Dr. Ricardo Capponi, psiquiatra
Los seres humanos somos una sumatoria de aspectos maduros, un poco inhibidos, de repente con tendencias adictivas y raramente con perversión. Todos son modelos de sexualidad que plantea el psiquiatra Ricardo Capponi para explicar cómo podemos ir caminando hacia una sexualidad que permita cumplir el reto de este siglo: mantener una sexualidad de calidad con la misma pareja durante toda la vida.
Hay
un tremendo desafío en el siglo XXI. Y éste consiste en la humanización
del amor, llamado amor sexual maduro. El desafío no sólo consiste en
mantenerse atraído con el cuerpo del otro durante años, sino disfrutar
del sexo con el otro durante toda la vida.
Antiguamente las
parejas no se planteaban este desafío. Las mujeres no tenían acceso a
una buena sexualidad y la estructura machista permitía que el hombre
tuviera una sexualidad paralela con alguna cortesana o amante donde de
alguna manera vaciaba su excitación sexual.
Esto
cambia cuando la mujer se integra a la sociedad, exige sus derechos, y
empieza además a tomarse conciencia de la sexualidad en el desarrollo
mental. Es sólo a fines del siglo XX que empieza a construirse la
relación de pareja en que, además de la sexualidad de calidad, se busca
tener una calidad en el vínculo, lo que nos lleva al terrible dilema que
podríamos llamar la monogamia única para toda la vida.
No
hay recetas, porque además la sexualidad es una vivencia tremendamente
privada y cualquier receta que dé puede ser extemporánea. Como es una
vivencia personalizada requiere elaboraciones y pensamientos propios, y
no me refiero a algo racional, sino a una aproximación afectiva,
intelectual, emocional, personal y con la pareja.
Sabemos
que la condición biológica que nos ofrece la excitación sexual es una
vía para resolver una serie de angustias que tenemos los seres humanos
por el solo hecho de existir. Hay varios términos para hablar de este
mecanismo, pero el que uso se llama herida narcisista. Se trata de una
herida, una falta, que sentimos por no ser completos.
En
la vida tratamos de suplir estas heridas narcisistas con diferentes
cosas: el trabajo, el arte, el afecto, el sexo. ¿Cómo lo hacemos? El
sexo nos permite mitigar los sentimientos de omnipotencia, idealización,
grandiosidad, que tenemos los seres humanos y que hemos ido
construyendo desde la infancia hasta la adultez.
Pero
ésta primariamente es una solución sexual primitiva que requiere de un
trabajo para llevarla hacia una sexualidad madura. Porque mientras más
primitiva sea la solución, más perversa es la sexualidad. Mientras más
madura sea la solución, más normal es la sexualidad.
Nuestra
sexualidad puede ir desde el polo de lo primitivo hacia el polo de lo
más maduro, y éste es un tremendo reto. Podemos vivir en el infierno de
la perversión - si es que hemos tenido una historia compleja- o de lo
adictivo, en que podemos tener un deseo erótico de calidad - es decir,
ser buenos para hacer el amor- , pero con incapacidad emocional, o
llegar al estado de amor sexual maduro, que es finalmente el estado en
que el sexo se pone al servicio de la construcción de una relación en
fidelidad con un vínculo enriquecido.
En
general, los seres humanos somos una sumatoria de aspectos maduros, un
poco inhibidos, de repente con tendencias adictivas y raramente con
perversión. Pero todos éstos son modelos. Lo maravilloso de la
sexualidad es que podemos poco a poco ir creciendo, teniéndolo además
presente para la educación sexual de nuestros hijos, de modo que no les
entreguemos una sexualidad en extremo liberal - porque los haremos caer
en la sexualidad adictiva- , ni en exceso inhibida porque tampoco podrán
lograr la sexualidad madura en libertad.
¿Cómo
son los mecanismos de la sexualidad perversa, la adictiva, la inhibida,
la normal? ¿Cómo se logra una vida sexual que se acerque lo más posible
a la madurez?
Los
modelos que propongo, ojalá, que de alguna manera descoloquen y
confundan. Mientras más confundido se quede, mejor será porque significa
que se tendrá que pensar, y cuando se piensa es cuando se produce el
cambio mental; y si se produce un cambio mental, se produce el cambio de
actitud, y entonces hay crecimiento y desarrollo.
El sentimiento de omnipotencia: primera herida narcisista
Vivir
significa un esfuerzo, para lograr el alimento para la subsistencia
básica, la protección frente a las amenazas del medio ambiente. Nos
implica un trabajo, por lo tanto, un displacer. Frente a ello,
construimos fantasías de omnipotencia: que nos tomamos un año sabático o
nos ganamos la lotería.
En
el área de la sexualidad, las fantasías de omnipotencia poseen
características propias que podemos clasificar en perversas, adictivas,
inhibidas o maduras.
La
solución perversa: El perverso busca resolver su herida narcisista de
omnipotencia de una manera primitiva. El encuentro sexual es vivido con
conductas que llevan a un dominio absoluto del otro, el que es usado a
su total disposición como un objeto material sin vida propia. Los
derivados agresivos se infiltran de tal modo que el amor y el odio están
confundidos y el placer sexual está teñido de descargas destructivas.
La
adictiva: No es tan extrema la agresión, aquí el vínculo sexual está al
servicio de demostrar superioridad. Se busca tener el cuerpo del otro,
pero sin conquistarlo afectivamente, sin preocuparse del otro, es decir,
sin hacer un trabajo emocional. Esta solución omnipotente se da
habitualmente en sujetos con una vida afectiva inestable, en personas
que tienen múltiples parejas y en hombres machistas que usan a su pareja
para reafirmar una inseguridad latente de sus sentimientos de potencia
viril.
La inhibida: En este estilo no se puede usar la
erotización al servicio de sentirse conquistador(a), por lo que se va
produciendo una inhibición que se traduce en ausencia de conductas
erotizadas, lo que lleva a empobrecer el repertorio sexual. Esta
incapacidad está ligada con dificultades en el manejo de la agresión,
muy típico en las mujeres, por mala identificación con la figura
paterna, temor a la figura masculina, tendencia al sometimiento. O
también por prohibiciones extremas en la expresión sexual, especialmente
en la época del autoerotismo.
La
madura: Es el grado más evolucionado al poder integrar este sentimiento
rico de omnipotencia en el encuentro sexual. En este estilo se accede
al contacto con los deseos primitivos de controlar, dominar y ejercer
poder sobre el otro - con toda la gratificación que significa cumplir
esta fantasía de omnipotencia- , pero dentro de un proceso en que los
sentimientos amorosos y de preocupación por el otro van morigerando las
tendencias más agresivas de despreocupación y del uso del otro como un
objeto sustituible. En este estilo se va construyendo una alternativa de
placer sexual vinculado de una manera más flexible, sin daño,
provocándose placer el uno al otro, con la confianza de que el amor
mutuo está por sobre las formas más agresivas.
Estas
formas lúdicas en el encuentro sexual de dominio–sumisión son citadas
en el milenario Kamasutra, que no es un libro de perversión, ya que el
punto es cómo es integrado por la pareja, y cómo ésta se pone de acuerdo
en ciertos elementos que le parecen excitantes... Porque les recuerdo
el desafío: tratar de mantener una sexualidad de calidad con la misma
pareja y entretenida para toda la vida, considerando que el promedio de
vida está en los 85 años.
Conciencia de imperfección: segunda herida narcisista
La
sensación de imperfección es una herida que nos acompaña toda la vida.
Por ejemplo, en las actividades que emprendemos y no nos resultan.
Sucede también en lo físico. Nos sentimos plagados de defectos. Esta
sensación de imperfección se hace más intensa en la medida en que nos
comparamos con otros modelos que idealizamos.
En
la excitación sexual, se amplifican los mecanismos de idealización. Uno
se idealiza a sí mismo cuando se excita, e idealiza también el cuerpo
del otro. De este modo, transitoriamente, se puede negar la
imperfección. Mientras vivimos el encuentro erotizado, la sensación de
poseer a alguien perfecto resulta un bálsamo para nuestra herida
narcisista. Ahora, nuevamente, según el grado de rigidez de agresión con
que vivamos esto, será la mejor o peor, la calidad de esta vivencia.
La
solución perversa: El perverso idealiza el dolor, la agresión y la
angustia erotizando el dolor en el goce masoquista, la agresión en el
goce sádico, y la angustia en el goce vinculado al riesgo vital.
La
adictiva: Se idealiza la forma perfecta del cuerpo del otro pero
exclusivamente en cuanto a su apariencia externa. Se goza con él en la
medida en que ese cuerpo cumpla con los requisitos estéticos que la
sociedad propone, que hoy está asociado a lo juvenil y estrictamente
sensorial. En este caso, la calidad del deseo erótico es frágil, porque
carece de la fuerza y solidez que da la ligazón afectiva y emocional con
el otro. La fuerza de la atracción sensorial se desgasta y por ello la
variación es el sello que caracteriza al adicto sexual. El Don Juan se
cautiva con la mujer idealizada, la que pierde su encanto con el
desgaste y por eso debe ser sustituida.
La
inhibida: No hay capacidad para vivir la idealización, lo que a la
larga genera apatía. Se usa la idealización solamente en relación con
elementos emocionales y afectivos. Hay mujeres, por ejemplo, que les
cuesta idealizar el cuerpo físico de su pareja. Lo que idealizan es su
personalidad, pero sin lo sensorial.
La
madura: En el estilo maduro la excitación sexual amplifica los aspectos
hermosos del cuerpo, vinculado con una geografía de significados
personales, producto de muchos momentos compartidos. Se idealiza un
sentido. Al hombre o a la mujer se le encuentra bello porque hay todo un
compartir, una historia, un aspecto afectivo y tierno que permite que
el otro resulte atractivo. Un significado donde el otro aparece deseable
no sólo por su perfección corporal externa, sino por su personalidad,
los recuerdos, el compromiso, el pasado en conjunto. En definitiva,
porque se es capaz de apreciar una estética del mundo interno de la
pareja. Esta, ahora, se extrapola a la anatomía de sujeto. De ahí, se
pasa al cuerpo, y se hace deseable. Ésta es la idealización que
contribuye a mantener el deseo sexual de la pareja a pesar de los años. Y
se puede hacer el amor, a pesar a veces del deterioro y la limitación.
Sensación de pequeñez: tercera herida narcisista
La
sensación de pequeñez es consustancial al ser humano. Siempre
necesitamos un proceso de crecimiento para conseguir lo que queremos. El
dolor y la frustración que significa ser pequeño y tener que hacer un
penoso camino para llegar a ser grande, adulto, moviliza un deseo
natural de querer saltárselo para llegar al tiro al final del camino.
La
solución perversa: La excitación sexual aquí aparece como la
posibilidad de construir una sensación de grandiosidad que nos instala
en un lugar privilegiado sin hacer ningún esfuerzo. Es decir, se vive la
sexualidad al servicio de la negación de la diferencia que hay entre
una generación y otra. Es el caso de la pedofilia, por ejemplo, en que
se niega la diferencia en forma tan grotesca que se usa la excitación
sexual para investir como objeto de deseo a un niño que no ha crecido lo
suficiente.
La
adictiva: Soluciona la herida de pequeñez evitando el proceso de
trabajo emocional que significa la entrega sexual mutua, es decir, el
otro es usado como un objeto desechable. No es necesario construir una
relación con el cuidado, preocupación, afecto. Más bien el acento se
pone en la seducción con el fin de obtener un trofeo que engrandezca la
vanidad, usando la excitación sexual como una vía para alcanzar la
posesión del otro: Ahora es mío, ahora es mía.
La
inhibida: La persona tiende a sentirse culpable por ser un adulto con
derechos. Esta inhibición se da en hombres y mujeres hiposexuales, poco
motivados al placer erótico por un sentimiento de culpa. Muchas veces
una educación muy represora les ordenó que debían portarse bien, no
explorar, ni aventurarse en un mundo que es exclusivamente de los
mayores.
La
madura: Es típicamente lúdica. Se incorporan a la vida sexual todos los
derivados relacionados con la conquista fácil, con el acceso al otro en
forma automática, con las más variadas maneras de obtener placer por el
placer. Son las parejas que a veces tienen encuentros sexuales de
cualquier manera, en cualquier lugar, de manera rápida, en un juego
erótico en donde ellos han podido integrar esta forma adulta de hacer el
amor. Le agrega así salsa a su vida sexual. Estas parejas tienen la
sensación de control y de poder vivir esto como un juego porque junto
con esto, en otros momentos, en forma alternante o simultánea, son
capaces de disfrutar con un proceso amoroso, con una conquista gradual,
centrada en el otro.
El anhelo de lo prohibido: cuarta herida narcisista
Un
elemento que contribuye al deseo de transgredir proviene del hecho de
que el deseo sexual se desarrolla desde la infancia en un clima de puras
prohibiciones, entonces la mente siempre está buscando qué podría hacer
para transgredir.
La
solución perversa: La excitación se logra montando un escenario que
permite revivir los momentos de frustración con carácter de víctima,
masoquista, para enseguida pasar a un escenario inverso, en que aparece
el dominar e imponerse. Esta práctica, donde gusta transgredir llevando
las cosas al extremo, se ha empezado a dar con mucha frecuencia en
sociedades como la americana y europea, en que incorporan terceros a la
relación de pareja, o intercambios de parejas. Son fantasías
tremendamente perversas que las parejas habitualmente no pueden tolerar
terminando en la separación.
La
adictiva: Es menos grave que la perversa, pero también muy complicada.
Atrae o seduce aquel o aquella que no me pertenece, que es pareja de
otro, por el solo placer de arrebatarlo. El deseo se alimenta casi
exclusivamente por el placer de romper la norma. La fantasía de triunfo y
venganza es lo que impregna la relación. Una vez que se consiguió lo
que se perseguía, viene el aburrimiento porque la relación se asentaba
sólo en el deseo de ocupar el cuerpo del otro para mi propio provecho.
Ésta es una pésima solución en la sexualidad que se traduce en la
búsqueda indiscriminada de pareja llevando a la promiscuidad. Se da en
donjuanes y adolescentes, además de parejas que intentan combatir el
tedio de una relación que está perdiendo la pasión abriéndose a
aventuras a terceros.
La
inhibida: En este caso se evita todo contacto con fantasías eróticas en
las cuales aparezcan terceros. Hay sensación inmediata de que a eso no
se tiene derecho, porque es un pecado de pensamiento. El problema es que
eso llena de angustia, celos, inseguridades y más que contribuir al
deseo, lo inhibe. El acceso a escenas que activen deseos a mayor
intimidad sexual, más que despertar curiosidad de seguir explorando,
producen sensaciones que paralizan.
La
madura: El transgredir adquiere un carácter simbólico en un marco de
una sana moral en común. Se va creando un clima de complicidad en que la
pareja explora nuevas fronteras del placer. En la sexualidad madura,
asimismo, se integra un disfrutar promovido por los aspectos
complementarios de la identidad, es decir, el hombre con sus aspectos
femeninos y la mujer con sus aspectos masculinos. Al hombre le resulta
estimulante una mujer que tiene cierta rudeza, iniciativa, a veces hasta
con toques de agresividad. Y a la mujer le encanta también la capacidad
femenina del hombre de ser tierno, amoroso, adecuadamente conquistador.
La dolorosa soledad: quinta herida narcisista
En
la medida que los seres humanos experimentamos de niños el estrecho
apego con la madre y la padre, nos quedan recuerdos imborrables de
plenitud. Pero nuestro desarrollo nos exigió ir abandonando estas
relaciones tan apegadas para lograr un grado cada vez mayor de autonomía
en nuestro desarrollo. Esta separación nos ha ido dejando recuerdos de
intensa soledad.
Cuando
estamos en el cuerpo de otro se disminuye el sentimiento de soledad,
generando una sensación de pertenencia mutua que calma esta angustia
básica. Este es uno de los aspectos más bonitos del encuentro amoroso.
La
solución perversa: Lo que hace es fundirse y confundirse de tal modo
con el otro que se elimina la separatividad; el otro no es un otro. En
la ninfomanía, por ejemplo, donde no hay capacidad de comunicación
verbal o mental, lo que interesa es meterse en el cuerpo del otro.
La
adictiva: No tiene tolerancia a la separación, lo que lleva a vivir la
soledad con altos niveles de angustia. Se busca el vínculo sexual como
una forma de unión que alivia transitoriamente. Esto es lo que se llama
la adicción sexual.
La
inhibida: No usa la excitación sexual como un medio para tranquilizarse
frente a la soledad. Su actitud es de rechazo al contacto de piel. La
sensación de perder la noción de sí mismo provoca que cueste dejarse
llevar en forma total durante el acto sexual, por eso sus parejas se
quejan de falta de sincronía, como si no alcanzaran el mismo ritmo.
La
madura: Permite usar la excitación al servicio de vivir
transitoriamente como un juego el estado de completa fusión, pudiendo
luego recuperar la propia individualidad sin sufrir intensas angustias,
culpas o estado melancólicos. Se goza del encuentro total mitigando la
soledad y dejando un gratificante recuerdo de contención, lo que como
consecuencia consolida el vínculo.
Ricardo Capponi.











Malena el 10 de Marzo de 2010









Pareja y Sexualidad
Este nuevo sitio de reflexión tiene el objetivo de ampliar y profundizar en algunos de los temas de pareja y sexualidad que ya hemos visto en nuestros Blogs, pero tocaremos también otros totalmente nuevos.
Hablaremos de cómo elegimos pareja, de cómo saber si somos compatibles, de mitos en torno al amor y el sexo, de las etapas del amor, de fidelidad y celos, de nuestro cerebro enamorado, de comunicación y negociación, de separación, de cómo ser padres después de la separación, de psicoeducación, de terapia, de disfunciones sexuales y de tantos otros temas muy interesantes.
Leer en
"Hablemos de Pareja y Sexualidad"
Manuel
Gracias por el apoyo!
PSICOLOGÍA Y MÁS / Blog de Alejandra Godoy Haeberle