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Una situación frecuente

Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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La Infoxicación en la Era de las Interrupciones y la Infomanía

Enviado por Manuel Gross el 23/11/2010 a las 12:02
Manuel Gross

 

infoxication.jpgInfoxicación

Por María Gabriela Ensinck

 

Vivimos permanentemente conectados, inmersos en un mar de datos y con poco tiempo para procesarlos. Los especialistas ya hacen su diagnóstico: intoxicación de información, el gran síntoma de estos tiempos

 

 

Tell a Friend

 

Antes de Internet, Jorge Luis Borges imaginó la Biblioteca de Babel, donde se almacenaban todos los libros existentes en un laberinto interminable de galerías hexagonales. Hoy, en la era digital, cada año se genera más información que la existente desde que comenzó a escribirse la historia de la humanidad.

 

La explosión de las redes sociales, la fotografía y el video digital, el auge de la telefonía móvil, el e-mail y la navegación web han expandido la información digital hasta límites insospechados.

 

Sin embargo, más información sólo provoca mayor confusión, puesto que bloquea la capacidad de análisis y procesamiento. Y la intoxicación informativa está ligada a otra patología asociada: la ansiedad por informarse, o infomanía, que se caracteriza por la búsqueda constante de estímulos informativos, y una agobiante sensación de angustia y vacío que es necesario llenar con... más información.

 

Diversos estudios advierten que los centenares de mensajes que cada día saturan las casillas de los empleados son una de las principales causas de estrés en las empresas. De acuerdo con Rescue Time, una organización dedicada a investigar la incidencia de la tecnología en los hábitos de las personas, quienes trabajan frente a una computadora se detienen a revisar su bandeja de correo electrónico unas 50 veces por jornada.

 

La mayoría de la gente destina hasta dos horas por día a limpiar y ordenar sus casillas de mail, y en muchos casos duplican ese promedio. Hay quienes experimentan una compulsión a leer sus correos y se angustian ante la posibilidad de perder un mensaje importante. Padecen el síndrome de ansiedad del e-mail (e-mail anxiety), un mal que se agrava por el uso masivo de dispositivos móviles.

 

Los especialistas en salud laboral acuñaron un nuevo término para referirse a los adictos a su teléfono inteligente: los crackberries. Son los que no pueden dejar de contestar llamadas, o enviar y recibir mensajes desde sus aparatitos sin importar el momento y el lugar: lo hacen en medio de una reunión, una conferencia, en el cine y hasta en el baño.

 

Sin llegar a casos extremos, lo cierto es que el exceso de estímulos informativos genera estrés y aturdimiento. Sobre todo aquellos más veloces, como los flashes informativos televisivos, las alertas de noticias que se reciben en la computadora o en el móvil, y los mensajes de la red social Twitter -utilizada por más de 80 millones de usuarios para contar en 140 caracteres lo que están haciendo.

 

Según un estudio publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences, el bombardeo de mensajes que hoy se multiplica a través de las redes sociales anula la capacidad de empatía y de discernimiento moral que requieren las decisiones humanas. Aquella información instantánea y carente de contexto, que busca llamar la atención y conmover al receptor, termina logrando lo contrario: la disfunción narcotizante de la que hablaba Paul Lazarsfeld, uno de los teóricos pioneros de las ciencias de la comunicación.

 

La pulsión por estar todo el tiempo conectado a una pantalla (sea televisor, computadora o teléfono móvil) encierra el peligro de desconectarse y perder la noción de la realidad, advierten los psicólogos. "El brillo de la pantalla tiene un efecto hipnótico", dice José Sahovaler, médico psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, y advierte sobre el aumento de las ciberadicciones, sobre todo en los adolescentes.

 

La era de las interrupciones

 

Las TIC (tecnologías de la información y comunicaciones) invadieron el ámbito laboral, de estudio y también la vida familiar y privada de las personas. Gracias a una enorme batería de recursos on-line, tenemos una sensación de omnipresencia divina que nos permite estar "todo el tiempo en todos lados". Pero la realidad es que nunca estamos completamente en ninguno.

 

Los ejecutivos, provistos de poderosas laptops y teléfonos inteligentes, atendiendo llamadas en medio de las reuniones y contestando mensajes a bordo de un taxi o en la sala de espera del dentista, son el paradigma de la eficiencia corporativa. No obstante, según Rescue Time, el 28% del día laboral en las empresas se malgasta en interrupciones que no son urgentes ni importantes y en retomar el hilo de lo que se estaba haciendo. El tiempo dedicado a la creación productiva, como la redacción de un correo importante, ocupa el 25% de la jornada. Un 20% se destina a mantener reuniones, otro 15% a buscar información, y sólo queda un 12% del tiempo para pensar y planificar el negocio.

 

De acuerdo con un informe de IORG (Information Overload Research Group), una organización creada por compañías tecnológicas, como Intel, IBM, Microsoft y Xerox, entre otras, "luego de cada interrupción puede tomar hasta 25 minutos en retomar el hilo de lo que se estaba haciendo". El principal peligro de las interrupciones es el deterioro que provocan en la memoria de corto plazo, ya que se comprobó que el 40% de las veces la tarea inicial queda olvidada por el trabajador, que es arrastrado por una oleada de nuevas tareas.

 

La sombra del pasado digital

 

Hoy, la descomunal expansión del universo de bits y bytes no tiene tanto que ver con los textos, sino con las imágenes: fotos y videos que cada usuario sube a Internet, y las que toman las cámaras de seguridad y dispositivos de vigilancia públicos y privados. Menos de la mitad de la información digital acerca de una persona (la "huella digital") es creada en forma activa por cada individuo. El resto corresponde a información en registros financieros, listas de mailings, búsquedas en la Web e imágenes obtenidas por dispositivos de seguridad. Esta parte de la información personal en el ciberespacio, denominada "sombra digital", es la que más rápidamente crece y menos control tiene por parte de los individuos.

 

Cada vez que subimos un video o una foto, escribimos un comentario en una red social o alguien lo hace por nosotros, el dato queda registrado en forma indeleble. Muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes, no son conscientes de esto. Pero cada vez más empleadores buscan postulantes a un trabajo por medio de Google y los sitios de redes sociales. Aquello que ahora nos resulta gracioso, en el futuro podría volvérsenos en contra. Por culpa de Internet, el pasado que nos condena está siempre a un par de clics.

 

Lo que escasea es la atención

 

La superabundancia y disponibilidad de la información han convertido lo que era un recurso escaso y valioso en un commodity, cuando no directamente en basura. Hoy lo que realmente escasea es la atención.

 

A medida que se multiplican los contenidos en Internet, la capacidad de leerlos decae. "El promedio de lectura de un texto en la Web no sobrepasa las 200 palabras", destaca un informe de la consultora Jacob Nielsen. La paradoja es que, cuanto más hay para leer, menos se lee.

 

Para algunos especialistas, como Manuel Castells, de la Universidad de California del Sur, los jóvenes de hoy (nativos digitales) tienen una estructura de pensamiento fragmentada, menos profunda pero más creativa, ya que están acostumbrados a saltar de un tema a otro, como al navegar por Internet a través de hiperlinks o hacer zapping. Ante la multiplicidad de estímulos, captar el interés de usuarios y consumidores es un tremendo desafío. Para tomar cualquier decisión, la información disponible satura e inmoviliza. No hay tiempo para analizarla, cotejarla, digerirla. Todo parece igualmente importante y urgente, y muchas personas, para combatir la parálisis que esto les genera, optan por ocuparse de todo al mismo tiempo. Practican el multitasking: la capacidad de hacer varias cosas a la vez.

 

Según IORG, "cada empleado suele trabajar con ocho ventanas de su navegador abiertas y no se detiene más de 20 segundos en cada una de ellas". Al mismo tiempo, atienden llamadas en el teléfono fijo y envían mensajes a través del celular. Cuando van a las reuniones, aprovechan para navegar en la web y contestar mensajes desde sus dispositivos portátiles. Lo más probable es que, al terminar el encuentro, nadie sepa a ciencia cierta de qué se habló. La paradoja de la sociedad de la información es que, de tan abundante, terminamos desinformados.

 

Por María Gabriela Ensinck

 

revista@lanacion.com.ar

 

Que el olvido también tenga lugar en Internet

 

Al igual que Funes el Memorioso, Internet es incapaz de olvidar. Como el personaje de Borges, los navegantes incautos corren el riesgo de quedar atontados en un mar de datos y bits, incapaces de discriminar lo importante de lo superfluo.

 

Esta saturación informativa genera algunas voces de alarma. Como la de Viktor Mayer-Schönberger, especialista de Harvard en temas de privacidad y protección de datos: él es partidario de que la información volcada a la Web tenga fecha de vencimiento, como los yogures.

 

"Durante milenios, recordar la información era caro, llevaba tiempo, y olvidarla era lo natural. En la era digital pasa lo opuesto: el almacenamiento barato en computadoras, los procesadores poderosos y la generalización del acceso a Internet hacen que recordar sea la norma", dice el investigador.

 

Por eso propone que los usuarios establezcan un plazo de validez de sus archivos digitales, de modo tal que se borren automáticamente una vez caducado. Tras reunirse con ejecutivos de Google y Microsoft, Schönberger señaló que en el buscador están dispuestos a almacenar las búsquedas por 24 meses y en la compañía fundada por Bill Gates lo harían por 18 meses antes de borrar todo rastro.

 

Cinco razones para intoxicarse con datos

 

1. Acopiamos más información de la necesaria porque creemos que así tomaremos mejores decisiones.

2. Recibimos a diario gran cantidad de datos que no hemos pedido ni nos resulta útil.

3. Buscamos información de sobra para justificar nuestras acciones.

4. Guardamos textos, fotos, archivos en general, por si nos resultan útiles en el futuro.

5. Nos gusta utilizar la información para enrostrársela a nuestros colegas.

Del blog: infomania.com

 

No sucumbirás a la avalancha

 

  1. Suscribirse a RSS para obtener en un solo sitio los titulares actualizados de los temas de interés, sin necesidad de navegar por distintos blogs y páginas web.
  2. Organizarse para la lectura de información en horarios determinados.
  3. Mantener una lista diaria de tareas y prioridades laborales y personales.
  4. Desactivar el aviso de entrada de los mails cuando debemos terminar una tarea.
  5. Tratar cada mensaje electrónico una sola vez: leerlo, responderlo o reenviarlo y borrarlo inmediatamente.
  6. Crear carpetas para organizar la información que llega por correo electrónico. Al principio parece engorroso, pero ayuda a ahorrar tiempo de búsqueda.
  7. Redactar los e-mails en forma breve y sin preámbulos.
  8. Propiciar el apagado de celulares y dispositivos portátiles durante las reuniones. De este modo se evitan los malentendidos por distracciones, y los encuentros se vuelven más rápidos y productivos

 

Domingo 1 de agosto de 2010

 

………………………………….

 

Fuente: La Nación  

Imagen: Infoxication  

 

Tell a Friend

 

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Más información, menos conocimiento

Enviado por el 22/08/2011 a las 17:54
Manuel Gross

Más información, menos conocimiento

 

MARIO VARGAS LLOSA 31/07/2011

 

PIEDRA DE TOQUE. La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros.

 

Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros.

Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

 

Sigue...

 

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Paradoja de la sociedad de la información

Enviado por el 05/01/2011 a las 17:52
Manuel Gross

Paradoja de la sociedad de la información
Por Alfons Cornella

5 DE ENERO DE 2011

 

Mientras aumenta sin cesar la capacidad tecnológica para enviarnos más información por unidad de tiempo (i/t), o sea, mientras aumenta sin (aparente) freno el ancho de banda, entendido éste de manera genérica, nuestra capacidad de atención para absorber, por no decir entender, toda la información que se nos proyecta, en términos del tiempo que podemos dedicar a cada información que recibimos (t/i), no para de decrecer. Cada vez tenemos menos tiempo para intentar absorber más información.

Curiosa situación histórica: es más fácil que nunca emitir grandes cantidades de información, pero la tecnología que lo ha hecho posible ha ido más veloz que la evolución de nuestra capacidad para absorberla. La ley de Moore es más acelerada que la evolución biológica de nuestro cerebro (una situación que se ha descrito como ley de demi Moore, o de 1/2-Moore).

Frente a esta paradoja, tenemos la suerte de que está emergiendo con fuerza el negocio de la comprensión, en una doble forma de soluciones informacionales. Por un lado, tecnologías que permitan manejar mejor el incremento de ancho de banda informacional (∆B), y por otro, psicologías y sistemas de aprendizaje que ayuden al cerebro humano a absorber más rápidamente y mejor la información que se le proyecta (o sea, a superar la disminución de nuestra capacidad de atención, ÑA).

Desde el lado de la tecnología, aparecen instrumentos informacionales que persiguen extender los momentos en los que puedes dedicarte a gestionar el alud informacional (à la BlackBerry), en una especie de conexión à la Martini (“donde estés y a la hora que estés”). Otro ejemplo lo vemos en las tecnologías ambientales de información, por las que percibes una información sin que debas interrumpir lo que estás haciendo, y sin que tampoco debas ir a buscarla (información no intrusiva).

Así, por ejemplo, puedes saber cómo se están comportando tus activos en la bolsa simplemente observando de reojo cómo está cambiando el color de un globo de cristal. O música como otra forma de información no intrusiva: cuando el córtex visual ya está saturado (por demasiada información por unidad de tiempo), ¿por qué no utilizar música como aportadora de información? Una mesa de contratación bolsaria, muchas pantallas por centímetro cuadrado, operadores estresados: de pronto, cuando los ojos ya no pueden discriminar más información, la música de la Danza del sable nos informa de que las acciones de tal empresa están subiendo.

Desde el lado de la psicología, de lo que se trata es de diseño informacional, o sea, de pensar formas en las que presentar la información para que sea más fácil de entender (easy to understand), de forma más intuitiva, con menor esfuerzo. Por ejemplo, y como dispositivo informacional para hacerlo, se puede sintetizar la información a través de infografías u otras herramientas de visualización de información, desde un paradigma de pensamiento visual (visual thinking).

 

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Infoxicación y elogio de la percepción

Enviado por el 24/11/2010 a las 16:00
Manuel Gross

Elogio de la percepción

24.11.10

 

Por Santiago Pochat.

 

Parte de la ceguera permanente a la que nos somete la tecnología a diario tiene que ver un poco con el exceso de información y un poco con nuestra propia incapacidad de entender que estamos ampliamente subdesarrollados para manejar estos volúmenes.

 

Le llamamos exceso a aquello que nos supera, lo que nos excede y abruma. Como cualquier otra cosa en exceso, la información daña y perjudica como si fuera un virus desconocido que ha mutado de una gripe común.

Desde nuestro lado, indefensos (ya llegaremos a eso), no hemos sabido levantar esos muros conscientes usuales para evitar esta sobredosis. Pero es cuestión de tiempo, como con cualquier otra cosa, seremos nosotros o las generaciones que nos siguen quienes apliquen barreras de concreto frente a este bombardeo masivo y voluntario. Los medios, o su catalizador común hoy en día que son sus usuarios, nos rodean y envuelven de tal manera que la mayoría de la generación que nació con este modelo experimenta una deprivación sensorial agresiva a la hora de cerrar ese flujo.

 ¿Alguna vez perdieron su teléfono móvil y sufrieron de una sensación de angustia tremenda? ¿Como si no supieran que hacer, como si perder ese telefonito fuera lo último que les quedaba? Esa sensación es la primera y última señal de alarma, estamos frente al momento previo a no lograr comprender que un corte es posible. Estamos lentamente perdiendo la conciencia de que este flujo, que recibimos de otros usuarios como nosotros, mediante dispositivos que elegimos tener con nosotros tiene un botón que nos permite desactivarlo. Una vez que desaparezca esta potencialidad de lograr la desconexión, estaremos frente a otro punto de quiebre sobre como recibimos la información y tendremos que necesariamente desarrollar, inventar o descubrir alguna manera de levantar filtros, cual colador de cocina para esta locura.

La hiperconexión es una tragedia, no por estar conectados o comunicados claro, sino por no saberlo ni poder controlarlo. Pensar que nuestro mundo cuando nacía una generación anterior eran los padres (como Papa Noel) y cuando crecían eran los amigos del colegio, los de la universidad, del trabajo. Hoy creemos que estamos en todos lados, que nuestra omnipresencia es omnipotencia porque es el cuento que contamos, que las redes o medios sociales son infinitos porque Internet es infinito. Pero ese es el potencial colectivo, el de ser infinitamente capaces de entender todo y en simultáneo, no el individual.

Entender el contexto debería ser el primero paso a creer que nuestro Google Reader no debería tener 5000 blogs por RSS, que es imposible seguir a 1,900 personas en Twitter o que podemos discutir de cualquier tema con cualquiera en cualquier momento o lugar.

Faltaba más, que nos creamos capaces de cualquier cosa ¿no?

Post escrito por Santiago Pochat que desarrolla aún más lo expuesto aquí en The Collective Issue (su blog en inglés) o esporádicamente en Twitter como @

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