Por Adam J. Jackson
Espinoso.org
Existen unos mecanismos mentales, unos hábitos de pensar y de sentir, que nos conducen involuntariamente a una interpretación deformada de la realidad, y que nos conviene analizar.
He aquí los más usuales:
1. Pensamiento del tipo todo o nada.
Equivale a ver la realidad en blanco y negro. Una cosa es correcta o incorrecta, buena o mala, positiva o negativa. No se admiten matices intermedios. Supone rigidez mental. La persona que utiliza con frecuencia este tipo de distorsión, tiende a pasar de la euforia al desánimo con mucha facilidad.
2. Sobregeneralización:
Cuando a partir de un acontecimiento puntual negativo, generalizamos excesivamente. Es decir, exageramos las conclusiones más allá de lo razonable. Es frecuente en este caso el uso de expresiones tales como todo, nunca, siempre, etc. Por ejemplo, se me estropea el coche y me digo: Todo me sale mal; un amigo me defrauda, y pienso: No se puede confiar en nadie.
3. Filtro mental:
Cuando escogemos un único detalle negativo de una situación determinada y centramos ahí toda nuestra atención, de manera que la perspectiva general se oscurece. Por ejemplo, recibo elogios de mis compañeros de trabajo por la presentación de un proyecto nuevo pero uno de ellos manifiesta una ligera crítica. Durante unos días me obsesiono con su reacción, olvidando todo lo positivo que me han dicho los demás.
4. Descartar lo positivo:
Cuando rechazamos las experiencias positivas de alguna cosa insistiendo en que no cuentan. Por ejemplo, realizo un buen trabajo en algo pero me autodesvalorizo diciéndome que cualquiera podría haberlo hecho.
5. Precipitarse en las conclusiones o/y hacer predicciones negativas:
Cuando interpretamos las cosas de forma negativa sin que haya suficientes hechos que avalen nuestra conclusión. O bien nos anticipamos al futuro pensando que algo va a salir mal. Por ejemplo, me encuentro con mi amigo Pedro, lo veo muy serio y, sin tener más datos, concluyo que está ofendido conmigo por algo. O tengo que ir a una entrevista de trabajo y antes de salir de casa ya estoy convencido de que saldrá mal.
6. Lectura del pensamiento.
Cuando asumo lo que determinadas personas están pensando o sintiendo, con poca o ninguna evidencia. Por ejemplo, me digo: Sé exactamente por qué Patricia me contestó ayer de aquella manera, sin más evidencia que mi intuición. O pienso que no hace falta pedirle directamente a mi pareja lo que necesito, en un momento dado, porqué él/ella ya lo sabe o si me quisiera realmente, ya lo sabría.
7. Magnificación-Minimización:
Cuando exageramos la importancia de un problema, de nuestros defectos o puntos débiles, etc. o bien minimizamos la importancia de nuestras aptitudes y de las cosas buenas que hemos conseguido.
8. Razonamiento emocional:
Cuando utilizamos nuestras emociones como evidencia objetiva de algo o para validar una creencia o pensamiento, sin tener en cuenta otros aspectos de la situación. Por ejemplo, me siento inferior en algo y concluyo que lo soy realmente. O siento pánico de viajar en avión y concluyo que es muy peligroso.
9. Pensamientos debería/debo/tengo que… etc.:
Cuando nos decimos a nosotros mismos que las cosas deberían o deben ser como nosotros queremos o esperamos que sean. Eso nos lleva fácilmente a sentimientos de culpa y frustración. Por ejemplo: No tendría que haber cometido este error, las cosas tendrían que ser más sencillas, Fulano debería ser de tal o cual manera. Es conveniente sustituir los debería… por me gustaría que… estaría muy bien que… etc. Por lo que se refiere a obligaciones personales que nos imponemos, en algunos casos nos podríamos plantear si queremos realmente hacerlo o no, y asumir las consecuencias de nuestra decisión, en lugar de machacarnos con los debería/tengo que…
10. Etiquetaje:
Cuando hacemos alguna cosa de la que no nos sentimos orgullosos, cometemos alguna equivocación… y en lugar de centrarnos en lo que hemos hecho, nos cuestionamos toda nuestra persona. O cuando alguien hace alguna cosa que nos molesta y, en lugar de referirnos a la conducta concreta que desaprobamos, generalizamos a toda su persona poniéndole una etiqueta. Por ejemplo, cometo un error en mi trabajo y me digo: Soy tonto, en lugar de: Me he equivocado en tal o cual cosa. O alguien hace algo que me molesta y le digo: Eres un estúpido en lugar de: Me ha dolido que hicieras…
11. Personalización:
Cuando asumimos toda la responsabilidad por un hecho que no está o estaba totalmente bajo nuestro control. Por ejemplo, mi pareja se separa de mí y automáticamente pienso que toda la culpa ha sido mía. O mi hijo me trae malas notas de la escuela y, en seguida, pienso que no le sé educar bien.
12. Indefensión-Victimismo:
Cuando nos sentimos víctimas indefensas en lugar de aceptar nuestra parte de responsabilidad en los hechos, o de hacer alguna cosa para mejorar la situación. Es el caso opuesto a la personalización. Por ejemplo, si me quejo constantemente de lo mal que me van las cosas pero no hago nada para cambiar mi suerte.
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Fuente: Espinoso.org
Imagen: Pink glasses
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Falacias: creen que somos tontos?
¿Se creen que somos tontos?’ de Julian Baggini
Sergio Parra 21 de diciembre de 2010 | 14:39
Supongo que le pasa a todo el mundo, pero a mí me pasa de manera excesiva: tengo una acentuada propensión a recordar ciertos argumentos expuestos de pasada por amigos, profesores o gente que sale por televisión. Los recuerdo y me sorprendo a mí mismo, embobado, dándoles vueltas y más vueltas, persiguiendo algún tipo de verdad esencial en ellos, tratando de impugnarlos, adaptándolos a mis propios argumentos sobre las cosas.
Después de leer ¿Se creen que somos tontos?sencillamente dispongo de una colección de herramientas intelectuales para desestimar con más facilidad los argumentos ajenos. Porque la mayoría de argumentos hacen aguas. La mayoría de personas tropiezan continuamente en falacias, en todo tipo de falacias. Julian Baggini ha recopilado 100 de ellas.
Y no sólo las ha recopilado sino que, mediante algún ejemplo tomado prestado de los medios de comunicación, las explica de forma amena y accesible, e incluso les da un poco la vuelta a fin de que encontremos las propias debilidades del ataque a la falacia.
¿Se creen que somos tontos? permite, pues, afilar nuestros argumentos, y por extensión nos permite pensar mejor. En consecuencia, nos blinda contra frases que en realidad son hueras, como las fundadas en argumentos de autoridad, en pendientes resbaladizas, racionalizaciones post facto,non sequitur, percipi est esse, falcias post hoc, falsas dicotomías, correlaciones presentadas como causaciones, conclusiones irrelevantes y así hasta 100.
Julian Baggini limita sus ejemplos y explicaciones a dos o tres páginas, así que el libro resulta idóneo para leer pausadamente: tal vez una o dos falacias por día, a fin de detectarlas en el transcurso de la siguiente jornada… quizá tratando de colársela a algún interlocutor. Experimentar con la razón de la gente es divertido. Se aprende mucho sobre las debilidades, y también de las debilidades de uno mismo.
Además, Baggini es un comunicador extraordinario, y su genio está muy afilado, como ya demostró en su anterior libro, mundialmente conocido, El cerdo que quería ser jamón, una colección de dilemas filosóficos que permitían ampliar los horizontes ideológicos de prácticamente todo el espectro intelectual.
En definitiva, un libro ingenioso y, en ocasiones, incluso divertido, donde abundan, sobre todo, fragmentos de declaraciones de políticos (¿por qué será?).
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