Creo que en el actual estado de la inteligencia colectiva de la humanidad a las dictaduras ya no le es posible controlar el pensamiento de la genta, pero la tentación de controlar algún aspecto del comportamiento de la sociedad está presente en la mayoría (¿o todos? los gobiernos.
La tecnología de la información y las comunicaciones (TICs) es una herramienta formidable que en el corto o mediano plazo estará al alcance -o estará en contacto de alguna forma- con casi toda la población mundial. Y si no se puede controlar lo que se piensa, entonces el "poder" se siente tentado a controlar, al menos, lo que se lee y lo que se escribe.
Por lo menos en Chile esa tentación se hace evidente cuando repasamos la historia que hay detrás de estos dos artículos que recomiendo leer: "Lo que mal empieza...", en El Francotirador, de Christian Leal y "Cambio de Secretario Ejecutivo de la Estrategia Digital ¿Era realmente necesario?", en Cultura Digital, de Pedro Huichalaf.
Cualquiera similitud con la novela "1984" de George Orwell, en el artículo siguiente, es pura casualidad
PRIMERA PERSONA
Think crime
Dejar de pensar es terminar por admitir que las cosas son como son y no cabe siquiera concebir que puedan ser de otro modo. Lo cual puede ser razonable tratándose de lo que está más allá de nuestras capacidades.
Por Edison Otero
Como se sabe, la expresión proviene de la
novela "1984", del británico George Orwell (1903-1950), y puede
traducirse como "crimen de pensamiento". En el Estado totalitario
descrito por Orwell no hay crimen mayor que pensar por sí mismo y,
claro, pensar de manera distinta a la ideología oficial. Para no
quedarse en las puras amenazas, este Estado ha creado un Ministerio del
Pensamiento, encargado de establecer qué es lo que puede pensarse. Escrita un año antes de su muerte, retrata y anticipa las peores
aprensiones asociadas a estados obsesionados por controlar ciudadanos.
Orwell tenía material de sobra en su época, se tratara del derrotado
régimen nazi alemán, la experiencia china, la dictadura española
(contra la que Orwell combatió), el régimen estalinista o el imperio
colonial británico de ultramar del que fue funcionario. Así, "1984" es
un signo de su tiempo y también expresión de su mejor conciencia.
Algunos se han entretenido en llamar la atención sobre el papel que
Orwell asigna a la tecnología en el aparataje y funcionamiento de su
Estado totalitario; como se recordará en la casa o el departamento de
cada habitante hay una pantalla que tiene la propiedad de transmitir la
propaganda oficial. Pero al mismo tiempo la pantalla permite a los
funcionarios del Ministerio del Pensamiento vigilar a sus súbditos en
la intimidad. Una vigilancia tal es el ideal de cualquier régimen policíaco. Pero
en el caso del Estado totalitario de Orwell, el objetivo es alcanzar
hasta la mente del ciudadano y controlarla, en la convicción de que
aunque se pueden vigilar los movimientos de las personas, acciones,
desplazamientos de un lugar a otro, relaciones que cultiva con otras
personas, no hay manera eficiente de gobernar completamente el
pensamiento ajeno por todo el tiempo. La moraleja es que no hay nada
más temible que el pensamiento, y éste siempre puede descubrir las
grietas en cualquier sistema de creencias o ideas. Porque sólo obedece
a sí mismo. Por eso no hay ningún otro derecho tan decididamente tal
que el de pensar libremente. Y la prueba de ello es el encono y la
fiereza con que los estados autoritarios tratan de impedir que la gente
tenga ideas distintas o encuentre el espacio y el valor para ponerse a
pensar. Pensar es recuperarse a sí mismo e ir tras la única condición que
nos hace únicos. De allí el peligro de todos los intentos por que se
renuncie a esta facultad. No pensar, o dejar de pensar es, al fin y al
cabo, no hacerse preguntas, no interrogar las propias realidades, no
experimentar inquietudes, no sentir desazón por lo que resulta a la
vista contradictorio y falaz. Pero dejar de pensar es terminar por
admitir que las cosas son como son y no cabe siquiera concebir que
puedan ser de otro modo. Lo cual puede ser razonable tratándose de lo
que está más allá de nuestras capacidades: intervenir el cosmos, mover
montañas o secar océanos. Lo que no es razonable es creer que la sociedad en que se vive y la
organización que la caracteriza son cosas inamovibles. Ese rol perverso
lo han jugado muchas creencias, pero hoy lo sabemos porque otros se
pusieron a pensar. Se lo debemos a los pensadores de la Ilustración.
Sólo que hoy tenemos que enfrentarnos a otras creencias, igual de
perversas, que buscan lo mismo: que no pensemos y terminemos por creer
que así es como las cosas han de ser. Al poner en acción nuestra
capacidad de pensar, el velo empieza a levantarse. Nada es fatal, salvo la muerte. Lo demás es pensable, cuestionable,
revisable. Eso incluye todas las instituciones, reglas del juego,
organizaciones, compromisos, tratos, ideas. A 50 años de la novela de
Orwell, el crimen no es sólo pensar. El más grande de los crímenes que
cometemos con nosotros es dejar de pensar y enajenar nuestra
inteligencia y sensibilidad ante ídolos que tienen pies de barro. Tenía
razón el hermoso viejo Bertrand Russell: no hay nada que sea más
temible y liberador que el pensamiento. En particular cuando los
estados de hoy, aunque ya no se puedan tildar de totalitarios,
experimentan la misma tentación de invitarnos a evitar el esfuerzo de
pensar. Jueves 18 de diciembre de 2008 ........................ Fuente: La Nación (cl)
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