Los Enemigos de la Imaginación
Por Ricardo López Pérez
“El poeta del futuro superará la deprimente idea del divorcio entre acción y sueño”. André Bretón
La
modernidad llegó a tener tal confianza en la razón que se sintió
autorizada para despreciar otras propiedades del espíritu. En sus
célebres Meditaciones Metafísicas, por ejemplo, Descartes
descalifica resueltamente a la imaginación. Luego de establecer sobre
bases estrictamente racionales el fundamento de todo conocimiento
verdadero, y la misma existencia de Dios, afirma que ya no necesita la
imaginación. Reconoce la fuerza de imaginar como algo que efectivamente
existe en él, pero la concibe como algo muy distinto del ejercicio de
la razón: “Así conozco que necesito una particular contención del
espíritu para imaginar, la que no hace falta para concebir; y esta
particular contención del espíritu muestra evidentemente la diferencia
que existe entre la imaginación y la intelección o concepción pura. (…)
Observo, además, que esta fuerza de imaginar que existe en mí, en
cuanto es diferente de la potencia de concebir, no es de ningún modo
necesaria a mi naturaleza o a mi esencia, es decir, a la esencia de mi
espíritu; pues, aunque no la tuviese, no hay duda que seguiría siendo
el mismo que soy ahora, de donde parece que se puede concluir que
aquella depende de una cosa que se distingue de mi espíritu”.
El implacable optimismo cartesiano, expresado sin reserva en su Discurso del Método,
lo hizo decir que la razón es la cosa mejor repartida del mundo,
naturalmente igual en todos los hombres, y presente toda entera en cada
uno. A la vista de la increíble diversidad de los hombres y las
sociedades, Descartes no vuelve atrás y más bien prepara el camino para
su propuesta de un método absoluto: “La diversidad de nuestras
opiniones no proviene de que algunos sean más razonables que los otros,
sino sólo de que conducimos nuestros pensamientos por diversos caminos
y no consideramos las mismas cosas. Pues no es suficiente tener buen
espíritu, lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son
capaces de los mayores vicios lo mismo que de las mayores virtudes; y
los que sólo avanzan lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen
siempre el camino recto, que los que corren y se alejan de él”.
La
diversidad es un espejismo, no hay mérito en ella. La experiencia
particular que lleva a cada hombre a situarse de un modo propio frente
a los hechos no tiene sustento ni es inevitable. Descartes apuesta al
“camino recto”, al método seguro que permite utilizar toda la razón,
que conduce sin sombras al mismo destino. La razón, y sólo ella, es el
apoyo legítimo de la interpretación de lo real: “Habiendo una sola
verdad de cada cosa, cualquiera que la encuentre sabe acerca de ella
todo lo que se puede saber”.
El cartesiano Nicolás Malebranche recoge las ideas de su maestro y las proyecta en su tratado La Búsqueda de la Verdad,
en donde caracteriza a la imaginación, los sentidos y las pasiones como
obstáculos que la razón está obligada a superar para poder alcanzar la
verdad.
Por la misma época, comienzos del XVII, el filósofo
inglés Francis Bacon está convencido de que el conocimiento es poder.
Supone que se puede controlar la naturaleza, y hasta darle órdenes,
mediante el descubrimiento de las leyes fundamentales que la gobiernan.
En su libro Novum Organum propone un nuevo método para alcanzar
un conocimiento seguro, científico, verdadero, apoyado en la
observación y la inducción. Se muestra convencido que a partir de estas
prácticas rigurosas se pueden superar los distintos obstáculos que
hasta ese momento han frenado la búsqueda del conocimiento. En su
entusiasmo, Bacon llega también a descalificar a la imaginación,
diciendo que ésta difícilmente produce ciencia, de modo que “debe
entenderse más bien como placer o juego de ingenio antes que como
ciencia”.
El paso del tiempo no mejora las condiciones para la imaginación. El ilustrado Jean D’Alambert escribe en el Discurso Preliminar de la Encyclopédie:
“Estas tres facultades forman por lo pronto las tres divisiones
generales de nuestro sistema y los tres objetos generales de los
conocimientos humanos: la Historia, que es cosa de la memoria; la
Filosofía, que es fruto de la razón, y las Bellas Artes, que nacen de
la imaginación. Si ponemos la razón antes de la imaginación, es porque
este orden nos parece muy fundado y conforme al progreso natural de las
operaciones del espíritu: la imaginación es una facultad creadora; el
espíritu, antes de pensar en crear, comienza por razonar sobre lo que
ve y lo que conoce. (…) En fin, si examinamos los progresos de la razón
en sus operaciones sucesivas, nos convenceremos más aún de que aquélla
debe preceder a la imaginación en el orden de nuestras facultades”.
Los
resultados del espíritu humano quedan ordenados de manera esquemática,
a partir de una distinción trivial en la cual a la imaginación le toca
una parte menos destacada. Poco después, en el XIX, Auguste Comte
todavía cree tener buenas razones para rebajar la imaginación. En
momentos en que el progreso continuo seguido por la historia, según su
particular interpretación, materializa el “régimen definitivo de la
razón humana”, la imaginación queda sin remedio ubicada en una
condición subordinada. Así lo expresa en el Discurso Sobre el Espíritu Positivo:
“Cualquiera que sea el modo racional o experimental de llegar a su
descubrimiento, su eficacia científica resulta exclusivamente de su
conformidad, directa o indirecta, con los fenómenos observados. La pura
imaginación pierde irrevocablemente su antigua supremacía mental y se
subordina necesariamente a la observación, de manera adecuada para
construir un estado lógico plenamente normal”.
La razón es
superior, la imaginación carece de méritos: así queda establecido
después de una larga tradición en que la racionalidad hace su
despliegue hasta un punto en que ya no tiene contrapeso. Pero esto no
casual, este proceso tiene una larga historia; una profunda
desconfianza en la imaginación apareció tempranamente con Platón, y se
encuentra expresada de modo muy visible en su proyecto de una República
ideal, en donde los poetas están excluidos. Platón encarna un rechazo
resuelto que alcanza a los antiguos poetas y también a los nuevos:
tanto Homero como los poetas trágicos caen bajo la racionalidad
excluyente del filósofo, quien considera negativo el hechizo provocado
por los versos y la natural emoción que resulta de la expresión
poética. Su energía crítica se dirige a rechazar las aplicaciones
educativas de la poesía y deriva en un pronunciamiento favorable a la
censura. Sus objeciones apuntan a destacar que los poetas presentan el
mundo de los dioses de manera desformada, lo que se traduce en una
influencia negativa para los jóvenes. No se trata de una cuestión
estética, sino de carácter formativo. Se encuentran en La República,
numerosos pasajes en los cuales se refleja su clara voluntad de
desaprobación y censura: “Estos versos y otros similares, pediremos a
Homero y a los demás poetas que no se encolericen si los tachamos, no
porque fuesen no poéticos y agradables a los oídos de los demás, sino
porque, cuando más calidad poética tengan, tanto menos pueden
escucharlos los niños o los hombres. (…) Por estos motivos hay que
poner término a mitos semejantes, para no producir en nuestros jóvenes
una gran facilidad para el mal”.
Así, con estos antecedentes,
el clímax de esta secuencia llegará inevitablemente y se produce cuando
se asimila razón, ciencia y conocimiento. La ciencia se auto concibe
como el grado más alto de conocimiento posible; como el conocimiento
por excelencia, y como una actividad que progresa por acumulación,
convencida de que puede lograr la objetividad a partir de observaciones
neutrales, junto con un máximo de capacidad predictiva y de control.
Hoy,
sin embargo, resulta evidente que una mirada tan dicotómica es inútil.
Esa línea larga, de Platón al positivismo, que se esforzó por hacer de
la imaginación una facultad sospechosa, no puede ocultar el hecho de
que las ideas que han moldeado la cultura occidental no han surgido del
método científico, sino de la inteligencia creadora. La ciencia es una
empresa humana de inconmensurables proyecciones, por su amplio impacto
para la sociedad, pero está muy lejos de ser una expresión en línea
causal con la razón y la lógica. No puede ser completo un enfoque que
enfatiza la importancia de la razón como una empresa autónoma, ajena a
la imaginación, la fantasía o la divergencia.
Se hace necesario
un enfoque desde la creatividad, y una estimulación de la imaginación.
Un enfoque que se haga cargo del hecho de que las nuevas ideas, con
frecuencia rechazadas, no son simplemente el resultado de procesos
pautados. Es preciso, por ello, prestar atención a las formas del
pensamiento divergente: a ese tipo de pensamiento capaz de romper
estructuras, abrir recorridos no previstos, e incluso acercarse al
absurdo. Razón e imaginación, lógica y fantasía, no son extremos
excluyentes.
Alguna justificación tenía André Bretón, cuando
entrado ya el siglo XX emprendió una apasionada defensa de la
imaginación. En sus Manifiestos del Surrealismo podemos leer: “Tan solo la imaginación me permite saber lo que puede llegar a ser,
y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta,
también, para que me abandone a ella, sin miedo al engaño. (…) “No será
en miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la
imaginación”.
Autor: Ricardo López Pérez
Doctor en Filosofía con Mención en Epistemología de las Ciencias Sociales por la Universidad de Chile.
jun. 01 , 2009
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Fuente: La Tercera
Ilustración: Einstein
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Así es la vida, estimado Adolfo. Pero"un resbalón no es caída", dicen en mi tierra. Y has publicado algunos posts excelentes.
Otro abrazo.
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