La organización innovadora es aquella con capacidad de aprender y con potencial creativo para hacerlo. Es aquella que facilita el aprendizaje por el trabajo colaborativo, los intercambios interdisciplinares.
Por Marcelo Lasagna, mlasagna@buengobierno.org
El domingo, “El Mercurio” publicó una encuesta sobre cómo somos los chilenos. El sondeo nos clasificó entre ocho tipos de persona, que van desde los sobrevivientes hasta los innovadores. Las otras categorías eran: conformistas, activos, derrotados, creadores, esforzados, aspiracionales y triunfadores.
No es mi intención analizar la encuesta en sí, sino aprovecharme de un dato que me pareció preocupante para dar respuesta a la pregunta que encabeza este artículo.
De los ocho tipos de personas, existe una que logró un resultado tan insignificante que ni siquiera apareció ranqueada: el innovador. Casi no existen los innovadores en el país, según el estudio. En ningún estrato socioeconómico aparece ese tipo, ni siquiera en el alto, donde uno podría suponer que se da el ecosistema para que habite esta rara avis chilensis.
El lunes, desayunando con mi amigo Javier Martínez, le comenté dicha encuesta y su desasosegante corolario, al menos para mí, porque tengo la convicción de que sin innovación no es posible el progreso, y sin innovadores no hay innovación. Javier, con la agudeza que le caracteriza, me apostilló: “No es que no seamos innovadores, todos podemos serlo, lo que pasa es que la educación que recibimos inhibe la innovación”.
La educación que recibimos no crea los incentivos para innovar, sino para seguir las reglas que se nos dictan. Quienes más se ciñen a ellas son mejor evaluados. En las organizaciones ocurre otro tanto. Se establecen los procedimientos que se han de seguir, castrando la creatividad y, por tanto, la innovación. Los directivos piensan lo que otros ejecutan. Ésa ha sido la máxima del management científico. Pero en la economía del conocimiento esto no sirve. Y esto, por cierto, no ocurre sólo en Chile. Pero, ya sabemos: “Mal de mucho consuelo de tontos”.
Sin embargo, esta realidad es por completo contradictoria con nuestra naturaleza. Estamos equipados genéticamente para ser innovadores. Como todos los seres vivos. Las bacterias, por ejemplo, son las maestras de la innovación. En su mundo, cuanto mayor es el grado de incertidumbre, mayor es el ritmo de mutación y cambio. Los humanos hemos llegado al estado actual de nuestra evolución mediante el despliegue constante de prácticas innovadoras. La vida es la mejor maestra para el cambio, dicen con solidez Margaret Wheatley y Myron Kellner-Rogers.
Cuando contemplamos el entorno natural que nos rodea, vemos que el cambio, la adaptación y la creatividad son constantes. Pero nuestras organizaciones parecen incapaces de adaptarse a él. No es tampoco que ellas no puedan desarrollar este atributo, sino que sus estructuras, tal como han sido concebidas, no lo permiten. La innovación y el cambio emergente surgen en un entorno que lo propicia y lo facilita. No basta con desear y proclamar la innovación para que se produzca, sino que debe existir un contexto que despliegue ese potencial de cambio que llevamos en nuestro registro genético.
En otras palabras, mientras más parecidas a la vida sean nuestras organizaciones, más preparadas estarán para la innovación. Esto significa comprender a las organizaciones en términos de redes complejas de cooperación y asociación más que como sistemas de control y dominación donde se optimizan las personas. La innovación surge de la interacción entre ellas. Pero para que ocurra debe haber un contexto que lo facilite.
Se dice que la innovación es 2% de inspiración y 98% de transpiración. Clarísimamente requiere un trabajo duro y permanente. La vida nos lo ha enseñado mediante la diversidad y el ensayo-error. La organización innovadora es aquella con capacidad de aprender y con potencial creativo para hacerlo. Es aquella que facilita el aprendizaje por el trabajo colaborativo, los intercambios interdisciplinares, las narrativas, el simbolismo y muy especialmente la confianza entre los colaboradores.
No es que los chilenos no seamos innovadores, sino que no lo estamos siendo dado que nuestras organizaciones y nuestro sistema educativo no fomentan la creatividad y el surgimiento de la novedad. Cambiar esas estructuras es un desafío enorme y una prueba de innovación gigantesca. Ponerse al frente de ese desafío es otro ejercicio: el de la valentía de asumir los riegos del cambio, abandonando prácticas a veces bien establecidas.
La Nación 20070726
Fotografía: http://www.aplik.cl/imagenes/innovacion.jpeg
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