La Mente del Mercado
Por Eduardo Robredo Zugasti
En menos de 10.000 años nuestra especie ha dejado prácticamente de existir como cazador-recolector, y ha desarrollado una potente civilización basada en el comercio, el consumo y la política. Michael Shermer (1) analiza en The mind of the market (Times Books, 2008) cómo la neuroeconomía y las nuevas ciencias de la naturaleza humana pueden ayudarnos a comprender mejor este “gran salto hacia delante”.
"En nuestra ciudad entra por su importancia cualquier mercancía desde cualquier punto de la tierra, y se da el caso de que los productos originados aquí no los disfrutamos como más propios que los que proceden del resto de la humanidad."
- Pericles
Del nicho cognitivo al nicho comercial
Todo el mundo, no sólo los profesores, los expertos en neuroeconomía, o los corredores de bolsa, sabe mucho de economía. Todo el mundo, desde los gobiernos a las amas de casa, asignan cotidianamente un lugar a los recursos escasos que podría tener un uso alternativo. Pero hay un inconveniente. Nuestra base para la economía popular evolucionó en nuestro remoto pasado paleolítico y está sólo condicionalmente equipada para entender la economía moderna de mercado, la organización política y el orden extendido al que llaman “globalización”.
Nuestros antepasados sobrevivían en pequeños grupos donde no existía una acumulación significativa de capital, un gran desarrollo económico o una división del trabajo demasiado sofisticada. En general, la distribución de la riqueza y el estatus era más igualitaria, y la “política” -dentro de las bandas, tribus y jefaturas- se estructuraba en torno a principios de equidad que sistemáticamente servían para excluir a los individuos más acaparadores y “freeriders“.
Nuestra “dotación de serie” para la psicología económica está pobremente preparada para comprender el funcionamiento de las sociedades complejas, extensas y basadas en la economía del mercado, del mismo modo que nuestras intuiciones científicas están pobremente dispuestas para asimilar la mecánica cuántica o las leyes de Newton.
De acuerdo con la estimación de Eric Beinhocker en The origin of wealth, el ingreso anual de los cazadores-recolectores Yanomamo que viven a orillas del Orinoco apenas llegaría a los 100 dólares anuales. En contraste, los consumidores-comerciantes que viven cerca del río Hudson, en Nueva York, alcanzan unos ingresos anuales de 40.000 dólares. En cuanto a la medida de la producción, según el índice SKU (Stocker Keeping Units), cada día se introducen en el mercado 7.000 productos nuevos, y cada año, el número de novedades asciende a un cuarto de millón. Los hombres modernos somos animales ávidos de novedades…
El ingreso de los contemporáneos consumidores-comerciantes es 400 veces superior al de los cazadores-recolectores. Su producción es 33 millones de veces más grande. Nos costó 97.000 años pasar de los 100 a los 150 dólares por persona, y entonces 2.750 años para pasar a los 200. Súbitamente, en apenas dos siglos hemos pasado a los 56.000 dólares anuales por persona. Pero es en el desarrollo demográfico donde mejor se aprecia este “gran salto hacia delante”, progresando en dos siglos de 1.000 a 7.000 millones de habitantes.
He aquí una revolución comparable al bipedalismo, el desarrollo del neocortex o la invención del fuego que necesita una explicación. Nuestra especie no sólo se habría adaptado a un nuevo “Nicho cognitivo” (2), también lo habríamos hecho a un Nicho Comercial en el último tramo de nuestro historia, hasta el punto de que el historiador económico Gregory Clark ha llegado a conjeturar sobre la posibilidad de una transmisión genética de las modernas actitudes capitalistas.
Economía y evolución
Los economistas, como los políticos y los filósofos, se odian entre sí. Hasta hoy el campo de los estudios económicos se encuentra partido por distintos enfoques, paradigmas o escuelas cada una con un sistema de prejuicios teóricos diferentes e irreconciliables. Keynesianos, neoclásicos, marxistas o austriacos se han debatido, según el número y la calidad de sus fuerzas, en torno al papel de los ciclos económicos, la teoría del valor o el diseño institucional de los mercados, normalmente sin alcanzar un consenso científico definitivo en ninguno de estos temas.
No es probable que la neuroeconomía y la nueva psicología económica logren disuadir el secuestro político de la economía, pero es bastante probable que el enfoque consiliente de la economía (es decir, un programa de investigación que conecte la ciencia económica con el resto de las ciencias) logre situar a la disciplina en un terreno mucho más fértil que el de la lucha partidaria.
Para comprender cómo funciona nuestro “nicho comercial”, necesitamos el estudio combinado de la teoría de la complejidad, la psicología evolucionista, la economía evolucionista, la economía conductual y la neuroeconomía, además de las ciencias históricas y sociales.
Los economistas evolucionistas parten del supuesto de que la economía humana, como la ecología y otros sistemas físicos conocidos, es un caso de Sistema Complejo Adaptativo (CAS) en el que los agentes individuales interactúan, procesan información y adaptan su conducta a condiciones ambientales específicas.
La riqueza de las naciones, tal y como fue comprendido por Adam Smith, no consiste en las cantidades de oro o plata que los gobiernos o los particulares son capaces de atesorar, sino en la economía dinámica de los ciudadanos, y en “sus tierras, sus casas, y bienes consumibles de todo tipo”. Es decir, la riqueza nacional se basa ante todo en el dinamismo de los individuos y las corporaciones que forman, y si quiere ser eficiente no debe estar dirigida tanto a la producción, cuanto que al consumo.
Es significativo el hecho de que tanto la evolución orgánica como la económica carezcan de un diseñador central “inteligente”. No en vano las principales categorías empleadas por el mismo Darwin al elaborar su teoría procedían de la tradición de la economía política, de Smith, de Malthus, de Turgot, Condorcet, Erasmus Darwin…
Dentro de una economía en evolución los diseños óptimos no surgen prioritariamente de la planificación central consciente, no están guiados por una providencia o teleología natural, sino que surgen desde la interacción descentralizada de los agentes económicos ordenados por una “mano invisible” que resulta ser paralela al “trabajo silencioso” de la selección natural sobre las variedades vivas beneficiosas.
Tanto la riqueza de las naciones como el éxito ecológico de las especies son, en cierto modo, consecuencias inesperadas del orden espontáneo, más que resultados providencialmente previstos por una inteligencia superior. Los sistemas biológicos y culturales en evolución son ambos un compromiso entre la eficacia buscada y los límites impuestos por la historia única de cada proceso de adaptación, si bien no dejan de conservar importantes diferencias.
Mientras que el cambio orgánico es “darwiniano”, basado en la herencia de genes de generación en generación solo alterada eventualmente por la mutación, o la deriva génica, el cambio cultural es “lamarckiano”, basado en la herencia de caracteres adquiridos, es decir, en el aprendizaje y la difusión de las costumbres. Además, y lo que es más importante, el orden espontáneo de los mercados sólo es verdaderamente eficaz cuando se encuentra dentro de un adecuado diseño institucional.
No tan racionales
Una de las principales consecuencias de lo que hace años denominó Derek Freeman (3) “la segunda ilustración evolucionista” es un cambio de actitud ante el papel combinado de la razón y la emoción.
Según el enfoque neoclásico, la economía tendía a alcanzar un estado de equilibrio que descansaba sobre tres presupuestos: competencia perfecta, racionalidad perfecta e información perfecta. Si bien es verdad que las personas responden a largo plazo a los incentivos, y que la racionalidad económica funciona hasta cierto punto, después de Tversky y Kahneman la mayoría de los economistas informados ya no confían en que los mercados y la mente de las personas se ajusten realmente al modelo del Homo Economicus.
El modo en el que percibimos y comprendemos el mundo está mediado por todo tipo de prejuicios y disonancias cognitivas. Universalmente, nos creemos mejores de lo que objetivamente somos. Debido a nuestra aversión natural a las pérdidas, tendemos a mantenernos en situaciones desventajosas que son causa de descontento. También somos hipócritas innatos, inclinados a interpretar la conducta y los planes de los otros como consecuencias de sentimientos irracionales o intenciones ocultas, mientras que nos agrada pensar en la honestidad y la racionalidad de nuestra conducta.
Del mismo modo, los consumidores tampoco funcionan como maximizadores de la utilidad (más dinero no siempre es idéntico a más felicidad), y las elecciones de compra están notablemente influidas por toda clase de prejuicios y respuestas emocionales.
En cuanto Homo Moralis, heredamos emociones que guían nuestras conductas. No necesitamos elaborar cálculos abstractos para cooperar o para actuar de acuerdo con criterios de justicia y bondad: en el nivel más elemental, la evolución ya ha hecho ese cálculo por nosotros asociando emociones positivas con la acción moral. Como primates singularmente evolucionados, estamos preparados para el comportamiento social y el altruismo. Algo que en absoluto habría sorprendido a Adam Smith, que ya había insistido en el valor de la empatía dentro de su Teoría de los sentimientos morales.
La evolución humana no está guiada por el egoísmo, sino por la necesidad de adaptación, y ser sociable es una estrategia estable de supervivencia. El altruismo recíproco y el “altruismo ciego” no son ilusiones de una voluntad ciega sino dispositivos en evolución compatibles con la mente humana. Las mismas áreas de la corteza prefrontal que se relacionan con la inhibición de las gratificaciones inmediatas, y por ello con el aumento de la “preferencia temporal”, están vinculadas con el comportamiento cooperativo, sugiriendo una relación muy estrecha entre economía y moralidad.
La mente del estado
El principal argumento contra los diseños utópicos (transhumanistas, libertarios de izquierdas, anarcocapitalistas &c) que auguran el fin de la política procede también de un enfoque evolucionista (adaptacionista) de la historia humana. Dada la ubicuidad de la organización política a partir de la revolución de la agricultura, aproximadamente hace 10 o 12.000 años, lo más sensato es suponer que se trata de una adaptación genuina, y no un “ruido” histórico, o bien un resultado asombroso de la deriva azarosa.
Tengamos en cuenta que en la actualidad sólo unas pocas sociedades sin estado habitan el planeta, ocupando además las zonas que las sociedades con estado desprecian (ésta es una razón por la que resulta arriesgado extender la analogía de los cazadores-recolectores modernos al paleolítico, cuando este modo de organización ocupaba todo el planeta).
Parecidos prejuicios cognitivos a los que conspiran contra el orden extendido de las economías de mercado, operan también en contra del estado que cuestiona los lazos naturales de cohesión social entre familias extendidas y bandas. La razón, de nuevo, radica en la historia de nuestra evolución. Las más sofisticadas jefaturas paleolíticas no desarrollaron ningún sistema político central, y de hecho elaboraron complicados mecanismos cognitivos y epigenéticos que precisamente servían para evitar la acumulación y capitalización del poder. La política, tal y como lo ha explicado el antropólogo Pierre Clastres, no existía en nuestro pasado paleolítico como un órgano de poder separado de la sociedad.
Para Michael Shermer, la generalización del libre mercado no se puede extender hasta el punto de destruir otro tipo de vínculos sociales, políticos y legales necesarios. Nos propone una combinación de conservadurismo fiscal y liberalismo social para asegurar el capitalismo democrático en un mundo que no está habitado por ángeles ni buenos salvajes:
"Para mantener un mercado justo y libre, necesitamos estados políticos basados en el estado de derecho, con derechos de propiedad, un sistema bancario y monetario seguro y fiable, estabilidad económica, una infraestructura fidedigna, protección de las libertades civiles, un medio ambiente limpio y seguro, y varias libertades: de movimiento, de prensa, de asociación y de educación. Necesitamos un ejército robusto para proteger nuestras libertades de los ataques de otros estados. Necesitamos una potente fuerza policial para proteger nuestras libertades de los ataques de personas dentro del estado. Necesitamos un sistema judicial efectivo para reforzar las justas leyes."
(1) Michael Shermer es autor de varios libros y el editor de Skeptic magazine, dedicado a la crítica de las pseudociencias.
(2) Según Tooby y Cosmides, “el uso de información contingente para la regulación de la conducta improvisada que se adapte exitosamente a las condiciones locales”
(3) En una conferencia de 1996, escribía: “Para decirlo de modo más dramático, no somos ángeles caídos sino monos erguidos. Esta toma clave de conciencia cambia todas nuestras remotas asunciones sobre nosotros mismos. Iluminados así por vez primera, la historia y el comportamiento humano se vuelven comprensibles como nunca antes. A esta transformación radical, que ha alcanzado su cumbre en la mitad de los años noventa, la llamaré La Segunda Ilustración Evolucionista. Puesto que se encuentra basada en el conocimiento científico plenamente probado, predigo confidencialmente que deslumbrará y superará claramente a la Ilustración del siglo XVIII.”
Bilbao. Febrero de 2008
...............................
Fuente: Hojas de Siracusa
Imagen: Comercio mundial
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