Siempre quise que mis hijos fueran ganadores. Los orienté hacia allá, hacia un destino en el que fueran sus propios dueños, en el que no tuvieran que rendirle cuentas a nadie ni pedirle permiso a nadie para hacer lo que quisieran. Los hice competitivos sin dejar de lado su aspecto espiritual (pese a que no creo en nada, siempre los tuvimos en colegios de fe y alentamos sus ideas religiosas, sean las que sean). Me preocupé de limpiarles la mente de consignas estúpidas y castradoras, de autoprogramarlos para que se lleven por delante al mundo si fuera necesario, de insertarles el sentido de lo posible para optimizar sus decisiones y perfilar sus actuaciones. Los criamos, con su madre, en un profundo respeto al dinero y su manera de ser ganado y gastado. Hasta su bicicleta se la han ganado, no se las hemos regalado. Lo estamos logrando. Ambos (son mellizos, el y ella) tienen 16 años, y son emprendedores en sus respectivos ámbitos.
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