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Una situación frecuente

Había que hacer un trabajo muy importante y “Cada uno” estaba seguro de que “Alguien” lo haría.

Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Ninguno” lo hizo. “Alguien” se disgustó por eso, ya que el trabajo era de “Cada uno”.

Cada uno” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Ninguno” se dio cuenta que “Cada uno” lo haría.

En conclusión, “Cada uno” culpó a “Alguien” cuando “Ninguno” hizo lo que “Cualquiera” podría haber hecho.

(Anónimo. Una fuente: Mensaje para ti)

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El pensamiento positivo entre la realidad y la fantasía

Enviado por Manuel Gross el 15/10/2011 a las 15:07
Manuel Gross


positive-thinking.jpgPor Gustavo Guerrero 

Mercadotecnia Alternativa 

 

La politóloga Judith Carrera escribe en El País, una interesante reflexión sobre el libro de Barbara Ehrenreich “Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo”, en el que se hace una importante crítica al optimismo no razonado del que espera lo mejor simplemente porque se tiene la actitud adecuada.

 

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El pensamiento positivo sin bases, que niega la realidad y concentra en el individuo la capacidad absoluta para lograr lo que desea, niega la posibilidad de la empatía y la solidaridad, lo que da por resultado un sistema que no se mejora al no ser cuestionado.

 

Sin duda este optimismo “ultra” no logra los resultados que promete, a pesar de lo que afirmen los promotores de la ley de la atracción y propuestas similares. No se puede cruzar un río, sólo pensando que, si tenemos la actitud adecuada, se creará un puente. La verdad es que hay que construirlo y eso es la parte no publicitada del optimismo: requiere de trabajo y no nada más buenas intenciones.

 

Este tipo de pensamiento positivo es un extremo del optimismo que se asienta en el terreno de lo ilusorio y que por consecuencia es insano.

 

Hace unas semanas alguien me preguntaba cómo reaccionar positivamente ante un amor imposible en donde el ser amado no correspondía con el mismo sentimiento. “Ese no es un amor imposible –le dije- eso es una fantasía, el amor es una energía que va adquiriendo fuerza en la medida en que se comparte”. Lo sano en una circunstancia así es reconocer que no se puede sostener una relación de pareja con sólo un miembro que le interese.

 

Lo mismo ocurre con el ingreso, las enfermedades y cualquier otro sueño que se tenga en la vida.

 

De hecho recientemente la revista «Nature Neuroscience» ha considerado este tipo de optimismo como una disfunción de los lóbulos centrales y que se puede reconocer muy fácilmente cuando una persona niega los hechos negativos y escapa de la realidad con argumentos rosas.

 

Sin embargo el extremo contrario al ultra optimismo es, obvio, el pesimismo crítico. Es mucho menos difícil equivocarse cuando se señalan defectos o problemas, pero no se hace nada para corregirlos. El pesimismo aborta cualquier iniciativa, oscurece el medio ambiente, provoca el Síndrome de los Hermanos Macana (ya explicado) y oscurece el medio ambiente; matando cualquier posibilidad de cambio para mejorar. Algo así como: “No me enamoraré porque tu podrías no amarme, así que mejor te odio”.

 

En este caso, la palabra justo medio ayuda muy bien a explicar lo que se podría definir como un optimismo racional y que es muy practicado por los empresarios exitosos. Primero se hace un reconocimiento y análisis de la realidad y con base en eso se construyen objetivos que sin duda son optimistas. De este modo se corre un riesgo calculado: “Nos amaremos, con la conciencia de que puede ocurrir que esto acabe y que nos dolerá”.

 

El optimismo es, finalmente una parte importante de la salud humana, pues la incrementa, como se puede leer en el siguiente vínculo.

 

El cerebro rechaza los pensamientos negativos - Terra Perú:

'via Blog this'

 

Publicadas por Gustavo Guerrero a la/s 8:59 AM

 

………………………………………..

 

Fuente: Mercadotecnia Alternativa  

Imagen: Positive thinking  

 

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Convivencia ideológica en las empresas

Enviado por el 05/01/2012 a las 23:40
Manuel Gross

Convivencia ideológica en las empresas

Más allá de considerar que creo que en cualquier entorno se debería poder convivir civilizadamente entre las distintas ideologías, sean estas del tipo que sean, creo que eso es absolutamente indispensable en un entorno como la empresa.

Bien se trate de nuestra ideología a nivel nacional, bien se trate de nuestro posicionamiento social o bien se trate de nuestros gustos y preferencias en temas muy delicados como pueden ser la religión, el fútbol o cualquiera que lleve o pueda llevar a controversia, es imprescindible que dentro del entorno de la empresa se mantengan las distintas posturas de forma civilizada.

Yo por ejemplo, siempre lo he dicho y he manifestado públicamente que nacionalmente soy nacionalista catalán, socialmente soy liberal completamente, a nivel de religiones no soporto a ninguna y como club de fútbol preferido es el Barcelona, pero eso no quita ni que crea que tengo la razón absoluta en cualquiera de esos temas (sólo tengo mi razón, no la razón), ni que eso no signifique no pueda comprender otros posicionamientos o tener amigos de cualquier otro pensamiento. Y ni mucho menos significa que tener unos determinados gustos, preferencias o posicionamientos me impida hacer negocios o relacionarme profesional e indistintamente más allá de nacionalidades, ideas sociales o de cualquier otro tipo.

Y es que en la empresa, en la esfera profesional, somos profesionales, profesionales y nada más. Podemos tener nuestros pensamientos, podemos tener nuestras ideas y defenderlas porque creemos en ellas, pero eso no puede ni condicionarnos con los compañeros de trabajo si los tenemos o a la hora de dirigir una empresa si esa es nuestra función, o de gestionarnos como autónomos si esa es nuestra esfera.

Ahora bien, eso que digo, la capacidad de convivir, la capacidad de actuar civilizadamente ante las distintas posiciones, y muy especialmente la capacidad de defender uno lo suyo sin intentar tener la razón absoluta ni imponerlo a los demás, debería ser algo común en cualquier esfera de la vida y no sólo en la profesional. Pero vamos eso es otro tema que no corresponde tratarlo en este artículo.

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Pensamiento positivo?

Enviado por el 15/10/2011 a las 17:35
Manuel Gross

¿Pensamiento positivo?

 

JUDIT CARRERA 08/10/2011

 

La persistente crisis económica está sedimentando un pesimismo generalizado en la población. El aumento del paro se añade al cierre de quirófanos y unos recortes en educación que agudizan las desigualdades sociales y cuestionan pilares importantes del Estado de bienestar.

 

Mientras asistimos al desplome de la banca y el sector inmobiliario, se discuten principios básicos de la creación del Estado moderno como la viabilidad de una función pública profesional e independiente que garantice el funcionamiento democrático más allá de los vaivenes electorales. Si antes del estallido de la crisis el lamento unánime era la imposibilidad de encontrar un trabajo para toda la vida como los que habían articulado el proyecto vital de nuestros padres, pocos años después la aspiración se limita a obtener trabajo tout court.

 

A esta incertidumbre se suma la impresión generalizada de dobles raseros y la sensación de falta de gobierno y de alternativas políticas creíbles. ¿Quién es responsable? ¿Quién nos ofrecerá una salida? El desánimo domina todas las conversaciones y, mientras tanto, los economistas insisten en la necesidad de reconstruir el optimismo. "Se puede invertir en un país pobre, pero nadie invertirá en un país sin confianza", es uno de los lemas del momento.

 

Pues bien, en este contexto resulta iluminadora la lectura de Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo (Turner, 2011), el último libro de la periodista estadounidense Barbara Ehrenreich. Reconocida por sus sagaces disecciones de la sociedad norteamericana, la autora arremete contra la corriente de pensamiento positivo que ha dominado la cultura de Estados Unidos a lo largo del último siglo y que, según ella, es el germen del cataclismo económico actual.

 

Este credo invita a asumir cualquier problema (una enfermedad o la pérdida del trabajo, por ejemplo) como una oportunidad de cambio y superación personal. Ehrenreich topó con el pensamiento positivo en primera persona cuando le fue diagnosticado un cáncer de mama y se vio inmersa en una nube de color rosa que quería convencerla de que lo mejor para curarse era adoptar una actitud positiva y dar la bienvenida a la enfermedad.

 

Esa fuerza ideológica que anima a negar la realidad y someterse con alegría a los infortunios es la misma que, posteriormente, Ehrenreich encontró en el mundo de los trabajadores cualificados en paro. A partir de ahí, empezó a investigar y descubrió que el pensamiento positivo estaba muy extendido en la sociedad norteamericana y dominaba la cultura popular a través de exitosos programas televisivos como los de Oprah Winfrey y Larry King, o de libros de motivación superventas como Quién se ha llevado mi queso o El secreto, que promueven la ley de la atracción: "Piensa en positivo y lo positivo vendrá a ti. Puedes tener cualquier cosa que desees, cualquiera, si concentras tu mente en esa cosa".

 

Estas ideas, que también han llegado a Europa, acabaron impregnando el funcionamiento de las empresas, que en una huida hacia delante negaban toda crítica al modelo de crecimiento vigente. También contaminaron la mentalidad de las propias élites económicas: según Ehrenreich, en el Reino Unido uno de cada tres directivos de las primeras 100 empresas en Bolsa tenía un entrenador vital en 2007.

 

El denominador común de esta cultura que alimentó todas las burbujas es la creencia generalizada de que, además de cultivar un sano optimismo, los pensamientos positivos misteriosamente se acaban materializando en salud, prosperidad y éxito. Y es en esta causalidad entre deseo y realidad donde el credo se encuentra con el capitalismo y su imperativo de consumo y crecimiento ilimitados: todo se puede conseguir si de verdad se desea y se está dispuesto a alcanzarlo.

 

La perversión de esta ideología que bebe del primer calvinismo protestante es que reposa exclusivamente en la responsabilidad individual: el éxito depende la propia actitud; no hay, pues, excusa para el fracaso. Es, por tanto, una cultura ajena a cualquier principio de empatía o solidaridad, que además se acaba convirtiendo en un excelente mecanismo de control social porque no invita a los ciudadanos a pensar ni a criticar el sistema, permitiendo así perpetuar sus injusticias.

 

En su libro, Ehrenreich desmenuza esta cultura que tanto daño ha causado para demostrar que la única alternativa al pensamiento positivo es el pensamiento crítico con voluntad transformadora.

 

Judit Carrera es politóloga.

 

 

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