Modelos mentales en torno a los recursos humanos
Todos vemos el mundo a nuestra manera, y no somos siempre conscientes de la particularidad de nuestra percepción...; pero enfoquemos juntos el mundo de los denominados 'recursos humanos'.
Por Domingo Pedraza del Duero
Hay quienes ?nada que
objetar? utilizan el término “capital humano” como sinónimo del de
“recursos humanos” o del de “personas”, y por tanto hablan, por
ejemplo, de “gestionar adecuadamente el talento del capital humano”;
quienes advierten asimismo sinonimia entre el liderazgo y el coaching,
basándose en la afirmación de que un buen jefe-líder es aquel que sabe
extraer lo mejor de sus colaboradores-seguidores; quienes funden la
idea de la Sociedad de la Información con la de la Sociedad de la
Informática, e incluso parecen llegar a pensar que, en el denominado
e-learning, es la tecnología, y no la información, la que genera el
aprendizaje; quienes relacionan el talento con la inteligencia, y
quienes lo hacen con el inconsciente heredado, o adquirido a temprana
edad...
En verdad, no se sabe si hablamos de lo mismo, al utilizar idénticas
palabras: liderazgo, conocimiento, empowerment, coaching, habilidades
directivas, talento, valores, compromiso, comunicación, intuición,
productividad, innovación, e-learning, competencias, hábitos,
creatividad, integridad, competitividad... Aunque reflexionemos al
familiarizarnos con ellos, nuestra percepción de estos conceptos se
amolda, consciente o inconscientemente, a nuestros intereses,
creencias, deseos... En definitiva, cada uno de nosotros ve el mundo
?en este caso el mundo de los denominados “recursos humanos” en las
empresas? de modo muy particular, lo que probablemente dificulta el
entendimiento y la comunicación, considerando además nuestra extendida
torpeza conversacional (las excepciones me disculpen).
Nada nuevo hasta aquí: son los “modelos mentales” de que han hablado
tantos expertos, utilizando o no esta expresión, acuñada, al parecer,
por el psicólogo escocés Kenneth Craik hace más de 60 años. Nuestros
modelos mentales han de ser empero sometidos a revisión periódica, por
si nos desviáramos demasiado de las realidades; parece, sí, saludable
que contrastemos nuestros puntos de vista, que nos cuestionemos a
nosotros mismos, que lentifiquemos nuestras inferencias, que nutramos
nuestra objetividad.
A veces lo más sencillo es acudir a los expertos y ver qué piensan, o
qué dicen que piensan. Por ejemplo, sobre el liderazgo en la empresa se
han escrito muchos libros en las últimas décadas, y hay que suponer que
todos dicen cosas diferentes. Temo que cada experto tenga su propia
idea sobre el directivo-líder; pero es que también hay expertos que
tratan de asignar al directivo-líder todo lo bueno, y dejar fuera del
concepto de liderazgo todo lo malo. Otros no: otros hablan de líderes
truhanes, de líderes manipuladores, etc. Y otro apunte: no siempre
consigo distinguir si el mismo autor ve el liderazgo como posición, o
como relación. Y otro más: a veces me pregunto si los expertos quieren
arreglar el mundo, o vender más libros.
En realidad, a mí (según mis propios modelos mentales, seguramente muy
cuestionables) me parece que el mundo empresarial (me refiero ahora a
la denominada economía del conocimiento y la innovación) no debería
dividirse en líderes y seguidores, y ni siquiera en directivos y
colaboradores; creo que debería hablarse quizá de profesionales de la
gestión y profesionales técnicos, con sus respectivos grados de
séniores y júniores. Me parece una pena que impulsemos la figura del
profesional aprendedor permanente, y que luego las decisiones sean
tomadas por gestores, cuya función es cardinal pero cuyo conocimiento
técnico podría ser bastante inferior; una pena que en ocasiones parezca
valorarse más la obediencia que la inteligencia; una pena que se
desaproveche, cuando se desaprovecha, capital humano.
Sobre el liderazgo
Podría pensarse, sí, que la figura del jefe-líder viene a traer
precisamente esa apertura sugerida, esa saludable comunicación, ese
compartir de metas y responsabilidades, esa deseable sinergia en las
relaciones jerárquicas. Pero es que a veces leo definiciones tales
como: “un buen líder es aquel que consigue que sus colaboradores le
obedezcan convencidos y contentos”; “es aquel que consigue que los
colaboradores hagan lo que hay que hacer con naturalidad...”; “es aquel
que sabe extraer lo mejor de sus colaboradores”... Yo creo que aquí se
podrían estar escondiendo modelos mentales revisables, de cara a la
economía del saber y el innovar, y que también podría no ser así, sino
sólo en mi propia imaginación de observador. Intentaré concretar.
Debo decir que sé de magníficos expertos nacionales que no pertenecen a
este club, pero, siempre centrándome en lo que parece ser una especie
de establishment oficioso del management nacional (los autodenominados
Top Ten), y que reúne, en diferentes categorías, a prestigiosos
expertos, he encontrado, sí, definiciones que me resultan muy útiles
para hablar en este momento de modelos mentales. Dice (2008) por
ejemplo Sandra Díaz, consultora de Élogos destacada por el Top Ten
Management, en una ponencia que relata un caso de consultoría con un
cliente que quizá no debo citar: “Líder es quien consigue que los demás
hagan lo que deben hacer”. Y añade luego: “Su gestión está en medio de
un mundo imperfecto...”. Y más: “Es el referente que encarna los
valores...”.
Bien, el lector-directivo lo leerá y podrá quizá pensar: “Pues claro,
qué otra cosa decir de un directivo-líder. Cómo demonios van a hacer
los trabajadores lo que deben hacer, si nadie consigue que lo hagan:
necesitan un líder que lo logre... Apañados estaríamos. Si no se les
dijera exactamente qué hacer y cómo, harían cualquier otra cosa: son
imperfectos”. El modelo mental de la destacada consultora, puede que
como el de otros expertos del club, parece suponer, no sé si con
acierto en algunos casos, que el trabajador, falto de profesionalidad,
proactividad o protagonismo, es incapaz de llegar a ninguna meta sin un
líder que lo guíe, y que se asegure, tal vez y a la vez, de que no se
saldrá del “redil” (anagrama de “líder”).
Imaginemos ahora qué podría pensar, ante los mismos pronunciamientos,
un “seguidor” (elijo un perfil moderado, para no herir la sensibilidad
del espectador): “Caramba, diríase que seguimos instalados en la Teoría
X de McGregor... ¿No querrán decir capataz, en vez de líder? Si me
comunican la meta, incluso aunque no resulte muy atractiva, ya sé lo
que debo hacer y cómo, y no necesito líder; me tengo por profesional,
lo he demostrado, y soy, corcholis, capaz de hacer mi trabajo a pesar
de mi jefe. Yo no tengo más líderes que aquellos que yo elijo, por
muchos seminarios de liderazgo que mi jefe haga. O sea, que si lo hago
bien, el mérito será suyo, lo habrá conseguido mi jefe, que es el
perfecto; pues me limitaré a seguir sus instrucciones y que se joda.
¿Los valores? ¿Son los que mi jefe encarna, o son los de los pósteres?”.
En las creencias de este profesional técnico, podría haber cierta
prevención contra el ejercicio de la jefatura; pero, a la vista de las
definiciones de liderazgo que circulan, el modelo mental arraigado en
este trabajador podría consolidarse, en vez de modularse. A su vez, las
actitudes de los subordinados, derivadas del empeño en ver a los
profesionales como seguidores, podrían reforzar la adhesión de los
jefes a la vieja Teoría X. En conjunto, un paso... hacia atrás. Pero
esto es una conclusión mía, de mi propio modelo mental como observador;
reflexione, si lo desea, el lector.
Sobre los hábitos de conducta
Dejemos, sí, el liderazgo. Vayamos a la conducta, a los hábitos de
conducta que acompañarían la profesionalidad de los trabajadores y
directivos. Déjese guiar el lector por sus modelos mentales... Bueno,
de momento lo haré yo mismo, con mi propio significado para la
profesionalidad: uno debe esmerarse en el trabajo y no dar carpetazo a
una tarea, sin revisarla y sentirse satisfecho; uno debe dejar
respondidos cada día todos los mensajes de e-mail recibidos; uno debe
aprender algo de vez en cuando, tanto de entre lo que ya saben otros,
como de lo que todavía no sabe nadie; uno debe dedicar periódicamente
un rato a pensar en mejoras e innovaciones; uno debe ponerse a menudo
en la piel de sus clientes externos o internos, y aun de su jefe; uno
debe siempre pedirse un poco más a sí mismo... Nadie sería perfecto,
sino siempre perfectible, por hacer estas cosas, pero sí parecen buenos
hábitos, ¿no?
Al respecto debemos también acudir a los expertos, y yo sigo con los
Top Ten, cuyo prestigio parece indiscutible. Dice Javier Fernández
Aguado: “¿Cuáles son esos hábitos que la persona debería ejercitar en
el trabajo? Por señalar algunos: lealtad, sinceridad, puntualidad,
laboriosidad, reciedumbre, prudencia, saber estar, buen gusto,
responsabilidad, alegría, naturalidad, sencillez, generosidad,
magnanimidad, justicia, comprensión, paciencia, audacia, amistad,
valentía, buen humor, agradecimiento...”.
No sé si el subordinado reconocerá a su jefe en esta lista de hábitos
del profesor Fernández Aguado, y si el jefe reconocerá a sus
subordinados, pero a mí me parecen hábitos (o virtudes, o valores)
formulados desde otra perspectiva (distinta de la mía) del mundo
laboral, y llego a la conclusión de que, aunque no me lo había
planteado nunca, debo llegar cada día a la oficina y sentirme alegre,
pero responsable; manifestarme audaz, pero paciente; ser valiente, pero
prudente; ser justo, generoso, leal, sincero... ¿también aunque no lo
sean conmigo? Bien, no me lo planteaba pero, ahora que lo pienso...,
creo, sí, que tengo buenos hábitos, aunque pueda mejorar.
Lo malo es cuando el trabajador no sabe bien si su jefe lo evaluará por
la alegría, la prudencia, la generosidad, la puntualidad..., o lo
evaluará por la mera sumisión, o lo evaluará por los resultados
profesionales, o lo evaluará con criterios al gusto, aunque luego se
argumenten las evaluaciones acudiendo a valores, circunstancias,
coyunturas... Pero aquí estaba yo tratando de evidenciar modelos
mentales subyacentes, y no querría incurrir en digresiones.
¿Vemos al trabajador experto como un profesional, aprendedor
permanente, creativo, y alineado con la Teoría Y, cuya profesionalidad
deben las empresas catalizar y contribuir a nutrir? ¿Lo percibimos, por
el contrario, como una amenaza para la autoridad del jefe, cuyo
conocimiento técnico es limitado, porque lo suyo es la gestión? ¿Lo
vemos simplemente como un empleado, colaborador, subordinado, reducido
a seguir instrucciones sobre el qué y el cómo? ¿Debemos orquestar la
formación continua asegurando que nadie sepa más que su jefe? ¿Vemos al
trabajador como un individuo cuya profesionalidad relacionamos con la
alegría, la paciencia, el buen humor, la lealtad (no sé si, en su caso,
al cliente o al jefe), la gratitud...? ¿Quieren las empresas
trabajadores profesionales, o sólo prolongaciones manejables de los
jefes?
Sobre la formación continua
Dejemos los hábitos y las declaraciones de expertos, y vayamos, sí, a
la orquestación de la formación continua. Aquí parece haber un modelo
mental, tal vez muy extendido, que prevé que la empresa decida qué
cursos ha de hacer el trabajador, y el trabajador los siga, unas veces
convencido y otras, resignado. Quizá las cosas hayan cambiado, pero yo
(57 años), décadas atrás, veía con reservas los cursos a que se me
enviaba, y echaba de menos formación más relacionada con mi puesto de
trabajo o mis expectativas de desarrollo. Luego opté abiertamente por
el autodidactismo y por el aprendizaje informal. He venido siendo un
e-learner, pero como usuario de la gran plataforma “Google”. Observen
que, en relación con este tema, mi solución ideal, la que yo vería más
acorde con la economía del siglo XXI, habrá de nutrirse necesariamente
de mis experiencias, de mis intereses visibles o subyacentes, de mis
deseos; pero active el lector sus propios modelos mentales.
¿Hay en verdad otra forma de percibir o contemplar la formación
continua? Muchas. No querría desplegar aquí modelos teóricos para la
formación continua, a nivel nacional ni de empresa ?ni modelos para el
liderazgo?, sino modelos mentales con que se percibe o contempla el
mundo de los recursos humanos; porque, en verdad y desde los ojos del
aprendedor, la expectativa no parece verse satisfecha. Claro que habrá
trabajadores y directivos intermedios que no muestren suficiente afán
de aprender, y entonces de poco servirán los esfuerzos desplegados;
pero, quienes deseen aprender, ¿ven satisfecha su expectativa? Temo que
la satisfacen, o intentan hacerlo, desplegando grados de libertad, lo
que incluye el autodidactismo y el aprendizaje informal.
¿Debe la empresa controlar lo que el individuo ha de aprender, o esto
debe ser controlado por el propio individuo? Yo fui testigo, tiempo
atrás, de cómo áreas de formación de grandes empresas orquestaban
cursos según criterio propio o de la Dirección, y luego se convenían
con los jefes las inscripciones de los colaboradores; también fui
testigo de que, poco a poco, los propios individuos iban interviniendo
en la selección de sus cursos, pero temo que lo hacían con más
resignación que convicción. Actualmente, creo que hay ya más individuos
?trabajadores del conocimiento? interesados en aprender continuamente
para hacer su trabajo con mayor fluidez, como igualmente interesados en
que los procesos fluyan, y la organización gane en resultados y en
satisfacción profesional (productividad individual y colectiva).
Para estos profesionales aprendedores permanentes, el área de formación
debería estar a su servicio, y no al revés. No debería medirse la
formación en horas y euros, sino en aprendizajes alcanzados y
satisfacción de los usuarios; pero efectivamente la formación continua,
a nivel de empresa y a nivel nacional, parece medirse en horas y euros,
como pensando en los informes a presentar, y no genera los resultados
deseados en productividad y competitividad. Si preguntáramos a estos
profesionales ?directivos o trabajadores? cómo diseñarían la formación
continua para que contribuyera a la productividad y la
competitividad... Por eso no les preguntamos.
Al parecer, tampoco Taylor preguntó a los trabajadores para desplegar
el management científico, ni Mayo les preguntó, en sus experimentos de
Hawthorne, ni los líderes ponen mucho empeño en preguntar a sus
seguidores; debe ser mala práctica ésta de preguntar. Parece complicado
satisfacer las expectativas de los usuarios de la formación continua,
si no les preguntamos con autenticidad, desde una posición de servicio
y estableciendo antes el necesario clima catalizador. ¿Estoy yo, como
profesional técnico, al servicio del área de formación, para que puedan
reportar más horas de formación, o están ellos a mi servicio, para que
mi productividad mejore, y mejore también mi valor como “activo”?
Sobre las relaciones jerárquicas
Ya sé que les hablé párrafos atrás de líderes y seguidores, pero en
realidad creo que ningún directivo real, con sentido común, se siente
líder de nadie, y casi nadie se siente seguidor de su jefe; lo del
liderazgo es, sobre todo, cosa de las escuelas de negocios, de las
consultoras, de los gurús, de la literatura del management, de los
señores principales de las empresas... Si hay en la empresa unas metas
claras y atractivas, ya ejercen suficiente magnetismo y no se precisa
desplegar el liderazgo por la organización, salvo que hablemos de
autoliderazgo. ¿Cómo les han sentado estas últimas líneas? ¿Cómo lo ven
ustedes?
Pero sí que hay relaciones jerárquicas; relaciones jerárquicas en las
que los privilegiados no siempre desean ceder privilegios, por mucho
que se valore el trabajo del conocimiento en el siglo XXI, y que el
conocimiento resida en las personas y no en las TIC; relaciones
jerárquicas cuyo statu quo debería someterse a revisión. ¿Se trata aquí
de diferentes modelos mentales, o simplemente de un enfrentamiento de
intereses? La diferencia de dignidades entre jefes y subordinados se
había venido nutriendo durante mucho tiempo, aunque su materialización
evolucionara, y ya en la última parte del siglo XX ningún jefe gritara
en público a ningún subordinado, todos nos tuteáramos, etcétera.
A medida que el conocimiento técnico ha ido creciendo en importancia, y
los trabajadores han ido sabiendo más que sus jefes sobre muchas cosas,
éstos han tenido que idear métodos para reforzar sutilmente su
autoridad: con los cambios, llegaron las doctrinas y liturgias, en las
que los jefes iban de oficiantes y los subordinados, de pecadores,
herejes, infieles, ateos... El sumo pontífice (primer ejecutivo) hacía
pronunciamientos que luego eran recogidos en decálogos ?igual que los
productos se recogen en catálogos?, y había también confesiones
periódicas, en que los feligreses eran evaluados por su conducta, y no
tanto por sus resultados profesionales o empresariales.
Bueno, aquí me estoy dando cuenta de que quizá deba firmar con mi
seudónimo de otras veces, dado que, equivocado o no, estoy diciendo lo
que pienso, y como consultor debo servir a jerarcas doctrinales y dejar
a un lado mis creencias. Pero sigamos. Aquí hay dos grandes familias de
modelos mentales: la de los directivos y la de los dirigidos. Las
relaciones jerárquicas se ven diferente desde arriba y desde abajo:
diferentes modelos mentales y diferentes intereses.
Antes, tiempo atrás, el sometimiento doctrinal, junto a rasgos
profesionales ad hoc, podía verse premiado con la incorporación
paulatina a la congregación de mandos, jefes, directivos y ejecutivos;
pero es que ahora se habla de trabajadores del conocimiento, especie
extraña de trabajadores (ya aparecida en el siglo XX, aunque en áreas
más reducidas) que no presentan sed de poder, sino afán de saber. Temo
que no sepamos qué hacer con ellos, y mientras, queramos hacer bueno lo
que decía Pío Baroja sobre la sumisión. Bien, hoy es sábado y va a
empezar el partido del Sporting con el Atlético: gracias por su
atención. Recuerden que sólo pretendo hacerles reflexionar, si lo
desean.
Autor: Domingo Pedraza del Duero
.........................
Fuente: WinRed
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