Los mitos de Internet
Estamos
ante algo más profundo: el rechazo de los mayores, de las elites y de
las instituciones de la vieja sociedad a las tecnologías, y modos de
relación de la sociedad que nace y vive en los jóvenes.
Por Manuel Castells
Los
medios de comunicación españoles se han hecho amplio eco de los
resultados de la investigación que hemos terminado en la Universitat
Oberta de Catalunya (UOC) después de seis años de trabajo.
Se
trata de uno de los estudios más exhaustivos que se hayan hecho, tanto
en el ámbito catalán como en el panorama internacional, sobre los usos
de Internet en la sociedad, las empresas y las instituciones. Y, a
través de este hilo conductor, sobre la emergencia de una nueva
sociedad, la sociedad red, con características propias en Cataluña pero
siguiendo en líneas generales el patrón de transformación detectado por
la investigación académica en el conjunto del mundo.
Ahora
bien, lo que me parece más significativo al respecto no es tanto la
investigación en sí, que podrá consultarse en la web de la UOC y en
siete libros que se hallan en vías de publicación, como la sorpresa que
ha causado en la sociedad, reflejada en los titulares de los medios, un
resultado banal: esto es, que Internet no aísla ni aliena, sino que
incrementa la sociabilidad y la actividad de las personas en todas las
dimensiones de la vida. Y digo banal porque es una conclusión a la que
ha llegado sistemáticamente la inmensa mayoría de las investigaciones
científicas y encuestas rigurosas realizadas sobre los usos de Internet
en el mundo.
Entre
otros, el World Internet Survey que realiza periódicamente Jeff Cole
desde la University of Southern California (antes lo hacía desde la
UCLA) por medio de encuestas a muestras representativas de 22 países,
incluida España. Asimismo, en mi libro “La galaxia Internet” publicado
en 2001 (en castellano y catalán) sinteticé los datos existentes sobre
el tema hasta entonces y que iban en el mismo sentido.
Podría
aburrirles en este artículo con decenas de referencias científicas que
convergen hacia ese resultado. Internet es un espacio de relación
social y comunicación directamente vinculado con lo que hacemos en
nuestra vida. Es, de forma creciente, un medio fundamental de nuestra
vida social, de nuestro trabajo, de nuestras empresas, de nuestro
sistema educativo, de nuestras instituciones, exceptuando los grupos de
edad más avanzada a los que hay que dejar tranquilos si no quieren
alterar sus hábitos de vida para adaptarse a un mundo que
fundamentalmente no es el suyo (otra cosa es que tengan el derecho y la
oportunidad de digitalizarse si así lo quieren).
De
modo que los usuarios más activos y frecuentes de Internet, cuando se
comparan con los no usuarios, son personas más sociables, tienen más
amigos, más intensidad de relaciones familiares, más iniciativa
profesional, menos tendencia a la depresión y al aislamiento, más
autonomía personal, más riqueza comunicativa y más participación
ciudadana y sociopolítica.
Así es en Cataluña y en todo el mundo.
Estamos muy lejos de la imagen generalizada en la percepción de la
sociedad, y por tanto de los medios de comunicación, del internauta
activo como un ser cortado de la realidad, aislado en el mundo virtual,
incapaz de vivir una vida normal de relación y, en definitiva, medio
chiflado y potencialmente peligroso.
Sensación
de peligro que se extiende a Internet como universo poblado de virus,
pederastas, spam, porno, falsedades, hackers, crackers y otras gentes
de mal vivir.
Que todavía esté difundida esta imagen deformada y
errónea, a pesar de toda la evidencia contraria, en un mundo en el que
hay más de mil millones de usuarios de Internet, y en un país, Cataluña
en que hay 54% de la población que son usuarios (42% usuarios activos),
proporción que sube a 88% entre los menores de 25 años y que se sitúa
en 60% en los de menos de 40 años y en 41% en los de menos de 55 años,
implica un grave desfase entre la realidad de la sociedad red en que
vivimos y la percepción con que la vivimos.
¿De
dónde, entonces, proviene esta disonancia cognitiva? En parte, existe
un sesgo de los medios hacia la publicación de informaciones alarmantes
por aquello de que sólo es noticia lo que son malas noticias; por
ejemplo, que nuestro equilibrio mental y el de nuestros hijos están
gravemente amenazados por las tecnologías. Pero no hay que echar la
culpa a los periodistas que, simplemente, reflejan el sentimiento de la
sociedad y también las rotundas afirmaciones de una serie de
seudoexpertos desconocedores del nuevo entorno, que lo denuncian sin
datos rigurosos aprovechando un contexto en el que las tertulias
sientan cátedra en mucha mayor medida que la academia.
En
realidad, estamos ante algo más profundo: el rechazo de las personas
mayores, de las elites de poder y de las instituciones y organizaciones
de la vieja sociedad a las tecnologías, culturas y modos de relación de
la sociedad que nace y que ya vive plenamente en los jóvenes. Y es que
Internet es, ante todo, instrumento de libertad y espacio de
comunicación autónoma, tal como lo demuestra la investigación.
Y
como el poder, desde siempre, se ha fundado en el control de la
comunicación y la información, la idea de perder ese mismo control
resulta simplemente insoportable. Tanto en la política como en los
medios de la comunicación de masas -la televisión tradicional sobre
todo- o en la industria cultural basada en el monopolio de los
productos culturales con fines de ganancia. Pero como a decir verdad no
se puede prescindir de Internet, se intenta acotarlo en sus usos y
deslegitimarlo en su desarrollo en las nuevas formas, aun más potentes,
del Web 2.0, como YouTube o Second Life, además de buscar, con escasa
eficacia, formas de censurar y reprimir.
Y
debido a que la gente de mayor edad se siente insegura en un mundo en
el que la comunicación y la información dependen de tecnologías que les
son ajenas y que, en cambio, son el entorno natural de sus nietos,
existe una gran masa susceptible de ser influenciada por las historias
de horror acerca de la red.
De
hecho, nuestra encuesta muestra que el miedo a Internet existe, sobre
todo, entre quienes nunca lo han usado. Es ese miedo a lo desconocido
sustentado en los intereses comerciales y políticos que Internet pone
en cuestión con su dinámica de autonomía y libertad, factor que
alimenta el temor a la virtualización de nuestras vidas y convierte en
titular el resultado más banal de nuestra investigación: que nuestra
existencia es a la vez virtual y presencial, que las dos dimensiones se
entreveran en todas nuestras prácticas y que la ampliación de nuestras
posibilidades de expresión extiende y enriquece nuestro ser social.
Bienvenidos al mundo que ya es el nuestro, bienvenidos a la cultura de la virtualidad real.

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