Por La Petite Claudine
¿Lees artículos interesantísimos de los que luego no recuerdas nada? ¿Zapeas de enlace en enlace y te olvidas de dónde o porqué empezaste? ¿Pierdes interés después del tercer párrafo? ¿Has cambiado la ficción por el ensayo o hace más de seis meses que no lees un libro?¿Se te va la mañana en Facebook,Twenty, Twitter, Flickr, eBay, Tumblr, Myspace o Youtube? ¿Compruebas la bandeja de correo constantemente? ¿Comes delante del ordenador?
Si la respuesta a tres o más de esas preguntas es sí, bienvenido al club: Internet te ha vuelto hiperactivo. Si no desaceleras y empiezas a leer libros de nuevo, te condenarás a un modelo de pensamiento superficial, basado en las decisiones instantáneas y la falta de concentración.
Eso es lo que dice Nicholas Carr, miembro de la liga All Star de periodistas de Nueva Economía y reciente autor de The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains, donde explica que nuestros hábitos en la Red son lo suficientemente sistemáticos, repetitivos e instantáneos para reamueblar nuestro mapa neuronal y reprogramar nuestro proceso de pensamiento de manera casi irreversible.
Cuando leemos en Red, explica Carr, nuestro cerebro está demasiado ocupado decidiendo si pincha o no en los enlaces, ignorando los anuncios y valorando el interés de los otros titulares para prestar atención a lo que lee, sin mencionar la interrupción constante de nuestros avisos de actualización (RSS, correo, SMS, etc). Al segundo párrafo nos impacientamos porque el navegador nos recompensa con deliciosas endorfinas cada vez que descubrimos algo nuevo, aunque sea irrelevante. O, en lenguaje psiquiátrico, cada vez que pinchamos un enlace recibimos una sardina.
Leemos más que nunca pero no nos enteramos de nada, porque, como le ocurre al protagonista de Mad Men, ya sólo nos gustan los principios de las cosas. Todo lo que no nos proporciona la satisfacción inmediata de lo fresco, el subidón de lo nuevo o la velocidad de una introducción nos resulta insoportablemente aburrido.
Hay quien piensa que Carr es un ludita viejuno y que, al dejar que la tecnología dictamine nuestros hábitos de trabajo y de ocio, aumenta nuestra capacidad para utilizar dicha tecnología, somos mejores en Google, más rápidos encontrando lo que buscamos, más efectivos encontrando agujas entre la paja. ¿Para qué saber cuando se puede encontrar?
Pero en esa carrera loca, advierte Carr, sacrificamos nuestra capacidad de hacer algo con esa información, abandonando los procesos congnitivos que llegaron a nosotros con la popularización del libro y que tienen que ver con la adquisición de conocimiento, la creatividad, el pensamiento crítico, la originalidad, el análisis y la reflexión.
Paradojicamente, The Shallows se lee en un suspiro porque salta de la historia del libro a lo último en neurología como quien va de pestaña en pestaña, y ejecuta perfectamente la habilidad de decirte algo que ya sientes que es verdad, que el navegador se está quedando los mejores años de nuestras vidas y que todo lo que antes era importante -lo íntimo, lo reflexivo- ahora lo es menos, todo lo que antes era accesorio -lo popular, lo social- se ha vuelto esencial.
Pero el tono también resulta incómodamente familiar: siempre que una tecnología altera nuestros paradigmas sociales, alguien se marea y vomita en el coche.
Jose Luis Brea celebraba, en su muy imprescindible Cultura_RAM (Gedisa, 2007), la transición de una memoria ROM (de almacén, de disco duro, estática) a la memoria RAM (de proceso, activa, de interrelación, producción y análisis) donde todos los monumentos del conocimiento caerán destronados por “la carga de potencia del instante presente”. Pero Jose Luis Brea no pasaba ni la décima parte del tiempo navegando que paso yo.
Será que Internet es como todo: si te pasas, no vale.
MAS: El articulo que originó el libro, Is Google making us stupid? (y tambien en cristiano)
LPC en Diciembre 13, 2010
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Fuente: La Petite Claudine
Imagen: Adicto
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Nuestro cerebro se está encogiendo
Nuestro cerebro se está encogiendo: ¿Somos cada vez más estúpidos?
07 ene. 2011 -
Publicación: 05/01/11 10:45 AM
A pesar de que muchos pensarían que la evolución de la humanidad es una constante ineludible, y que el crecimiento de nuestro cerebro es una prueba de ello, lo cierto es que la realidad dista de estas afirmaciones, o al menos de una de ellas. Por un lado se ha comprobado que el tamaño del cerebro no es proporcional a la inteligencia desarrollada por el animal o la persona en cuestión, pero también es cierto que la inteligencia de ciertas especies parece tener alguna relación con sus dimensione cerebrales.
Reflexiones en torno a este fenómeno se han revitalizado tras la confirmación científica de que el cerebro humano se encuentra en un franco proceso de encogimiento. El hombre de Cromagnon, que habitó hace aproximadamente 25,000 años ostentaba el mayor cerebro que haya poseído cualquier versión humana. En contraste, actualmente las personas tenemos un cerebro al menos 10% menor que el de nuestros lejanos ancestros.
Hasta ahora los investigadores no han podido determinar con precisión cuáles son las implicaciones de esta tendencia registrada a lo largo de milenios. Existen algunos que consideran que, contrariamente a lo que nuestro ego evolutivo ha supuesto a lo largo de la historia, tal vez en realidad estemos inmersos en un proceso de “estupidización”. El científico cognitivista David Geary, afirma que la complejización de nuestra sociedad, proceso acompañado por el surgimiento de múltiples comodidades, ha provocado que los individuos requieran de menos inteligencia para sobrevivir y que a causa de esto quizá la sabia naturaleza este limitando nuestras capacidades.
En contraste a la postura de Geary, Brian Hare, antropólogo del Instituto de Ciencias cerebrales de la Universidad de Duke, cree que el encogimiento de nuestro cerebro en realidad refleja una ventaja evolutiva. “Un cerebro más pequeño es una muestra de selección contra la agresión. Otra forma de decirlo es que aumenta nuestra tolerancia” afirma Hare en entrevista con NPR.
De acuerdo con esta segunda teoría, cuando una población experimenta este proceso de selectividad evolutiva para reducir su nivel de agresión, esta navegando hacia la domesticación. Como ejemplo Hare cita los estudios que ha realizado con chimpancés y bonobos. Los segundos tienen un cerebro más pequeño y son mucho menos agresivos. Y mientras ambos tienen la habilidad cognitiva para resolver un rompecabezas, los chimpancés no pueden lograrlo si se trata de trabajar en equipo mientras que los bonobos si acceden a la coordinación colectiva en trono a un objetivo compartido.
Pero más allá de la disyuntiva alrededor de las dimensiones cerebrales y su relación con un grado mayor o menor de inteligencia dentro de una especie, parece que esta discusión debiese ser aprovechada para detenernos un instante a reflexionar sobre la actual condición humana y en consecuencia contrastarla con momentos anteriores de nuestra historia. Tal vez la mejor variable que podríamos utilizar como criterio para evaluar objetivamente nuestra evolución como raza humana es la calidad de vida. Y si analizamos objetivamente la circunstancias del escenario actual la comparación parece no ser tan favorable.
El lúcido teórico de los medios, Douglas Rushkoff, hace énfasis de su libro Life Inc en el hecho de que, contrariamente a lo que nos enseñan en la escuela, durante la Edad Media la población promedio, al menos en lo que se refiere al “mundo occidental” gozaba de una mayor calidad de vida que la disponible hoy en día. Y como argumentos menciona el hecho de que la gente de la Europa medieval estaba mucho mejor alimentada que la media del actual occidente. Pero además, nuestros antepasados del medievo disfrutaban de una vida con menor estrés, mantenían una relación mucho más saludable con el entorno natural y, por si fuera poco, disponían de mucho más tiempo libre para dedicar a actividades recreativas y familiares. Todos ellos factores que podrían sugerir una calidad superior de vida que la nuestra a pesar del paraíso artificial de lujos y comodidades que nos hemos esforzado por construir en la actualidad.
Tomando en cuenta lo anterior, y sumándole distintos factores que padecemos hoy como una decadente alimentación cuya calidad es cada vez más amenazada por el desarrollo de transgénicos y la inclusión de hormonas, un desarrollo tecnológico que invariablemente privilegia los objetivos bélicos, una sobredosis de estímulos culturales que parecierán estar destinados a confundir el espíritu, y el surgimiento de nuevas y sofisticadas enfermedades relacionadas a pésimos hábitos cotidianos que hemos adoptado como parte de un estilo de vida contemporáneo, lo cierto es que bien podríamos pensar que nosotros, los humanos, hemos sido capaces de construir con nuestra existencia un espectacular monumento a la involución.
Y más allá de especulaciones, lo cierto es que ante la interrogantes “¿Somos cada vez más estúpidos?” responder es tristemente difícil.
Con información de NPR
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