

LA DESTRUCCIÓN CREATIVA Y EL POLLO DE CORRAL


Joseph Alois Schumpeter es un tipo curioso en el catalogo de economistas del siglo pasado. Moravo de nacimiento, vienes hasta las medula y americano por necesidad, gracias a las amables ocurrencias del oscuro cabo austriaco, Schumpeter destacó por sus teorías sobre los ciclos económicos expuestas en su Teoría del crecimiento económico en la que, entre otras muchas ideas, propuso la teoría del espíritu emprendedor (enterpreneurship), algo que daría mucho que hablar en el futuro.
Sin embargo, Schumpeter fue el economista maldito en el siglo de Keynes. Frente a la aversión acérrima de este hacia las depresiones, el bueno de Schumpeter defendía la necesidad de “no evitar las recesiones” como procesos purificadores de la economía. Y en este punto, por supuesto, se armo la marimorena.
La argumentación de Schumpeter, compartida también por su colega austriaco Friederich Hayek, era, hasta cierto punto, simple y lógica. Las economías carecen de un comportamiento previsible. Muy al contrario, muestran trayectorias erráticas que les hacen pasar por períodos de auge y crisis alternativamente. Durante los períodos de crecimiento, la oferta y la demanda se comportan admirablemente, es decir, tal y como dicta la maravillosa teoría clásica. El dinero circula sin problemas y los flujos crediticios viven crecimientos sostenidos. Hacer negocio no es una chiquillada, pero casi. En estas circunstancias, la tensión emprendedora se relaja y las empresas comienzan a volverse ineficientes e ineficaces hasta límites difícilmente aceptables en tiempos de menor euforia. Hasta aquí, el planteamiento es fácil de aceptar y se encuentra avalado por un sinfín de ejemplos prácticos desde el principio de los tiempos, muchos de ellos no necesariamente de raíz económica. ¿Qué ocurre cuando cambian las tornas? Aquí es donde la argumentación comienza a plantear curiosos dilemas de naturaleza moral.
Cuando la economía entra en un ciclo de contracción, las leyes clásicas de mercado comienzan a no ser tan clásicas y comienza a recurrirse a las explicaciones que pueda dar la Mano Invisible cuyo teléfono, por cierto, no conocemos por lo que resulta complicado comunicar con ella. El gasto se contrae, la demanda se hunde, los flujos crediticios se anulan y lo primero que ocurre es un proceso de purificación natural. Las empresas menos eficientes y con ausencia de espíritu emprendedor comienzan a desaparecer rápidamente. Los gobiernos con baja visualización estratégica y altas dependencias políticas comienzan a pasar por graves apuros (les suena, ¿verdad?) y así sucesivamente hasta llegar al ciudadano corriente y moliente. Hasta aquí, sigue sin haber mayor problema en el planteamiento, pero el asunto se complica cuando seguimos escuchando a Schumpeter.
Los que cometieron errores, se relajaron en sus planteamientos, vivieron más allá de sus posibilidades o dejaron pasar las oportunidades confiados en el dinero fácil, deben pagar las consecuencias. Ni los gobiernos, ni la sociedad debe acudir en su ayuda porque de ser así, esos mismos errores se volverán a cometer irremediablemente (les sigue sonando, ¿verdad?).
La conclusión de todo esto es la conocida como Ley de la destrucción creativa. Citando al bueno de Schumpeter: el proceso…revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo sin cesar la vieja y creando sin cesar una nueva. Este proceso de destrucción creativa es el hecho esencial del capitalismo”.
En definitiva, estamos hablando de la auténtica cara de la economía, el azar y la necesidad, la lógica y la realidad y, en definitiva, la conjunción, en ocasiones aparatosa y destructiva de cientos de miles de “libres albedríos”. La supervivencia de los más aptos, aquellos que habrán de reconducir la situación hacia nuevas sendas de crecimiento.
A estas alturas, uno tiene la sospecha de que, entre los miles de candidatos a Viejos Sabios de la cultura europea, hay dos nombres que destacan por encima de todos: Hegel y Darwin. De una forma u otra, siempre acabamos en una dialéctica interminable regida por los principios de la supervivencia de “lo más apto”. Y esto es lo que realmente nos duele: perder cosas por el camino aunque, muchas de ellas, ni las conocíamos o incluso las condenábamos. Es el atavismo de la manada.
Dicen los entendidos que, de la misma forma que el siglo XX perteneció a Keynes, el siglo XXI será el siglo de Schumpeter. No se si esto es alentador o más bien una mala noticia, según se mire. Pero una cosa hay cierta: el pollo de corral continuará influyendo en el IPC.

 

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Los Nobel de Economía

Enviado por el 10/03/2010 a las 3:56
Manuel Gross

El Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel (en sueco Sveriges Riksbanks pris i ekonomisk vetenskap till Alfred Nobels minne) fue instituido en 1969 por el Banco de Suecia (Sveriges Riksbank), el más antiguo de los bancos centrales, para celebrar el tricentésimo aniversario de su fundación.

Lista cronológica de premiados

Leer en

LOS PREMIOS NOBEL DE LA ECONOMIA 

 

 


¿Qué pasó con la economía?

Enviado por el 09/03/2010 a las 22:52
Manuel Gross

De todas las burbujas económicas que han reventado, pocas han explotado más espectacularmente que la reputación de la economía misma. Hasta hace unos pocos años, la lúgubre ciencia de la economía era aclamada por que explicaba cada vez más, otras formas de comportamiento humano, desde el tráfico de drogas hasta las peleas de sumo. Wall Street saqueó las mejores universidades de teóricos en juegos  y en modelos de opciones. Y en el sector público, los economistas han sido vistos mucho más confiables que los políticos. John McCain bromeó que Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, era tan imprescindible, que si muriera, el Presidente debería “ponerle un par de gafas oscuras y mantenerlo en el puesto.”

Leer en

¿Qué ha pasado con la economía? y la forma en que la disciplina debe cambiar para evitar los errores del pasado

 


Lo que los economistas creíamos saber

Enviado por el 02/03/2010 a las 23:49
Manuel Gross
Lo que los economistas creíamos saber
Por Francesc Rodríguez Tous
En esta crisis, se viene diciendo que los economistas nos hemos equivocado. Se ha escrito que la base de la ciencia económica, tal y como la conocemos, es errónea y que hay que replantearselo todo de nuevo. Un ejemplo lo tenemos en un artículo de Andy Robinson bastante infumable en La Vanguardia. 
No nos engañemos: la ciencia económica es tremendamente válida. No se puede sustituir ni por la sociología ni la psicología. Es obvio que debe beber de ellas; ¡pero eso ya lo lleva haciendo durante bastante tiempo! El Premio Nobel Gary S. Becker, hace más de 30 años, ya empezó a explicar comportamientos humanos que antes se dejaban a la sociología. Y desde hace bastante tiempo se está desarrollando una rama que se llama “behavioral economics” (economía del comportamiento) que gana interés con el tiempo: el Nobel de 2002 se otorgó a Daniel Kahneman “por haber integrado los avances de la investigación psicológica en el análisis económico”. Pero estos nuevos enfoques los acomodamos a la base que ya tenemos. 
Lo siento para los que les pone nerviosos el tema de mercados eficientes: la mayoría lo siguen siendo. Sin embargo, es verdad que a la hora de determinar la política macroeconómica –ya explicaré a qué me refiero- hay cosas que pensábamos que sabíamos y resulta que tenemos que cambiar. Y nadie mejor para hablar de este tema que uno de los más importantes macroeconomistas neokeynesianos, y economista jefe del FMI, Olivier Blanchard. Hace menos de un mes escribió una nota sobre ello, y es esta nota la que comentaré a continuación. Serán dos artículos en los que hablaré, primero, de lo que los economistas creíamos saber y, segundo, de lo que hemos aprendido después de la crisis. 
Por cierto, para los que escriben eso de “Keynes ha vuelto”, que sepan que la política macroeconómica se lleva a cabo siguiendo modelos neokeynesianos, donde se incorporan mercados incompletos y precios rígidos; en otras palabras, Keynes no se había ido (mal que nos pese).
¿Qué pensábamos que sabíamos antes de la crisis? 
El punto principal es que pensábamos que para conseguir una economía estable solamente necesitábamos mantener la inflación estable. Déjenme detallar un poco este punto. Hay un concepto en economía llamado “output gap”, que es la diferencia entre el PIB que tendría una economía si todo funcionara como la seda, y el PIB que en realidad tiene. 
La gracia es que el PIB que habría si todo funcionara bien (llamémosle “PIB potencial”) fluctúa muy poco, ya que depende de factores que cambian lentamente (infraestructuras, tecnología,…). Sin embargo, el PIB de verdad puede fluctuar mucho por otros temas. Lo que nos dicen los modelos que usamos es que si mantenemos un nivel de inflación estable, conseguiremos “cerrar” el output gap. En otras palabras, el PIB que tendremos será el potencial, y habrá pocas fluctuaciones. En síntesis, habrá estabilidad. 
Es verdad que sabíamos que a la práctica no podíamos alcanzar el PIB potencial, pero aunque solamente nos acercáramos lo máximo posible, sería un éxito. Este es el motivo por el cual los que se encargan de hacer política monetaria –los bancos centrales- intentan mantener la inflación estable. Cabe mencionar que, como hemos dicho, el modelo incorpora varias “rigideces”, como que haya cambios súbitos en el precio del crudo, o que los consumidores cambien de golpe sus preferencias (en cierto sentido, que se comporten de modo irracional).
De acuerdo, la inflación estable parece buena, ¿pero por qué al 2%? Aunque quizá a mucha gente se le escape, tener un objetivo de inflación del 2% puede ser peligroso. Asociado a una inflación baja están unos tipos de interés nominales (los que fijan los bancos centrales) bajos. Como no se puede bajar del 0% de tipo de interés nominal, eso significa que hay poco margen de maniobra si hay problemas y se quiere utilizar una política monetaria expansiva (bajar los tipos). 
Dicho de otro modo, puede ser más difícil de combatir el peligro de la deflación. Ya hemos visto en esta crisis que hubo momentos en los que los reguladores se ponían nerviosos con las caídas de precio, porque ya habían bajado los tipos de interés nominales a corto plazo a casi al 0%,  pero finalmente no hemos tenido ese problema. En parte, pues, podríamos decir que los economistas estábamos acertados en este tema.
Hasta aquí todo bien: debemos tener una inflación estable, y que ésta sea baja. Otra cosa que creíamos saber es que, para ello, solamente era necesario usar el tipo de interés: en concreto, el tipo de interés a corto plazo que los bancos centrales controlan a base de prestar dinero a los bancos comerciales. Sin entrar en detalles técnicos de los modelos, diré que esta conclusión se basaba en dos supuestos:
Los efectos reales (los que importan) de la política monetaria tienen lugar a través de los tipos de interés y de los precios de los activos.
Todos los tipos de interés y los precios de los activos están relacionados a través del arbitraje. Eso significa que no puede existir, ex-ante, una forma de hacer dinero automática: por ejemplo, pedir prestado a un tipo de interés del 2% e invertirlo, sin riesgo, al 3%. Eso no significa que no puedas ganar haciendo eso, sino que hay posibilidades de que pierdas.
La intuición es la siguiente: como todos los precios de activos y tipos de interés (a largo y a corto plazo) están relacionados, fijando solamente uno de ellos –el que más fácil se puede controlar- se consigue controlar la inflación. Hay que añadir, sin embargo, que los bancos comerciales (donde ponemos nuestros ahorros) son una excepción, y que para controlar la cantidad de crédito que dan se tiene otro instrumento: la cantidad de reservas (la parte de los depósitos que estos bancos no pueden prestar). 
También se entendía el peligro de los pánicos bancarios (cuando la gente corre a retirar sus depósitos por miedo de quiebra) y por eso se establecieron fondos de garantía de estos depósitos. Seguimos viendo, pues, que aunque no se tenía plena consciencia de otros peligros, tampoco se trabajaba sobre modelos en donde todo funciona perfectamente.
El cuarto tema era la política fiscal: la intuición general no le daba excesiva importancia en su rol para la estabilidad macroeconómica. Cuando hablamos de política fiscal, por si no queda del todo claro, hablamos de impuestos y programas de gasto y transferencias. Pongámonos en contexto: esta intuición ha venido formándose desde principios de los ochenta. Veamos los motivos por los cuales se pensaba así. 
Primero, si una inflación estable permitía eliminar el “output gap”, ¿para qué necesitábamos política fiscal? Además, era una época con grandes niveles de deuda pública, por lo que los gobiernos debían centrarse en reducirla, cosa que a su vez ya ayudaba a la estabilidad macroeconómica (solo hace falta ver que, hoy en día, los países con mayor deuda pública están sujetos a mayor inestabilidad). Pensemos también en que se tarda un tiempo en diseñar e implementar una política fiscal cualquiera, y las recesiones de las últimas décadas (exceptuando Japón) duraban relativamente poco. Finalmente, la política fiscal está mucho más distorsionada por temas políticos que la monetaria. 
Por todos estos motivos, la política fiscal tenía un rol secundario. Sin embargo, eso era entre académicos: a la hora de la verdad, los estímulos fiscales se han llevado a cabo cuando la economía ha ido mal. Se ha seguido hablando de los “estabilizadores automáticos” como deseables. Estos estabilizadores automáticos son los que cuando hay crecimiento hacen que el gasto público baje y el ingreso suba, mientras que cuando hay recesión es al revés. En resumen, aunque en la teoría económica dejaba la política fiscal en segundo plano, ésta ha sido de gran importancia a la práctica, como demuestra el hecho de que el gasto público en relación al PIB ha ido aumentando en los últimos años.
Hablemos ahora de regulación financiera. 
Una aclaración antes que todo: el sector financiero es el más regulado de la economía. Lo era hace 30 años y lo sigue siendo ahora. Si bien ha habido ciertos cambios regulatorios en el sector, sigue estando profundamente regulado. Aclarado este punto, sigamos. Como ya se ha intuido, en los modelos la intermediación financiera (lo que hacen los bancos) no jugaba un papel central. Se pensaba que el sector financiero funcionaba más o menos bien, y que si tenía algún problema, jugando con el tipo de interés nominal a corto plazo podíamos solucionarlo. No pensábamos, para nada, en la regulación financiera como otra herramienta para la estabilidad macroeconómica. 
La regulación financiera se basaba en proteger al consumidor y en vigilar a las entidades financieras una por una, pero no como un todo. El objetivo principal de dicha regulación no era la estabilidad del sector, sino más bien de sus actores. Poca atención se ponía en el grado de interconexión que hay entre bancos. Hay que puntualizar, de hecho, que hubo algunas excepciones: España, por ejemplo, impuso las provisiones de capital contracíclicas (ir haciendo un colchón en los buenos tiempos para tener más seguridad en los malos), lo que se considera una forma de estabilizar el sistema. Pero en general este tipo de medidas estaban mal vistas, más aun cuando las economías crecían a pleno rendimiento.
Finalmente, debemos añadir que era fácil equivocarse: desde los 80 (algunos dicen incluso que desde antes) hemos vivido una época conocida como “la gran moderación”, con cada vez menos inestabilidad en el PIB y en la inflación en casi todas las economías avanzadas. Obviamente, esto parecía confirmar que habíamos dado con la fórmula correcta. Solamente hace falta pensar en lo que pasó después del incremento del precio del petróleo en los 70, y un incremento similar en la última década: la última vez las economías respondieron mucho mejor. Lo mismo pasó con otros problemas, como el estallido de la burbuja de las puntocom. Esto no hacía más que confirmar lo bien que lo hacíamos.
Y en 2007, la crisis llegó.
Escrito por Francesc Rodríguez Tous
2 Marzo, 2010 a 12:21
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http://tegustapensar.wordpress.com/2010/03/02/lo-que-los-economistas-creiamos-saber/


Por Francesc Rodríguez Tous


En esta crisis, se viene diciendo que los economistas nos hemos equivocado. Se ha escrito que la base de la ciencia económica, tal y como la conocemos, es errónea y que hay que replantearselo todo de nuevo. Un ejemplo lo tenemos en un artículo de Andy Robinson bastante infumable en La Vanguardia. 

No nos engañemos: la ciencia económica es tremendamente válida. No se puede sustituir ni por la sociología ni la psicología. Es obvio que debe beber de ellas; ¡pero eso ya lo lleva haciendo durante bastante tiempo! El Premio Nobel Gary S. Becker, hace más de 30 años, ya empezó a explicar comportamientos humanos que antes se dejaban a la sociología. Y desde hace bastante tiempo se está desarrollando una rama que se llama “behavioral economics” (economía del comportamiento) que gana interés con el tiempo: el Nobel de 2002 se otorgó a Daniel Kahneman “por haber integrado los avances de la investigación psicológica en el análisis económico”. Pero estos nuevos enfoques los acomodamos a la base que ya tenemos. 


Lo siento para los que les pone nerviosos el tema de mercados eficientes: la mayoría lo siguen siendo. Sin embargo, es verdad que a la hora de determinar la política macroeconómica –ya explicaré a qué me refiero- hay cosas que pensábamos que sabíamos y resulta que tenemos que cambiar. Y nadie mejor para hablar de este tema que uno de los más importantes macroeconomistas neokeynesianos, y economista jefe del FMI, Olivier Blanchard. Hace menos de un mes escribió una nota sobre ello, y es esta nota la que comentaré a continuación. Serán dos artículos en los que hablaré, primero, de lo que los economistas creíamos saber y, segundo, de lo que hemos aprendido después de la crisis. 

Por cierto, para los que escriben eso de “Keynes ha vuelto”, que sepan que la política macroeconómica se lleva a cabo siguiendo modelos neokeynesianos, donde se incorporan mercados incompletos y precios rígidos; en otras palabras, Keynes no se había ido (mal que nos pese).

¿Qué pensábamos que sabíamos antes de la crisis? 

El punto principal es que pensábamos que para conseguir una economía estable solamente necesitábamos mantener la inflación estable. Déjenme detallar un poco este punto. Hay un concepto en economía llamado “output gap”, que es la diferencia entre el PIB que tendría una economía si todo funcionara como la seda, y el PIB que en realidad tiene. 

La gracia es que el PIB que habría si todo funcionara bien (llamémosle “PIB potencial”) fluctúa muy poco, ya que depende de factores que cambian lentamente (infraestructuras, tecnología,…). Sin embargo, el PIB de verdad puede fluctuar mucho por otros temas. Lo que nos dicen los modelos que usamos es que si mantenemos un nivel de inflación estable, conseguiremos “cerrar” el output gap. En otras palabras, el PIB que tendremos será el potencial, y habrá pocas fluctuaciones. En síntesis, habrá estabilidad. 

Es verdad que sabíamos que a la práctica no podíamos alcanzar el PIB potencial, pero aunque solamente nos acercáramos lo máximo posible, sería un éxito. Este es el motivo por el cual los que se encargan de hacer política monetaria –los bancos centrales- intentan mantener la inflación estable. Cabe mencionar que, como hemos dicho, el modelo incorpora varias “rigideces”, como que haya cambios súbitos en el precio del crudo, o que los consumidores cambien de golpe sus preferencias (en cierto sentido, que se comporten de modo irracional).

De acuerdo, la inflación estable parece buena, ¿pero por qué al 2%? Aunque quizá a mucha gente se le escape, tener un objetivo de inflación del 2% puede ser peligroso. Asociado a una inflación baja están unos tipos de interés nominales (los que fijan los bancos centrales) bajos. Como no se puede bajar del 0% de tipo de interés nominal, eso significa que hay poco margen de maniobra si hay problemas y se quiere utilizar una política monetaria expansiva (bajar los tipos). 

Dicho de otro modo, puede ser más difícil de combatir el peligro de la deflación. Ya hemos visto en esta crisis que hubo momentos en los que los reguladores se ponían nerviosos con las caídas de precio, porque ya habían bajado los tipos de interés nominales a corto plazo a casi al 0%,  pero finalmente no hemos tenido ese problema. En parte, pues, podríamos decir que los economistas estábamos acertados en este tema.

Hasta aquí todo bien: debemos tener una inflación estable, y que ésta sea baja. Otra cosa que creíamos saber es que, para ello, solamente era necesario usar el tipo de interés: en concreto, el tipo de interés a corto plazo que los bancos centrales controlan a base de prestar dinero a los bancos comerciales. Sin entrar en detalles técnicos de los modelos, diré que esta conclusión se basaba en dos supuestos:

1. Los efectos reales (los que importan) de la política monetaria tienen lugar a través de los tipos de interés y de los precios de los activos.

2. Todos los tipos de interés y los precios de los activos están relacionados a través del arbitraje. Eso significa que no puede existir, ex-ante, una forma de hacer dinero automática: por ejemplo, pedir prestado a un tipo de interés del 2% e invertirlo, sin riesgo, al 3%. Eso no significa que no puedas ganar haciendo eso, sino que hay posibilidades de que pierdas.

La intuición es la siguiente: como todos los precios de activos y tipos de interés (a largo y a corto plazo) están relacionados, fijando solamente uno de ellos –el que más fácil se puede controlar- se consigue controlar la inflación. Hay que añadir, sin embargo, que los bancos comerciales (donde ponemos nuestros ahorros) son una excepción, y que para controlar la cantidad de crédito que dan se tiene otro instrumento: la cantidad de reservas (la parte de los depósitos que estos bancos no pueden prestar). 

También se entendía el peligro de los pánicos bancarios (cuando la gente corre a retirar sus depósitos por miedo de quiebra) y por eso se establecieron fondos de garantía de estos depósitos. Seguimos viendo, pues, que aunque no se tenía plena consciencia de otros peligros, tampoco se trabajaba sobre modelos en donde todo funciona perfectamente.

El cuarto tema era la política fiscal: la intuición general no le daba excesiva importancia en su rol para la estabilidad macroeconómica. Cuando hablamos de política fiscal, por si no queda del todo claro, hablamos de impuestos y programas de gasto y transferencias. Pongámonos en contexto: esta intuición ha venido formándose desde principios de los ochenta. Veamos los motivos por los cuales se pensaba así. 

Primero, si una inflación estable permitía eliminar el “output gap”, ¿para qué necesitábamos política fiscal? Además, era una época con grandes niveles de deuda pública, por lo que los gobiernos debían centrarse en reducirla, cosa que a su vez ya ayudaba a la estabilidad macroeconómica (solo hace falta ver que, hoy en día, los países con mayor deuda pública están sujetos a mayor inestabilidad). Pensemos también en que se tarda un tiempo en diseñar e implementar una política fiscal cualquiera, y las recesiones de las últimas décadas (exceptuando Japón) duraban relativamente poco. Finalmente, la política fiscal está mucho más distorsionada por temas políticos que la monetaria. 

Por todos estos motivos, la política fiscal tenía un rol secundario. Sin embargo, eso era entre académicos: a la hora de la verdad, los estímulos fiscales se han llevado a cabo cuando la economía ha ido mal. Se ha seguido hablando de los “estabilizadores automáticos” como deseables. Estos estabilizadores automáticos son los que cuando hay crecimiento hacen que el gasto público baje y el ingreso suba, mientras que cuando hay recesión es al revés. En resumen, aunque en la teoría económica dejaba la política fiscal en segundo plano, ésta ha sido de gran importancia a la práctica, como demuestra el hecho de que el gasto público en relación al PIB ha ido aumentando en los últimos años.

Hablemos ahora de regulación financiera. 

Una aclaración antes que todo: el sector financiero es el más regulado de la economía. Lo era hace 30 años y lo sigue siendo ahora. Si bien ha habido ciertos cambios regulatorios en el sector, sigue estando profundamente regulado. Aclarado este punto, sigamos. Como ya se ha intuido, en los modelos la intermediación financiera (lo que hacen los bancos) no jugaba un papel central. Se pensaba que el sector financiero funcionaba más o menos bien, y que si tenía algún problema, jugando con el tipo de interés nominal a corto plazo podíamos solucionarlo. No pensábamos, para nada, en la regulación financiera como otra herramienta para la estabilidad macroeconómica. 

La regulación financiera se basaba en proteger al consumidor y en vigilar a las entidades financieras una por una, pero no como un todo. El objetivo principal de dicha regulación no era la estabilidad del sector, sino más bien de sus actores. Poca atención se ponía en el grado de interconexión que hay entre bancos. Hay que puntualizar, de hecho, que hubo algunas excepciones: España, por ejemplo, impuso las provisiones de capital contracíclicas (ir haciendo un colchón en los buenos tiempos para tener más seguridad en los malos), lo que se considera una forma de estabilizar el sistema. Pero en general este tipo de medidas estaban mal vistas, más aun cuando las economías crecían a pleno rendimiento.

Finalmente, debemos añadir que era fácil equivocarse: desde los 80 (algunos dicen incluso que desde antes) hemos vivido una época conocida como “la gran moderación”, con cada vez menos inestabilidad en el PIB y en la inflación en casi todas las economías avanzadas. Obviamente, esto parecía confirmar que habíamos dado con la fórmula correcta. Solamente hace falta pensar en lo que pasó después del incremento del precio del petróleo en los 70, y un incremento similar en la última década: la última vez las economías respondieron mucho mejor. Lo mismo pasó con otros problemas, como el estallido de la burbuja de las puntocom. Esto no hacía más que confirmar lo bien que lo hacíamos.

Y en 2007, la crisis llegó.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous
2 Marzo, 2010 a 12:21


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http://tegustapensar.wordpress.com/2010/03/02/lo-que-los-economistas-creiamos-saber/

 


Dinero y bienestar

Enviado por el 07/02/2010 a las 23:32
Manuel Gross

Por décadas se ha equiparado tener más dinero al aumento del bienestar. Hallazgos recientes de quienes estudian el bienestar de las personas señalan que la relación entre dinero y bienestar es débil, y que un mayor ingreso no garantiza un aumento importante del bienestar. Los hallazgos también permiten obtener recomendaciones para potenciar el impacto del ingreso en el bienestar.

Leer en

¿Por qué el dinero nunca te alcanza?

 


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