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    Manuel Gross Osses (Quilpué, Chile).

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Una situación frecuente

Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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Papeles contra el Bien Común

Enviado por Originario el 20/12/2009 a las 15:14
Originario

No me refiero a los inmigrantes “sin-papeles”, naturalmente, porque de ser así  lo haría  como testimonio de la injusticia mundial.

 

Tampoco a  huelgas de jueces o manifestaciones  de obispos  tan fuera de su papel,  donde habría tanta tela que cortar  para cubrir las miserias de la llamada justicia, o de la codiciosa y farisaica  Iglesia, sino que mirando a los ojos de los  gobernantes del mundo, de los banqueros del mundo, de los ricos y grandes empresarios – les preguntaría: “¿para qué os necesitamos?”Parece una pregunta simple, y lo es, pero descubrí hace mucho  de los niños que las preguntas simples son a veces las más difíciles de responder por los adultos.

 

El Político diría sin dudarlo: “Sirvo al bien común” o “Sirvo a la Nación” elaborando leyes… “Así que se me necesita”, concluiría. El Banquero por su parte se justificaría: “Sirvo a mis clientes precisados  de ayuda económica y financio  a industrias. Por tanto, soy útil”. Y el Rico Industrial diría que con su industria da trabajo y ayuda con ello al bienestar de sus empleados. Recordaría  además  que paga muchos impuestos por cada trabajador para el funcionamiento de la seguridad social, sin olvidar su contribución  a la Hacienda Pública.

 

Ante semejantes respuestas  de manual, parece que todos sirven al bien general, sus actividades son de utilidad pública y sirven, por tanto, al bien común. ¿Será verdad?

 

Si  bien común es el aire, no cabe duda que somos testigos de un cambio climático donde precisamente existe  demasiado CO2, demasiada contaminación y cada vez menos oxígeno por metro cúbico de aire. Debido a esto el llamado efecto invernadero y la muerte de cientos de miles de personas al año debido a la contaminación medioambiental (sólo en Europa se acercan cada año a las doscientas mil muertes por estas causas, más enfermedades respiratorias, alergias, y un largo etc.)

 

Si el agua es un bien común, se calcula que dentro de 15 años 2.500 millones de hermanos nuestros (y no digamos de animales) no tendrán acceso al agua, mientras que ya, ahora mismo, el 80 por ciento de los pobres que enferman lo hacen por beber agua contaminada.

 

Si la tierra es un bien común, esta se  halla en manos de cuatrocientas o quinientas familias de propietarios (de los que la iglesia católica  es una de ellas), dejando sin posibilidad de acceso a ese bien común al resto de la humanidad, mientras los desiertos crecen y los pequeños campesinos tienen que abandonar el cultivo de sus tierras por no ser rentables debido a las leyes del mercado que sólo favorecen a los grandes terratenientes.

 

Nos faltaban las cumbres climáticas de políticos como Kioto y Copenhague   para tomar conciencia no solo de que lo que consideramos  bien común es cada  vez  menos común, sino que  irá  peor debido a la desenfrenada codicia de los  que controlan el mundo que han   creado un sistema de economía insostenible para el Planeta y para todos sus habitantes.

 

Ahora bien: los responsables de la política, de las finanzas, los ricos y poderosos laicos o religiosos jurarían sobre cualquier  Biblia o código de leyes no sólo que están a favor del bien común, sino que están ahí justo para defenderlo. Si  fuese cierto,  un niño no podría comprender por qué el bien común que dice el Político no es eso precisamente, un bien común, sino un bien desigualmente repartido del que quedan excluidos o muy por debajo del conjunto  el “común”  de los inmigrantes, los desempleados, los ancianos, las viudas y viudos, los jóvenes que no encuentran su primer empleo, los de  contratos basura, los mendigos forzosos y otros colectivos.

 

Así que el Político  que no cumple honestamente su papel  debería dimitir inmediatamente para evitar ser obstáculo para el bien común, podría pensar el niño. Pero no esperemos que lo haga jamás, sino que, al contrario, intente toda clase de tretas para asegurarse el sillón que une al bien propio,  airee falsas promesas, domestique a los medios de comunicación públicos, desacredite de continuo  a sus oponentes, minimice  o haga como si no existiesen mientras no influyan demasiado otras opciones políticas fuera de las previamente convenidas como “políticamente correctas”. La primera ley del político no es pues el bien de la Nación, sino el bien de su ego necesitado de admiración, poder y lucro personal.

 

En el ideario político dominante en estas circunstancias el bipartidismo es la mejor opción. En España, por ejemplo, donde existen muchos grupos políticos minoritarios cuyas ideologías jamás aparecen en los medios de comunicación a no ser que cometan algo ilegal o alguna barbaridad, se ha llegado a este punto, siguiendo el modelo yanqui, por el que se asegura la alternancia de poder  con los mismos amos y a la vez se acuerda no dar publicidad  (o darla negativa) a otros  grupos que pudieran ser considerados peligrosos para su juego del” Bien Común y los intereses de la Nación”.

 

Por citar algunos, ¿dónde están los republicanos, los humanistas, los comunistas no representados en el Parlamento, los “verdes”? ¿Alguien los ve en algún programa de televisión? ¿Lee lo que piensan en algún medio público?...No existen.  Pero a  la hora de las elecciones  aparece una lista de desconocidos de los que no se sabe nada, o si se sabe es tan parca la información o tan tendenciosa, que el Político Bipartidista tiene asegurado su propósito, a pesar de que algunas de las opciones como las señaladas son muchos mejores en teoría  que las del Político Bipartidista para asegurar un mayor grado de Bien común.

 

Un niño no comprendería cómo el Banquero, cuya riqueza proviene de la usura más descarada  utilizando siempre bienes ajenos, puede permitirse legalmente el tener ejecutivos con  sueldos y jubilaciones exorbitantes, que hacen desaparecer miles de millones sin que nadie sepa a ciencia cierta dónde se encuentran aunque todos los sospechemos. Esto colapsa todo el sistema de producción capitalista porque el Industrial no recibe ya préstamos del Banquero y paraliza sus negocios, y pone en jaque al Político por lo que este, siempre más comprensivo con ambos que con los bolsillos del pueblo, acude en su ayuda sin importarle la ruina de la Nación “pagana” olvidando preguntar dónde se encuentran  los miles de millones sustraídos que ahora tendrían que ser repuestos sin demora.

 

Hasta un niño sabe que el salario de sus padres, incluso trabajando los dos,  no les llega para pagar los créditos para una vivienda ajustada, o no llegan fin de mes, mientras  otros, obligados al paro, tienen que  mendigar la comida en los comedores sociales.

 

Sin embargo, los políticos hablan de que todo está bien, una crisis salvable. Dicen: “La crisis tocó fondo, la Nación se recupera”, pero no los puestos de trabajo. Así que sigue el desempleo, con lo cual el Industrial ve colmados sus días de gloria: ahora puede exigir a gusto. Admite y despide con la celeridad que le interesa: siempre hay gente esperando. Selecciona a los trabajadores con criterios de lo más variopinto únicamente pensando en su provecho personal. Se permite acosos laborales y del tipo que le venga en gana y paga sueldos miserables mientras el pueblo traga con el Industrial pensando que aún así da trabajo, y que hasta por ser explotado hay que dar gracias ahora. 

 

Entre tanto, los sindicatos pactan con el Industrial pactos de Celestina con el Banquero y el Político. Todos por el Bien Común, claro está, que, oh confusión tremenda, era el bien común de todos ellos, un paraíso particular cuya existencia supone  un infierno para el resto  de la humanidad en la misma medida que crece.

 

Cualquier  niño ve claro este juego contra el bien común.

 

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