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Pensamiento critico para el desarrollo personal y social


Gente incrédula
Por Edison Otero


Los espíritus críticos y escépticos se organizan y ocupan espacios. Menos románticos y optimistas que antes, han hallado en internet el sitio para congregar a sus iguales y sumar fuerza. Voltaire, Kant o Diderot, nuestros predecesores, estarían encantados.


En ninguna panorámica del pensamiento actual podría ignorarse la viva presencia del espíritu crítico, que se maneja con altas dosis de incredulidad, no acepta cualquier argumento de buenas a primeras y exige las necesarias evidencias para creer esto o aquello.

Sólo que en las décadas recientes, venciendo su atávica inclinación al aislamiento y la individualidad, y dejando de exhibir meramente la disposición que se espera de cualquier pensador considerado en términos individuales, el pensamiento crítico da muestras de movilización sostenida, de dinámica colectiva y de empeño en el que se involucran muchos.

Uno de los líderes es Michael Shermer, californiano nacido en 1954. Amén de sus capacidades como escritor, sicólogo experimental e historiador de la ciencia, es fundador de La Sociedad de los Escépticos y editor de su revista. Ha conducido experiencias televisivas y es columnista habitual de Scientific American. Ex fundamentalista en materia religiosa, es autor de un libro muy al estilo de la filosofía crítica de todas las iniciativas que emprende.

Con el título de "Por qué la gente cree cosas raras", y el subtítulo de "Pseudo ciencia, superstición, y otras confusiones de nuestra época", las emprende contra la astrología, la brujería, la creencia en los extraterrestres, el continente perdido de la Atlántida y una colección de temas típicos de la gente crédula.

El antídoto de Shermer es, por supuesto, el escepticismo, entendido no como postura filosófica en materia de conocimiento sino como actitud, la disposición a aceptar como verdadero lo que cuenta con la suficiente evidencia y, viceversa, rechazar o suspender el juicio allí donde la evidencia no alcanza el peso necesario o simplemente no existe.

No es accidental que el libro -de 1997- esté explícitamente dedicado a Carl Sagan (1934-1996), probablemente la figura intelectual y espiritual más significativa de los pensadores críticos. Ninguno ha dejado de leer "El Hombre y sus demonios. La ciencia como luz en la oscuridad", ni de admirar su conferencia "Las responsabilidades del escepticismo", un verdadero manifiesto en el ámbito.

El que un científico como Sagan ejerza este liderazgo se explica porque los críticos y escépticos coinciden en que la ciencia es lo que más se parece al ejercicio intelectual tal como ellos lo entienden. Tampoco por mera coincidencia, Sagan llena la portada del más reciente número de la revista Skeptic, de marzo pasado.

En el intento por cubrir el escenario entero, no se puede ignorar a Robert Todd Carroll, autor del "Diccionario escéptico", cuyo subtítulo es "Una colección de creencias extrañas, decepciones divertidas, e ilusiones peligrosas", con cerca de 400 definiciones y artículos sobre lo oculto, esotérico y seudocientífico. Es un registro abarcador. Director del Departamento de Filosofía en el Sacramento City College, mantiene el sitio web www.skepdic.com, que recibe masivas visitas mensuales. Es autor del libro "Convertirse en un pensador crítico: Una guía para el Nuevo Milenio".

Ser incrédulo en los términos ya definidos implica reconocer la importancia del pensamiento crítico para la educación, el desarrollo personal y la ciudadanía, que el corazón de la educación está en la investigación, el aprendizaje y el pensamiento más que en la acumulación de habilidades disgregadas e inconexas e información que se torna obsoleta rápidamente.

Significa admitir, en una sociedad que tiene de modo progresivo a la información como insumo fundamental, el valor de las competencias de evaluación crítica de ella, de la credibilidad de las fuentes de las que proviene y su uso eficaz en el desempeño profesional. Y aceptar la importancia del pensamiento crítico para evaluar la evidencia y su valor como antídoto del sesgo en nuestras opiniones y creencias.

Los espíritus críticos y escépticos se organizan y ocupan espacios. Menos románticos y optimistas que antes, han hallado en internet el sitio para congregar a sus iguales y sumar fuerza. Voltaire, Kant o Diderot, nuestros predecesores, estarían encantados con socios contemporáneos como éstos.

Jueves 28 de agosto de 2008


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Fuente: La Nación

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